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Mensajes del Más Allá (fragmento)

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Cuando estaban velando a su tío, Juancito percibió el mensaje que éste le transmitía desde el Más Allá:

Juancito... a mí me mataron.

¡Y lo escuchó claramente! Como si su tío le estuviera hablando al oído. Del susto, miró para todos lados, a ver si alguien le estaba haciendo una broma macabra, pero nada, no había nadie cerca.

El tío de Juancito era un muchacho de veinticuatro años, que se llamaba Pedro Escobar y vivía en Gato Negro; hermano menor de su mamá, se dedicaba a la chacra y a criar animalitos.

Las circunstancias de su muerte parecían estar muy claras, según lo relatado por los dos amigos que habían ido a cazar con él. Ellos contaron que luego de andar dos días por el monte, encontraron una guarida de yaguareté y planearon una emboscada para cazarlo. Se distribuyeron y escondieron en los alrededores de la madriguera. Pedro se había subido a un árbol y desde ahí esperaba agazapado con su escopeta que apareciera el bicho. Los otros dos se escondieron en el pajonal. A las dos o tres horas de estar esperando, apareció el yaguareté y el que primero tiró fue Pedro, pero al parecer se distrajo mientras apuntaba y disparaba, porque perdió el equilibrio y se cayó al suelo desde unos siete metros de altura. En la caída se desnucó, porque cayó de cabeza sobre unos troncos.

Éste era el relato de los hermanos Céspedes, los amigos de su tío, y así también se lo contaron a la policía cuando tuvieron que declarar.

Cuando Juancito recibió ese extraño mensaje, estaba sentado en el comedor de la casa de su abuela, donde lo estaban velando. También se hallaban, en ese preciso momento y en el mismo recinto, los hermanos Céspedes, que lloraban y se veían muy afligidos. Apenas recibió el mensaje, Juancito miró a los Céspedes. Fue espontáneo. Fue como un presentimiento. ¿Y si ellos fueron los asesinos? Unos instantes después de estar mirándolos, se puso a pensar, y ahí se dio cuenta de que ellos pudieron haberlo matado. Pero se asustó de pensar eso, era muy loco y lo invadió el miedo y se le erizó la piel. Imaginar que los asesinos pudieran haber sido ellos y que ahora estuvieran a metros de él fingiendo dolor por esa muerte... lo puso muy nervioso y lo asustó mucho.

Trató de calmarse y empezó a dudar del mensaje recibido: ¿y si sólo se había tratado de su imaginación? ¿O si lo que pensó fue sólo una ocurrencia? Lo más probable era que ese mensaje no hubiera existido. Ya no se sentía seguro de nada. Pero esa duda lo tranquilizó. Se puso a pensar seriamente y comprendió que nadie recibe mensajes de los muertos y mucho menos, nadie escucha hablar a un muerto. Y de nuevo:

Juancito…ellos me mataron.

¡Ay, mamita querida! Ahí sí que pegó un salto de la silla que todos lo miraron, hasta los hermanos Céspedes. Tuvo que disimular que se resbaló de la silla y entonces aprovechó el movimiento para salir del comedor. No aguantó más y fue en busca de su padre, decidido a contarle todo lo sucedido. Lo encontró y lo llevó cerca del aljibe, lejos de donde estaban todos. Cuando terminó de contarle, el padre, con lágrimas en los ojos, lo acarició y le dijo:

—Pobre hijito… no te preocupes, lo que pasa es que vos estabas siempre con él, eras su mejor compañero y esta terrible desgracia nadie puede creerla…

—Pero no, papá,… te digo que él me habló y...

—No, hijo, no pienses más en eso. No puede hablarte, pero no te preocupes, eso que sentís suele ocurrir, porque uno está pensando mucho en una persona y está muy afligido, entonces puede parecer que se escucha la voz y hasta a veces se pueden tener visiones de esa persona, ¿entendés? 

Y Juancito se dio cuenta de que en realidad era algo demasiado fantástico como para que le creyesen; ni siquiera él mismo estaba del todo convencido. Pensó en lo que dijo su padre, y tenía razón, él era el sobrino preferido y muy amigo del tío Pedro. Con sus catorce años era el sobrino mayor y, por lo tanto, el compañero ideal del tío para cualquier cosa: para la pesca, la caza, los arreos, los viajes en sulky o cualquier otra ocurrencia. Y el padre volvió a hablarle:

—Creo que será mejor que no te quedes tanto tiempo cerca del cajón, porque eso te pone peor; no quiero que esta noche te quedes aquí. Irás a descansar y mañana vendremos bien temprano.

Juancito insistió en quedarse, quería estar cerca de su tío en esas últimas horas; pero no hubo caso, a la diez debió marchar con su familia.

Ya en su casa y acostado, no podía dormirse; es más, no tenía ni una pizca de sueño. Además de la profunda tristeza, su cabeza era pura confusión, entre los supuestos mensajes de su tío, lo que decía su padre y lo que él sentía. Empezó a convencerse de que su padre estaba en lo cierto, que todo podría ser mucha sugestión. Dio mil vueltas en la cama, y no había caso, el sueño no aparecía. Comenzó a recordar cientos de cosas vividas con su tío, los momentos lindos y los peligrosos, todo le pasaba por su mente, como en una película y... en ese instante:

Juancito, no te asustes, soy yo,  tu tío...

¡Dios libre y guarde! ¡Qué situación! ¡De nuevo el mensaje ultraterrenal! El pobre Juancito se arrinconó contra el respaldo de la cama, se le hizo un nudo en la garganta y quedó petrificado mirando hacia la penumbra de su pieza. Temblaba como una hoja, los dientes castañeaban como una ametralladora y el corazón parecía a punto de saltarle por la boca. Estaba más seguro que nunca de haber escuchado la voz de su tío.

           No te va a pasar nada, Juancito, estoy aquí en tu pieza. Quiero hablarte (...)

Del libro CUENTOS DE TERROR PARA FRANCO - Vol- 5 * Reservado todos los derechos

 

 



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