Memorias de un niño cruel (o el exterminador)

Confieso que fui un niño cruel.
Ahora, que han pasado más de treinta años, me animo a decirlo, he sido un criminal, un azote implacable, un depredador fulminante que no tenía piedad con nadie.
Yo he sido un exterminador de pajaritos, un pequeño Atila sin misericordia ni piedad con ave voladora alguna.
Cuando lo hacía era como un juego, en el que yo disfrutaba y me emocionaba bajando cachilitos, gorriones o cualquier bicho volador, pero hoy sé que nunca más lo haría, ni si volviera a ser niño, y tampoco dejaría que mi hijo hiciera lo mismo.
La verdad es que en ese tiempo todo el mundo mataba pajaritos o cualquier animal, y a ninguna persona le importaba, ni le daba lástima. Bueno... en realidad todo el mundo no, porque mi papá pensaba diferente y me decía que eso estaba mal, pero yo no le hacía caso, y ahora estoy arrepentido.
Ni se imaginan lo cruel que era. Desde los ocho años ya era un genio con la honda, practicaba todos los días, “hondeando” latitas, botellas, flores, carteles o focos. A partir de los diez años tenía una puntería magistral, y yo mismo me fabricaba los bodoques. Los hacía casi siempre con lodo y los secaba al sol para que se endurecieran bien. Los bodoques eran de dos calibres: los grandes, para tiros cortos, los usaba para espantar alguna vaca, perro o gato, y los chiquitos, que parecían bolitas de acero, los utilizaba para matar ¡eran unos bodoques fantásticos!
Siempre andaba con dos hondas, una común y otra con elástico reforzado y horqueta más grande, para tiros de larga distancia. Mi abuela María me había hecho una bolsita para los bodoques con un bolsillo al costado, donde llevaba mi cortaplumas, una caja de fósforos, elástico de repuesto, un pedazo de hilo y algunas tuerquitas y bolitas de acero, por si tenía que enfrentarme a algún bicho más grande y peligroso.
En la casa de mi abuelita Rufina, en Margarita Belén, era donde me hartaba de matar pajaritos. Ella vivía en pleno campo, en Costa Iné, y yo tenía todos los árboles y mogotes de los alrededores exclusivamente para mí. ¡Qué emoción me daba salir a mariscar! Casi siempre iba solo, y algunas veces con mis primos o con los hijos de los peones de mi tío.
La verdad es que me gustaba más ir solo, porque iba tranquilo, pensando cosas, imaginando algún enfrentamiento con un yaguareté o una víbora, a los que yo enfrentaba a hondazos. También me gustaba imaginar conversaciones con los mismos pájaros, o sea con mis futuras víctimas.
Siempre llevaba dos bolsitas cruzadas en bandolera, una para los bodoques, y otra para los cadáveres de los pajaritos. La bolsa de proyectiles siempre a la izquierda, para poder sacar rápido los bodoques por si había que hacer tiros a repetición.
La vez en la que más pajaritos maté, fue un día de mucho calor en el que me recorrí cuatro mogotes en una mañana; ese día maté catorce pajarracos en total, tres pitogüé, una calandria, dos tijeretas, dos palomitas picuí, dos cardenales, dos cachilitos y dos pilinchos. ¡Ese día sí que llené mi bolsa! Los gatos de mi abuelita, locos de contentos conmigo.
Un día iba por un caminito, como siempre con la honda preparada: la horqueta en la mano derecha y la izquierda, sujetando la bodoquera sobre mi panza; y a unos cinco metros más o menos, sobre el último hilo del alambrado, había un pitogüe distraído, que habrá pensado que yo era un nene bueno, “error señor pitogüé, hoy no es su día de suerte”, me dije, y levantando la horqueta a la altura de mi pecho, casi sin apuntar, disparé mi bodoque y ¡tus! en la cabeza. Primera presa del día.
Un trecho más allá, estaban unas cuantas tijeretas sobre el cable del telégrafo, y la verdad es que a las tijeretas sí que les tenía bronca porque son unos pájaros muy embromados, a veces se enojan, te atacan y te hacen correr como un conejo.
Me escondí bajo una tala, y gateando llegué hasta un pajonal desde donde las tenía a tiro, solo que tendría que usar mi honda de larga distancia. La saqué y la estiré un poco para que se ablande el elástico, busqué un bodoque bien chiquito y duro y cargué.
Me tomé todo el tiempo del mundo para apuntar, como si fuera un verdadero francotirador, le apunté a la que estaba en el medio del montón, de manera que si erraba, de carambola por ahí bajaba a otra. Disparé y ¡tus! abajo la señorita tijereta.
Las otras se enloquecieron y empezaron a revolotear y a chillar, y hacían unos vuelos rasantes cerca del cadáver de su amiga. Yo me tiré cuerpo a tierra y me escondí en el pajonal. Después que se fueron, salí del escondite, junté mi trofeo y listo el pollo.
También era muy bueno bajando pilinchos al vuelo, y eso era un lindo entrenamiento para mí, ya que estos pájaros son de una torpeza increíble, vuelan lentamente y a muy baja altura. Cuando los veía venir, simplemente me agachaba un poco, los ponía en la mira de mi horqueta y… “atención Sr. Pilincho, creo que deberá realizar un aterrizaje de emergencia” y ¡tus! plumerío en el aire y abajo el tonto pilincho. A los pilinchos posados en alguna rama, era fácil matarlos, la verdad es que eso era para principiantes.
Estos fueron asesinatos simples y bastante misericordiosos, sin la menor crueldad, solo era matar por matar. Pero otras veces, cometí crímenes muy crueles, que hasta hoy no los puedo olvidar.
Una siesta en que lloviznaba yo estaba en el galpón de maíz, tallando con mi cortaplumas, una horqueta para una nueva honda que me iba a fabricar. En ese momento escuché el canto de unas palomitas picuí. Me asomé por una ventana y las vi. Estaban sobre una rama muy baja, a unos dos metros, era una pareja que parecían estar iniciando un noviazgo en esa siesta tan romántica, porque estaban juntas, se cantaban y acariciaban con el pico, y se miraban muy dulcemente.
Yo las observé un rato desde mi ventana, y pensé que evidentemente eran una pareja feliz y que estarían hablando de tener una casa, hijos y quién sabe cuántas cosas más, pero mi instinto asesino fue más fuerte. Agarré mi honda común, y como se me habían terminado los bodoques, busqué unas frutitas de paraíso, elegí la más grande y verde, y me posicioné en la ventana.
Recuerdo un instante, el momento en que ya las tenía en la mira, un segundo antes del disparo fatal; las dos me miraron, como pidiéndome clemencia, como preguntándome por qué lo hacía, no había odio en sus miradas, simplemente resignación. Disparé y ¡tus! fusilada: “a buscarse otra novia, Sr. Palomo”.
Después de ese día, veía al palomo viudo que revoloteaba y cantaba, pero su canto era diferente, más triste, como un lamento, y siempre andaba cerca de donde yo había matado a su amada.
Pero de todos los asesinatos, los más crueles fueron tres: el de un boyero con su nido y toda la familia; el del hornero que había terminado de construir su casita y no llegó a inaugurarla; y el de una paloma torcaza herida. No quiero acordarme porque me da vergüenza, pero debo confesarlo.
El nido de boyero lo descubrí cuando perseguía a un cardenal, el boyero iba y venía trayendo comida a su familia y yo me escondí para estudiarlo un poco. El crimen fue bastante fácil, porque el nido estaba colgado de una rama muy baja y solo tuve que tener un poco de paciencia y darle confianza.
El pintoresco nidito tenía medio metro de largo, con su agujero de entrada bien arriba. El boyero venía, se metía por el agujero y ahí adentro se armaba un flor de bochinche, porque allí estaban su esposa y los pichones recién nacidos. Parece que se quedaba a conversar un poco con su familia y luego salía nuevamente a buscar más alimento.
Lo dejé que hiciera dos o tres viajes ¡para que nadie me reclamara que no permitía que se alimentaran! En el último viaje entró y al cabo de unos minutos vi asomar su piquito y su cabecita por el agujero… y ahí nomás ¡tus! y el boyero cayó fulminado, pero adentro del nido, o sea que el cadáver cayó entre su mujer y sus hijitos.
Ahí me apiadé un poco de los familiares del difunto y pensé: “yo los ayudaré amigos míos, no deben sufrir”. Me paré a medio metro del nido y haciendo una especie de parlante con mis manos alrededor de la boca, y con voz como la de un locutor de radio, así les hablé: “a los habitantes de la casa colgante, les comunico que hoy será un día de mucho calor y una mala noticia: los bomberos están de huelga” y acto seguido... ¡¡le prendí fuego al nido!!
Me quedé observando como se consumía esa bolsa de ramas que algún día fue un hogar feliz, y mientras escuchaba los chillidos y quejas de horror y desesperación de la viuda y sus hijitos, que se estaban cocinando vivos, me paré solemnemente como si fuera un cura, y con las manos en plegaria, les di la extremaunción: “corderos de Dios, pónganse contentos, ya están de nuevo todos juntos y el señor los espera en el cielo, amén”. Luego hice la santificación y me alejé conforme con mi trabajo.
Otro día descubrí detrás del galpón a un hornerito y su esposa; al parecer estaban recién casados y alegremente construían su hermosa casita de barro y paja. Me acuerdo que la construcción estaba a mitad de altura, y pensé: “adelante Sr. Ingeniero y esposa, construyan con total tranquilidad su vivienda, que cuando finalicen yo les contaré una leyenda campestre”. Y todos los días los espiaba y veía como progresaba esa pintoresca casita.
El día que terminaron se veían muy felices y contentos, revoloteaban, se besaban y aleteaban sin parar, luego se pararon muy orgullosos en el umbral de la puerta, y desde allí miraban el horizonte con la satisfacción de tener un techo propio y tal vez pensando que ya sería hora de tener algunos hijitos.
Preparé mi honda de larga distancia, elegí un bodoque muy duro y chiquito, centré mi horqueta en el que parecía ser el macho, y mientras tensaba el elástico, les dediqué el pensamiento de la leyenda: “amigos constructores, en el campo existe una leyenda que afirma que cuando una familia termina de construir su casa, el hombre se muere” y ¡tus! lo bajé al hornerito, y agregué otro pensamiento: “quería decirles además, que desde hoy esa leyenda vale para ustedes también”. La pobre viuda, volaba acongojada y confundida, y yo me alejé para que pudiera llorar tranquila. Bueno ¡tan malo no era che!
El caso de la paloma torcaza creo que fue el peor de todos. El mayor logro para un cazador es bajarse una de estas a hondazos, porque son muy ariscas y mucho más grandes que cualquier otro pájaro, cuesta matarlas de un solo balinazo, y lo más importante: ¡se pueden comer en un rico guiso o asadas! Yo estaba ansioso por matar mi primera torcaza.
Cerca de la casa de mi abuelita, a unos cien metros, había un mogote de algarrobos y aromitos con un pequeño tajamar a un costado. Siempre veía que una bandada de torcazas se posaba en esos árboles y luego bajaban a tomar agua. Por un tiempo me dediqué a estudiar todos los movimientos, como si fuera un asesino profesional.
Las palomas llegaban a eso de las diez u once de la mañana y ahí se quedaban dos o tres horas. Me fabriqué una capa con una bolsa de arpillera y le cosí muchas ramas secas y verdes, me la probé y… ¡parecía un arbolito! “Abuelita –pensé- mañana comeremos guiso de paloma”.
Apenas me levanté al otro día, me aprovisioné de unos buenos bodoques, y llevé además tres bolitas de acero que saqué de un rulemán viejo. Llegué al mogote, me puse la capa y me escondí entre unos pajonales a la orilla del tajamar. Como no sabía cuanto debería esperar, me llevé un pellón que lo doblé dos veces y me hice un lindo almohadoncito, sino ¡me quedaba la cola a la miseria!
Ese día hacía un calor terrible y después de una hora más o menos, vi a lo lejos que venía la bandada. Llegaron y se posaron sobre las ramas en el mogote. Yo estaba quietísimo, casi ni respiraba, y tenía la tentación de sacudirle un hondazo ahí mismo, pero ya lo había pensado y no convenía. En ese lugar las palomas están muy alertas, y era un tiro difícil, porque para bajarlas hay que sacudirle un buen hondazo de cerca.
Esperé tranquilo hasta que se convencieron de que estaban solas, de que no había peligro alguno y podían bajar a refrescarse. Se largaron y aterrizaron en la orilla, algunas caminaron un poco y cantando su alegre cucurucu-cú, mojaban sus piquitos y sus patitas y se refrescaban. Había calculado todo y el único movimiento que hice fue estirar el elástico, no podía cometer el menor error.
Cargué una bolita de acero para asegurar el tiro y pensé: “¿les gusta el balneario chicas?” y ¡tus! le sacudí a una que estaba con sus patitas en el agua. Ahí nomás se armó un revoloteo de padre y señor nuestro, porque levantaron vuelos todas, las que estaban en el agua y las que estaban en tierra, salpicando agua y levantando una gran polvareda. Habría unas quince palomas y desde que levantaron vuelo y hasta que se tranquilizó un poco el ambiente, yo no veía nada.
Pero luego me encontré con la sorpresa de que no había matado a ninguna, y que solo le había roto el ala a una de las más grandes, que saltaba, correteaba y aleteaba en el agua salpicando sangre y plumas, como si quisiera levantar vuelo. Estaba desesperada la pobre, porque me vio y seguramente adivinó su triste futuro.
Con toda la serenidad y frialdad de un asesino, me acerqué a unos dos metros del ave herida y le hablé: “Sra. Paloma, creo que tiene problemas en una de sus turbinas”. Lentamente saqué otra bolita de acero y cargué: “lo siento, pero la olla de mi abuelita la espera, y no tengo ganas de comer un guiso guacho” y ¡tus! Disparé nuevamente y le di en el lomo, pero la desgraciada ¡seguía correteando por el agua! como si estuviera suplicando y buscando ayuda, mientras se desangraba cada vez más.
Entonces pensé que sería mejor sentarme a la orilla y esperar a que se cansara, y de paso estudiaba un poco el movimiento de un pájaro pronto a morir.
Me senté sobre un tacurú, corté un pastito y lo empecé a masticar, observando a mi próximo almuerzo. La paloma habrá correteado unos diez minutos más, hasta que se agotó, se arrimó a la orilla, y al parecer quiso refugiarse entre unos camalotes.
Me acerqué lentamente cargando en la bodoquera mi tercera bolita de acero, ella me miraba suplicante, como si rogara clemencia y me dijera: “Sr. por favor… tengo hijos, una familia y muchas ganas de vivir...”. Sin dejar de masticar mi pastito, me paré muy cerca, tensé al máximo mi honda y poniendo la horqueta a menos de medio metro de la indefensa y aterrorizada paloma le dije: “La felicito Sra. Torcaza, pero yo lo único que tengo es hambre” y ¡tus! con un excelente tiro a quemarropa le destrocé la cabeza y el pico, y se terminó el sufrimiento.
Nunca podré olvidar las miradas suplicantes, de esos pajaritos que jamás me hicieron nada y a los que maté solo por placer. Pero ahora ya es tarde y arrepentirse no sirve de nada, y yo sufro porque esas miradas siempre me aparecen de noche, cuando cierro los ojos.
Hasta el día de hoy, muchas veces me despierto sobresaltado o sueño que me despierto, no sé muy bien, pero me parece que todos los pájaros que maté, revolotean y cantan en mi pieza.
Cuento que pertenece al volumen 4 de la serie CUENTOS DE TERROR PARA FRANCO
Editorial - Librería De La Paz * RESERVADO TODOS LOS DERECHOS
El ataúd

A los nietos del Sr. Fortunasio les encantaba jugar a las escondidas en casa de su abuelo. Y no era para menos, ya que tenían muchísimos lugares donde esconderse. Además de la inmensa casa con varias piezas, baños, salas y living, cocina y despensa, galerías y garaje; también había dos galpones muy grandes y un amplio patio y jardines con muchos árboles y ligustrinas, y... un lugar increíble, un lugar que ningún otro abuelo de toda la zona podía tener en su casa. Ese lugar era... un salón con ataúdes. Ah... me había olvidado de decirles algo: el Sr. Fortunasio era el funebrero del pueblo. ¡Que emoción indescriptible, que mezcla espanto y peligro experimentaban esos niños escondiéndose en ese salón!
La casa estaba situada en el centro de un terreno muy grande y con muchos árboles en los jardines que la rodeaban. Sobre uno de los costados del terreno, estaba el garage y en el fondo, un gran patio y los dos galpones. El salón de los ataúdes y una pequeña oficina se encontraban en el frente.
Cada domingo o cada vez que los seis nietos se encontraban en casa de su abuelo, al instante los más grandecitos ya se ponían a organizar unas escondidas. A veces invitaban a algunos primos o amiguitos del vecindario. ¡Que mezcla de julepe y entusiasmo tenían todos estos niños!
En realidad, solamente los dos nietos mayores -de once y doce años- y otro niño del vecindario eran los únicos que se animaban a esconderse y permanecer un buen rato dentro de los cajones; unos pocos, a lo sumo si aguantaban dos o tres minutos escondidos en ese tétrico salón; y los restantes apenas si se asomaban la nariz a la puerta para buscar ¡pero ni por las tapas entraban o se escondían allí!
En el salón no había muchos cajones, apenas unos seis o siete, y eso era bastante lógico para ese pueblo, ya que la gente no se moría a cada rato, sino que de tanto en tanto alguno estiraba las patas.
Entre esos cajones se notaba una diferencia de calidad. Algunos eran muy rústicos y sencillos, otros un poco más caté, y había uno que llamaba poderosamente la atención por su forma, lujo y color: era un cajón negro, ovalado y muy brillante; tenía unas hermosas y resplandecientes manijas de bronce con una gran cruz del mismo metal, adornando la tapa. Había para todos los gustos y de todos los precios.
El ataúd negro, se constituyó en la gran atracción de todos los chicos, tanto de nietos como invitados. Nadie quedaba indiferente ante ese siniestro pero atractivo objeto. Los chicos nunca se cansaban de observarlo y estremecerse ante esa cosa. Para más, ese cajón estuvo mucho tiempo en el salón, al parecer, porque ningún rico se moría, y hasta tanto eso no sucediera, seguiría estando ahí ¡porque era carísimo! El nieto mayor de don Fortunasio se sabía todos los precios y siempre recitaba los valores de cada uno, a la pandilla de niños.
Lo que más impresionaba de aquel ataúd era su forma ovalada y su color negro. El único con esa forma y ese color, de todos los que había ahí. Los demás eran hexagonales, y de color marrón, algunos más claros otros más oscuros. Esa tétrica cosa -que nunca nadie quisiera comprarla- tenía una extraña belleza y ejercía una poderosa atracción, que los chicos quedaban hipnotizados cuando fijaban su vista en él. Una rara sensación les invadía a todos, una mezcla de estremecimiento y un frío lacerante que les recorría los huesos. ¡Mamita querida estar frente a ese cajón!
Debido a que los chicos siempre andaban toqueteando los ataúdes, abriendo y cerrándolos, don Fortunasio optó por cerrar con sus trabas, el ataúd ovalado, así no corría peligro que lo estropearan. A los niños les encantaba levantar las tapas y observar embobados esa tela blanca y brillante tipo seda, con que se encontraba alfombrado el interior. ¡Socorro!
El ataúd negro era el único que estaban en posición horizontal, sobre una especie de meza metálica angosta con unas patas con adornos, que lo hacía lucir mucho más. Ocupaba el centro del salón. La tapa era pesadísima, y un chico solo, apenas si podría levantarla, pero además, tenía puesta las trabas, y eso significaba que estaba prohibido tocar. Los restantes cajones, estaban en su mayoría inclinados contra la pared y en estos, levantar la tapa -desde adentro o desde afuera- se hacía más fácil. Los cajones estaban dispuestos así, para que cuando los familiares de algún difunto vinieran a elegir uno, pudieran apreciarlos uno por uno; es lo mismo que cuando uno va a una tienda y se pone a elegir pantalones o sombreros. Los miraban, los tocaban, levantaban la tapa y observaban su interior, preguntaban los precios, y finalmente elegían cual comprar.
Para los chicos, jugar a las escondidas allí resultaba muy diferente si lo hacían de día, cuando empezaba a oscurecer o en plena noche. Por supuesto que la oscuridad le daba otro clima al salón... y a los ataúdes. De noche, solo los dos nietos mayores se animaban a entrar, los restantes ¡ni asomaban el hocico por ahí!
Cuando uno de los nietos se escondía en algunos de los ataúdes, y los demás lo buscaban, el momento más tenso y emocionante era el instante de ir destapando uno por uno los cajones. Era un momento único donde todos contenían la respiración con el alma en la boca, y nadie quería realizar la búsqueda solo, entonces los demás lo acompañaban mirando desde la puerta, ese momento crucial. Por más que supieran que fulanito o menganito estaba escondido en algunos de los cajones, no dejaban de llevarse un flor de julepe cuando abrían la tapa y "¡¡¡Aaaaahhhhhhhh!!!" gritaba el escondido. Que salto pegaban todos y como les latía el corazón a mil por hora. Porque nadie está acostumbrado, ni se acostumbrará jamás, a que se abra un ataúd y aparezca una persona gritando.
Pero una vez, habría de ocurrir algo siniestro, macabro y real, que les causaría mucho espanto y dolor a todos los habitantes del tranquilo pueblo de La Leonesa. Algo que empezó queriendo ser una broma, terminó siendo un hecho que nadie podía creerlo.
Todo empezó un domingo de enero a la tardecita. Esa solía ser la hora habitual en la que los chicos comenzaban a organizar el juego. Un chico del vecindario y amiguito de todos los nietos, que infaltablemente siempre estaba a la hora de las escondidas, habría de ser el protagonista del hecho. Tomás era un niño de diez años, muy pícaro y despierto y al que todos le decían "Tomasito". Era el único, además de los dos nietos mayores, que se animaba a esconderse en los cajones. Desde hacía un tiempo había estado planeando la forma de darles un buen susto a todos. Y ese domingo había decidido llevarla a cabo.
Su plan era perfecto, y sin dudas, los demás se llevarían el susto más grande de sus vidas. Como conocía toda la casa y las dependencias, cada recoveco o rincón, aprovecharía cuando todos estuvieran en la casa o distraídos, e ingresaría al salón de los ataúdes y allí se escondería en uno de ellos. Apenas los demás chicos ingresaran al salón, él levantaría la tapa apareciendo con un gran grito aterrador. Como ninguno de los chicos estaría preparado o en alerta, ni tampoco sospecharían siquiera que pudiera haber alguien allí, el susto sería para matar de miedo a cualquiera.
Pero ese día, solo estaban dos de los nietos más pequeños -de cinco y seis años- con sus padres. Los restantes no habían venido, ni tampoco vendrían, porque que esa noche el Sr. Fortunasio y su esposa iban a viajar a Buenos Aires y estaban alistando todas las cosas. Se iban de paseo por una semana a la casa de unos familiares de la capital.
Esto, "Tomasito" no la sabía, ni jamás lo imaginó. Cuando el vio a los más pequeños jugando en la vereda, supuso que lo demás estarían adentro, entonces se puso al acecho, esperando el momento justo para entrar sin que nadie lo viera. Se agazapó detrás de un árbol, y allí estuvo espiando por más de quince minutos, hasta que en un momento dado, los dos pequeños ingresaron y fueron hacia los fondos. Con sigilo y rapidez "Tomasito" se asomó al murito, y protegido por las penumbras del atardecer, bordeó unas ligustrinas y enseguida llegó hasta el salón sin ser visto por nadie. Ingresó por la puerta de atrás, que casi nunca tenía puesto el candado. Ya adentro y en la penumbra, rodeado de cajones, sintió un poco de miedo. Eso no lo había pensado ni planeado, y dudó por unos instantes si se quedaba o se rajaba y suspendía todo el plan. Se puso a mirar en cual de los cajones podría esconderse, tratando con eso de no pensar en el miedo que lo invadía. Espió por la ventana que daba hacia atrás, hacia la casa, y vio a los dos niños en la galería, que conversaban mientras caminaban lentamente hacia el patio... y hacia el salón. Supuso que los demás estarían adentro y que muy pronto se sumarían a los pequeños.
En ese instante se le ocurrió una idea que le pareció fantástica y que aumentaría muchísimo el julepe que le daría a los demás. Decidió esconderse en el ataúd ovalado. En el más tétrico. En el prohibido. Pensó no ensuciaría ni mancharía el acolchado y las telas del interior, ya que recién se había bañado y estaba muy limpito. Se sacó los zapatos y miró en rededor buscando donde esconderlos. Vio unas cajas de cartón en una esquina, y allí los embutió, disimulando bien la pila de cajas, cosa que nadie sospechara ni viera nada. Destrabó la tapa del cajón, se subió y se paró en el bordecito de la mesa. Comenzó a levantar la tapa con las dos manos. Se dio cuenta que era pesadísima. Tuvo que hacer mucha fuerza para levantarla a medias, y ahí metió una de sus piernas y con esto ayudó a mantenerla semilevantada y semiabierta. Lentamente comenzó a meter su cuerpo, sosteniéndola con manos y pies. Finalmente se terminó de acostar, dejando caer la hermética tapa.
Los dos niños habían comenzado a acercarse al salón, con mucha intriga, miedo y curiosidad. Ahora no estaban sus primos mayores, así que se sentían un poco desorientados. Animándose uno a otro, llegaron hasta la puerta, pero ahí ya le agarró mucho miedo y se miraban y se alentaban, pero no se animaban a abrirla.
En eso estaban cuando por un costado apareció don Fortunasio, que los retó por estar jugando ahí, y porque adivinó las pícaras intenciones de ingresar al salón. Los pequeños, apenas vieron acercarse a su abuelo, salieron huyendo como rata por tirante hacia la casa, y para evitar nuevos intentos de sus nietos, le echó candado a la puerta y también fue hacia la casa.
Un rato más tarde, los padres de los niños junto a éstos, se despidieron y partieron. Don Fortunasio y su esposa terminaron de preparar sus valijas y a la media hora, otro de sus hijos vino en auto para llevarlos hasta Resistencia, donde tomarían el colectivo hacia Buenos Aires.
En la casa no quedó nadie, bueno... nadie no, quedó "Tomasito"... escondido en el ataúd ovalado.
El chico comprendió muy pronto lo siniestro de su escondite, y sobre todo, de su situación desesperante y aterradora. Ya tenía experiencia en esconderse en los otros cajones, que casi siempre estaban parados o inclinados, y que sus tapas eran más livianas y fáciles de levantar. Pero ahora era diferente, y nunca había llegado a pensar en la posibilidad de que varios hechos tan peligrosos, se coordinaran para llevarlo a la situación en la que se encontraba.
Sin dudas "Tomasito" nunca había imaginado cuanto pesaba la tapa de ese cajón, ni tampoco pensó que se hacía más pesada por estar en posición horizontal. Tampoco se le ocurrió que estando acostado y dentro del ataúd, sus brazos y piernas estarían limitados tanto para realizar movimientos, como para hacer fuerza. Pero lo que ni remotamente podría haber llegado a pensar o imaginar, es que ese día no jugarían a las escondidas, y mucho peor aún... que ese día se irían todos de la casa.
A eso de las nueve de la noche, los padres de "Tomasito" comenzaron a preocuparse, porque el niño no aparecía por su casa. Eso no era habitual, ya que era un niño muy obediente, y nunca hacía nada sin pedir permiso o avisar. Comenzaron la búsqueda por las casas del vecindario, preguntando a unos y a otros. Nadie lo había visto. Los demás chicos, que también solían jugar con él, aseguraban que antes del atardecer lo vieron caminando por la vereda de don Fortunasio. Todos ellos habían ido también a la casa del funebrero para jugar con sus nietos, pero luego se enteraron que ese día no vendrían los nietos mayores y que no habría juegos de escondidas en la casa.
Los padres y demás conocidos siguieron buscando cada vez más lejos del vecindario. A eso de las diez de la noche, con toda la angustia y desconsuelo, acudieron a la policía e hicieron la denuncia.
Hacia la medianoche, todo el barrio buscaba a "Tomasito". Dos linyeras que siempre merodeaban la zona fueron apresados y llevados a declarar, porque eran los principales sospechosos. Un vecino dijo que había visto a un extraño hombre en una bicicleta, con un bolsito negro en su portaequipajes y que desde la tarde andaba dando vueltas por el barrio. Según aseguró, no era del lugar. Todo el barrio y la policía se pusieron a buscar a un hombre desconocido en bicicleta y con un bolsito negro en el portaequipajes. La hermana del padre de "Tomasito" fue a ver a doña Brasca, una adivinadora del pueblo. Esta luego de tirar las cartas, mirar una foto del niño y ver unas raras formas en un vaso de agua, dijo que "el chico no estaba lejos", y que "buscaran por el barrio".
Esa noche no murió nadie en el pueblo. Si eso llegaba a ocurrir, otro de los hijos de Fortunasio -el mayor- se haría cargo de vender un cajón y de llevarlo hasta la casa donde velaban al difunto. En esa época no existían salones velatorios, y a los muertos se los velaban en el comedor de la casa. Apenas se moría se lo vestía con un traje negro, y luego se lo acostaba en la mesa del comedor, hasta que llegara el cajón. Cuando hacía mucho calor, los velatorios se hacían en el patio.
Este muchacho era el único que tenía otra llave de la casa y del salón, era por supuesto, el que siempre reemplazaba a su padre cada vez que este viajaba o se ausentaba.
Dentro del cajón "Tomasito", había comenzado a inquietarse apenas se cerró la tapa. Primero trató de tranquilizarse, concentrándose en los ruidos externos, para poder saber el momento justo de levantarse y asustar a los que entrasen al salón. Pero se dio cuenta que no escuchaba nada. Trató de aguantar un poco más, convencido de que en pocos minutos más ya entrarían todos, o aunque más no sea, lo harían los nietos mayores. No supo cuantos minutos transcurrieron, pero enseguida notó que transpiraba, que le costaba respirar... que parecía que se ahogaba. Ya no aguantó más y con sus bracitos flexionados contra el pecho, trataba de empujar la tapa, ayudándose con las rodillas. La tapa ni se movía. En ese instante lo invadió la aterradora desesperación, y se puso a llorar y gritar descontroladamente. Pataleaba y manoteaba, todo lo que ese reducido espacio le permitía patalear y manotear. Pegaba cabezazos contra los costados y la tapa del cajón. Todo era inútil. Esos golpes eran muy suaves, pero además, tanto los golpes como los llantos y los gritos, se apagaban y silenciaban dentro de las gruesas maderas y el acolchado del ataúd. Por si faltaba algo... estaba encerrado en un salón completamente cerrado... sin siquiera nadie cerca a quien pedir auxilio.
A la madrugada, los padres de "Tomasito" fueron a casa de uno de los hijos de Fortunasio, del que lo había visitado esa tarde con sus dos pequeños hijos. Le preguntaron si no habían visto a "Tomasito" en casa de don Fortunasio y dijeron que no, que esa tarde ningún chico del barrio anduvo por la casa.
El lunes transcurrió con mucha agitación en todo el pueblo. Todo el mundo ya estaba enterado de la desaparición del chico, y todo el pueblo lo buscaba, hasta por los lugares más recónditos. La policía y la gendarmería detenían a cualquier auto que no fuera del lugar -que eran poquísimos- y los revisaban de arriba abajo. Le pedían documentos a cualquier persona medio sospechosa. Buscaban por los arroyos y tajamares de los alrededores del pueblo.
La hermana del padre de "Tomasito" nuevamente acudió a la adivinadora, con nuevas fotos del su sobrino. Luego de observar esas imágenes, y de hacer algunas combinaciones con cartas, la mujer habló de nuevo: "El niño no está lejos, se los aseguro. Las cartas no mienten".
Los padres de los dos pequeños nietos de don Fortunasio, preguntaron y repreguntaron a sus hijos, si no habían visto a "Tomasito", sino habían jugado con él en la vereda, en la tarde del domingo. Ambos niños aseguraron no haberlo visto en ningún momento, ni en la vereda ni en ninguna parte.
Ya había perdido la noción absoluta del tiempo que llevaba encerrado, pero en algún momento comprendió que podría morir asfixiado, porque la dificultad para respirar era cada vez mayor, sumado al pánico del encierro. Fue tal vez la desesperación y el terror a la cercana muerte, lo que le dio una fuerza inusual, que le permitió levantar apenas y por unos instantes, la pesada tapa. La señal más clara de que logró levantarla, fue que sintió una muy tenue pero gratificante bocanada de un aire más puro y mucho más fresco, que el del recinto del cajón.
Fue un instante muy fugaz, donde tal vez sólo logró levantarla apenas no más de un centímetro de su marco, pero lo más importante, fue que su instinto de supervivencia reaccionó de inmediato haciendo algo que podría salvarle la vida: metió la punta de los deditos de su mano izquierda entre la tapa y el marco, impidiendo su cierre completo y permitiendo así, aunque más no sea, tener una leve abertura por donde ingresaría el aire.
Esto por supuesto, le causó un agudo e inmenso dolor, que le hizo gritar, pero que por suerte no atinó a retirar la mano. Gritaba y lloraba desconsoladamente, por el intolerable dolor, por el espanto y el horror.
El martes, la vida en el pueblo transcurrió con la misma agitación del día anterior, todo el mundo buscaba al niño. Ya habían venido policías y detectives de Resistencia, y se habían iniciado misas de oraciones con pedidos para que "Tomasito" apareciera con vida.
Ya no sentía, o no sabía si sentía, dolor en sus dedos. Tenía adormecida toda su mano y brazo izquierdo. Estaba completamente empapado de la transpiración, por los llantos y el calor sofocante de ese cubículo. No percibía ni su propia voz. Se había quedado afónico de tanto gritar, y de la deshidratación. Ya no tenía fuerzas.
El miércoles la Municipalidad decretó asueto para movilizar a toda la población en la búsqueda de "Tomasito". Era la primera vez que en ese tranquilo pueblo sucedía algo tan terrible.
En todo el tiempo que llevaba ahí, en algunos momentos logró dormirse, más por el propio agotamiento de sus fuerzas y por el tremendo desgaste de su atención, que por las propias ganas de dormirse. Ya no distinguía si le dolían los dedos o no. Ya no los sentía.
En cierto momento el aire nuevamente se había puesto intolerable, irrespirable... notaba que se ahogaba. Comenzó a agitarse y el horror más profundo lo invadió, cuando su mano izquierda que se había desprendido del borde de la tapa... caía sobre su carita.
El jueves a la mañana habría de suceder un hecho que nada tenía que ver con "Tomasito" ni con su desaparición, pero que sería determinante en el caso. A las ocho de la mañana, falleció uno de los hombres más adinerados del pueblo, don Gilberto Casco. Un tipo de mucha plata, con muchas casas, chacras, vehículos y vacas. Según las malas lenguas, el hombre era un prestamista, y ganaba mucho dinero con los intereses de la usura. Cuando falleció, sus hijos quisieron que tuviera un buen velorio, y por supuesto, un lujoso ataúd.
Un hijo, una hija y un yerno del difunto, fueron a casa de don Fortunasio a eso de las diez. Golpearon las manos pero nadie les respondía. Los vecinos le dijeron que en la casa no había nadie, porque el hombre estaba en Buenos Aires, que buscaran a su hijo mayor, y que él los atendería. Al rato ya encontraron al muchacho y vinieron de nuevo a casa de don Fortunasio. Ingresaron al salón y al instante percibieron un aire espeso e irrespirable. Claro, con ese salón cerrado por varios días, y el terrible calor que hacía, no era para menos. El muchacho se disculpó, y de inmediato se puso a abrir puertas y ventanas para que se airease el ambiente. Los deudos mientras, daban una ojeada a los distintos ataúdes, y casi en el acto se decidieron. Señalaron por supuesto, al que estaba sobre la mesa: el ataúd negro y ovalado.
Preguntaron el precio, mientras el muchacho le pasaba una franela a la superficie del ataúd. Antes de responderle sobre el valor del mismo, les dijo que era en verdad caro, pero de una calidad inigualable. En tanto hablaba, el muchacho comenzó a levantar la tapa, para que así vieran los finos detalles del interior.
Cuando la terminó de levantar, un concierto de gritos, exclamaciones y alaridos se desató entre los presentes. La mujer quedó súbitamente pálida y se desmayó. Los hombres, atónitos, retrocedieron con el terror dibujado en sus rostros.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados (Del libro CUENTOS DE TERROR PARA FRANCO - Vol.5)
Perro de sulky
A la hora de hablar de fidelidad, a la hora de buscar compromiso y confianza, no podemos pensar en otra cosa que no sea un perro de sulky. Sin ninguna duda, es el leal e incondicional seguidor de sulky, el seguidor por excelencia. Constante, madrugador, incansable, si señor, así es el perro de sulky.
¿Quién no habrá visto uno? Solo hay que pararse en la vereda y a los pocos minutos podremos ver pasar, en primer término, el trotecito parejo y rítmico de un sulky, y apenas atrás, o incluso a veces debajo de la carrocería, nuestro infatigable elemento perruno; cabeza gacha, cola entre las patas, y una cadencia de desplazamiento que no llega a ser trote, antes bien, es una caminata ligera, un andar apurado. Y ahí va, con sus pensamientos a cuestas, sus desdichas, sus alegrías, en fin, su perra vida.
Muchas veces nos hemos planteado, en que pensará un perro cuando, con lluvia o sol, con frío o calor, cansado o enérgico, sigue con entereza y honradamente al sulky. Nadie puede saber esto, eso es seguro, pero tal vez podría uno imaginarse viendo su andar, su mirada, la actitud ante cada parada del sulky.
Es lógico que este perro, muchas veces cansado y harto piense, "hasta cuando seguiré con esta perra vida", o "que bueno sería que el amo se comprara una camioneta, así dejo de caminar". También están los que ya preocupados y añosos, piensan en su salud, "estas várices me están matando" o "desde mañana no camino más, no puedo más con estos callos".
En ocasiones, el sulky se detiene y el perro puede ver que su amo se pone a conversar con el conductor de otro sulky, que también se detuvo, y esta suele ser una buena oportunidad para trabar un diálogo o amistad con el perro del otro sulky. Habitualmente empiezan por olfatearse, y luego el diálogo gira en torno a temas triviales, "como andas vos?" o, "para donde están yendo ustedes?" A veces puede ocurrir, que si un perro anda muy acongojado, suelte la lengua y comience a desembuchar todo su drama, eso se hace evidente porque ambos animales se paran debajo de uno de los carruajes, y con sus hocicos casi a ras del suelo, se miran tristemente, sin mover siquiera la cola.
Una apreciación que debe tenerse siempre en cuenta, es el perro en sí, el perro como un ser único, el perro nietzcheano si cabe el término, más allá de su actividad seguidora (que es su principal característica). Un perro de sulky, es primordialmente flaco, muy flaco, sus huesos sobresalen por todas partes, pero además es maltrecho, como si le hubieran dado una buena garroteada; flaco y garroteado podría ser una definición acertada del aspecto de este perro. Su flacura no está en relación con lo que come, porque -esto hay que decirlo- comer, come muy bien. Ocurre quizá que camina tanto detrás del sulky, que las calorías gastadas son mayores a las ingeridas. Ahora, su aspecto de garroteado es un misterio (y llamativo en todos los perros de sulky) que podría tratarse lisa y llanamente de una nueva raza de perros. Su conducta es muy pacífica, casi no ladran, no se detienen en ninguna reunión perruna, ni tampoco participan de riñas callejeras.
Este perro muchas veces se pregunta, porque sigue y sigue a ese sulky, porque a veces aún enfermo o cansado, no deja de caminar tras ese carruaje. No lo sabe. Ni el propio perro sabe porque lo sigue. Es probable se dice a sí mismo, tal vez sea este mi destino, tal vez exista una orden o fuerza superior inescrutable que me ha encomendado el seguir y seguir sin razón ni objetivos al sulky. Pero si yo, perro de sulky, no sigo al sulky, ¿que otra cosa puedo hacer con mi vida?
Autor: Hugo Mitoire - Reservados todos los derechos (Del libro Observación Animal)
El mito del gato y el gorrión

Un viejo mito pagano afirma que, ningún gato podrá atrapar al gorrión, cuando aquel es observado por el hombre. Nada más cuesta para comprobarlo, que tomar el mantel con las miguitas -miguitas que han quedado del almuerzo- y sacudirlo en el patio. Estas se desperdigan de manera bastante uniforme, dando al piso un paisaje de blancos salpicones.
Todo lo que uno debe hacer después, es buscar una silla, sentarse en la galería y esperar. Al cabo de algunos segundos, o más raramente minutos, harán un silencioso aterrizaje los gorrioncillos. Es habitual que sean dos, ya que sin saberse si por amor animal o por simple casualidad, son dos los que siempre aterrizan. Con sus patitas ya sobre la superficie terrestre, pueden verse sus breves y rapidísimos movimientos, en especial de sus cabecitas, mirando aquí y allá, y en medio de estos movimientos un picotazo veloz y certero, se hace de la primera miguita. Cortos pasitos saltarines los llevan de una miguita a otra, y cada tanto, algunos aleteos que más bien parecieran una especie de estremecimientos, alternan con los demás movimientos. Así, en este inesperado y delicioso banquete están estos inocentes pajarillos, confiados y contentos. Confiados porque han visto al hombre que los observa, y al parecer ellos también están de acuerdo con el mito; y contentos porque ya han logrado el sustento diario.
El gato no tarda en aparecer. Y en contraposición con las creencias de los gorrioncillos, este gato, no cree ni al parecer le interesa un corno, aquel asunto del mito. Esto se evidencia simplemente por su actitud. Sin importarle la presencia del hombre y mucho menos que lo este mirando, el gato con su andar armónico y sigiloso (gateando), viene estirando el cuerpo, con su panza y la cola casi al ras del suelo, erizados los pelos del lomo, su mirada amarilla está clavada en la parejita voladora.
Un breve instante de inquietud se apodera de los pajarillos, ya que sus cabeceos se han intensificados, y ya no dan picotazos a las miguitas. Esta aparente señal de alarma, al parecer no tiene la suficiente fuerza para impulsarlos a dejar el lugar, o en su defecto, es demasiado tardía. Un silencioso y fatal remolino de polvareda, plumas y miguitas, alteran la tranquilidad del patio.
Un gorrioncillo levanta raudo vuelo, al otro, se lo ha comido el gato.
(Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados - Del libro: OBSERVACIÓN ANIMAL)
El lamento del carau

No existe registro alguno en todos los estudios consultados del psicoanálisis freudiano, de alguien tan culposo, alguien tan autodestructivo y penoso, como el noble, inocente y solitario carau. Este pobre pajarraco no ha podido superar esa terrible angustia culposa, por aquella desdichada circunstancia que todos conocemos.
¿Como podía haber imaginado este pobre animalito de Dios, toda esta pesada carga que tendría como castigo por haberse desviado del camino? Pero veamos y analicemos los hechos de la forma más racional posible,
Según diversas versiones, la madre del carau enferma repentinamente, algunos hablan de una angina de pecho, los más fatalistas dicen que fue un fulminante infarto; sin embargo el debate –al principio circunscrito a vecinos y amigos- se amplio luego y como no podía ser de otra manera, comenzaron a opinar e introducir sus bocadillos los carau galenos y aquí el asunto ya pasó de ser un chusmerío de barrio a un fino debate científico, porque las discusiones giraban acerca de la cronología de síntomas y signos, se barajaban diferentes hipótesis diagnósticas y diagnósticos diferenciales que no hacían otra cosa que multiplicar las posibilidades de las más diversas patologías. Se habló de un tromboembolismo pulmonar, de un ictus apoplético, de un mal mayor epiléptico y por supuesto no faltaron los que aseguraban que se trató simplemente de un ataque de histeria, tan común en el género femenino de la especie. Lo cierto es que, la madre cae de la rama del árbol donde se encontraba aposentada y queda tullida y postrada en una horqueta de la vegetación, el noble hijo acude presuroso en su ayuda y aquella le ordena con estridentes graznidos que vaya inmediatamente a la farmacia a traerle remedios, pero ¿qué remedios debía buscar el hijo?. Eso no lo sabemos y a ciencia cierta nunca lo sabremos. Los vecinos más chismosos y malpensados afirman que la carau se cayó de su rama, porque se había pasado con la ginebra, hecho habitual en ella porque al parecer era una alcohólica empedernida, y que lo que en realidad le pidió al hijo cuando quedó allí horquetada, fue que le trajera más ginebra y unos cigarros.
Otro hecho concreto es que el carau parte raudamente en busca de lo solicitado a eso de las nueve o diez de la noche. Volando con esa hermosa luna llena, a los pocos kilómetros y cuando surcaba los cielos a unos cincuenta metros de altura, divisa un gran mogote de algarrobos en cuyas copas había un gran revuelo y saltos de rama en rama de carau machos cabríos, graznidos y chillidos de sensuales y hermosas carau hembras, música de fondo y corría la bebida de pico en pico.
-Se armó la joda! –graznó el carau.
Sin dudarlo y sin pensar, atraído quizá por sus más bajos instintos el pajarraco puso proa al mogote y en veloz picada se lanzó al lugar de la festichola. Ni bien se posó en el follaje, fue saludado con aleteos y gorjeos por algunos conocidos y de reojo ya advirtió las lascivas miradas de algunas carau con picos de atorrantitas. A la media hora y ya casi completamente borracho bailaba en medio de tres seductoras aves, con provocativos meneos y graznidos soeces, lo que no sería otra cosa que el prometedor inicio de una partusa. Otras versiones afirman que el carau era un muchacho serio y que si bien estuvo en la fiesta, allí solo se limitó a cortejar a una excelente y formal joven carau, que se enamoró de la misma y que todo eso lo entretuvo. También se sabe que a eso de las dos de la madrugada se le acercó un carauncito amigo y le susurró al oído,
-Che carau... tu mamá murió hace media hora, tenés que volver rápido.
Y aquí nace la respuesta que inmortalizó al carau,
-Y si murió... ya murió, ya no hay nada que hacer –y dando media vuelta se entregó nuevamente al desenfreno de la fiesta.
A eso de las siete de la mañana, los intensos rayos del sol despertaron al carau que se encontraba despatarrado entre unos espartillos a orillas de una cañada, miró a su alrededor y vio algunas plumas y ropas íntimas femeninas, se frotó la cabeza con un ala y sin recordar que había hecho en ese lugar, enseguida se hizo consciente de su madre y de lo que le habían dicho.
Como puede vislumbrarse, lo único cierto que sonsacamos es que el tipo estuvo realmente en la fiesta, no puede asegurarse con quien, ni tampoco que fue lo que hizo.
Cuando levantó vuelo, la tristeza y la congoja comenzaron a invadirlo y unos lagrimones empezaron a caer desde el espacio sideral, la angustia se hizo canto con una letanía de afligidos y desolados sollozos que brotaron de su irritada laringe. En este punto los más devotos afirman que ese canto-lamento es la maldición a que el cielo lo condenó por su desvío y abandono de persona, condena que también incluye el volar solitario y la emisión regular y constante del remanido lamento.
La versión racionalista afirma sin más vueltas, que ese graznido entre falsete y balar de oveja atragantada, no es otra cosa que su canto natural, propio de quien viene de una prolongada jarana.
Así las cosas debemos preguntarnos, ¿estamos en presencia de alguien culposo y condenado a penar para toda la eternidad o simplemente escuchamos el alterado sonido que emite una laringe estropeada de tantas libaciones?
Categóricamente podemos afirmar que... no lo sabemos.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados (Del Libro "Observación animal")Anochecer de un día agitado

Por circunstancias que aún se tratan de establecer, la noche del veintiocho de Noviembre de mil novecientos setenta y siete, el Sr. M, a la sazón estudiante de segundo año de medicina, debió abandonar a rompe y raja la pensión que habitaba en Mendoza casi Belgrano, a una cuadra de la Facultad. El hecho al parecer tenía raíces oscuras e inconfesables, ya que en todas las ocasiones el Sr. M evitaba hablar del tema.
Años después habría de saberse (y de fuentes poco confiables), que esa pensión era regenteada por un militar y que éste abusándose de las circunstancias, estafó a los estudiantes con el cobro adelantado de alquileres, y la posterior intimación a que desalojaran la vivienda, so pena de denunciarlos y meterlos presos por revoltosos. Estos en represalia, habrían incendiado todo el mobiliario, en la terraza del edificio.
Lo cierto es que M, hacia el anochecer de ese día, acudió presuroso a casa de su compañero de estudios, Juan Carlos, sudando y con evidentes signos de preocupación, explicó a este, la imperiosa necesidad de realizar una mudanza, y que la misma debía hacerse urgente e impostergablemente, esa misma noche. Su compañero vivía con sus padres, y tenía su propio vehículo. Poseía en ese entonces, una moderna y envidiada coupé roja (que no solo lo trasladaba de un lado para otro, sino que también, le redituaba jugosos dividendos a la hora de impresionar a sus compañeras y chicas en general).
Al cabo de media hora, y a bordo del lustroso Fiat 600, raudos partieron hacia la pensión. Cuando arribaron al lugar, otros compañeros de pensión, en medio de un febril despliegue y agitación, realizaban a toda máquina, actividades de embalaje, cargamento en vehículos, o huidas de a pie o en bicicleta con elementos personales. Lo que suele denominarse embalaje - en el caso particular de M-, consistió simplemente en embutir todas las cosas a la que te criaste y a los santos piques, en el diminuto habitáculo del vehículo. El elemento de mayores dimensiones, ya se sabe, era el colchón de una plaza, el que enrollado a manera de panqueque y atado con un cable, ocupó el asiento trasero. Luego se acomodaron una valija y un bolso mediano con todo el ropaje, y finalmente los huecos se fueron llenando con elementos menores. El calentador a gas, fue ubicado en el piso del asiento del acompañante, junto a una pequeña cacerolita, una pava y un jarro, todos estos de material alumínico; un juego de cuchillo, tenedor y cuchara (se entiende que una pieza de cada cosa), un cucharita, un colador, mate y bombilla, una lata de leche Nido pero con contenido yerbaceo, un paquete de arroz empezado, y una bolsita con algunas galletas. En el asiento fueron colocados, los cuatro tomos del Tratado de Anatomía de Testut-Latarjet, el libro de Fisiología Médica de Guyton, los dos de Química Biologica (el Niemeyer y el Marenzi), la Metamorfosis de Kafka, apuntes varios, cuadernos y chucherías en general. El único par de zapatos y las gastadas ojotas, fueron incrustados, en los pliegues del colchón. Las zapatillas Flecha, las tenía puesta. Unas bolsas de plástico, conteniendo un juego de sábanas, dos frazadas, una almohada, un mantelillo, repasadores, y trapos de piso (estos en bolsas separadas) fueron insertadas en los huecos residuales del habitáculo, habida cuenta de la maleabilidad de estos bultos. Una vieja escoba y un espejo roto, fueron descartados. Completada la carga, M se despidió a voz en cuello de sus ex-compañeros (quienes se encontraban desperdigados, en la planta baja, y el primer y segundo piso), comprometiéndose a volver a verlos muy pronto, o por lo menos, dar señales del nuevo paradero. Todos respondieron el saludo también a los gritos y con las mismas promesas. Todos se juramentaron, amistad eterna.
El rugir del Fitito, anunciaba la inminente partida, y Juan Carlos apoltronado al volante, esperaba la orden. Cuando M salió por última vez de la siniestra pensión y llegó hasta el auto (portando los últimos elementos), cayó en la cuenta que en el bólido rojo, no había lugar para él. El espacio del diminuto vehículo, estaba atiborrado hasta el techo, situación que obligó incluso a levantar los cristales - a pesar del caluroso clima veraniego- a fin de evitar extravíos de elementos durante el trayecto. Cuando M miró a Juan Carlos, el gesto de este fue elocuente y expresivo, encongiéndose de hombros y levantando las manos, - cuan creyente eleva una ofrenda -, trató de transmitirle algo así como...y que querés que le haga hermano?, no es un colectivo. De inmediato M, ordenó partida y que... lo siguiera. El auto volvió a rugir como apurando el despegue, y M inició un trotecito moderado por la vereda, translación esta que era acompañada en paralelo por el auto. El trote de M era atentamente observado y seguido por Juan Carlos, quien no conocía el destino de esa mudanza a los apurones; pero aún así, la persecución se veía facilitada, por la llamativa combinación de colores del ropaje del trotante. Este vestía una remera blanca, con la lengua de los Rolling Stones en su espalda, un pantalón corto y muy ancho de color naranja, y las blancas zapatillas Flecha sin medias, un sombrero Panamá adornaba su cabeza. Portaba en su mano izquierda, un veladorcito con pantalla azul y en la derecha, una bolsa de arpillera con algunos huesos del esqueleto humano, entre ellos el cráneo (estos elementos -velador y huesos- al parecer fueron casi olvidados, percatándose su presencia a último momento, por lo que quedaron sin posibilidades de ser embutidos en el embalaje). Con estas características, al chofer se le hacía bastante fácil distinguir al trotante, y no confundirlo entre los demás peatones.
En el trayecto, por la calle Mendoza hacia Junín, tenía a su paso, la escuela Normal y el famoso boliche KaKoSi. El trote era bastante regular, a pesar de que había que esquivar eventuales transeúntes u otros obstáculos que se encontraban en el camino, como veredas en reparación, montículos de arena, motos, personas que sentadas en silletas utilizaban las estrechísimas veredas de Corrientes, como si fuera el propio living de su casa. En ocasiones, M debía descender a la calle para más adelante retomar la vereda, o cuando no y apelando a su destreza, tener que realizar pequeños o moderados saltos, para superar inesperados y variados tipos de vallas; todo esto sin perder el ritmo del trote. Cada tanto relojeaba por sobre el hombro, verificando el acompañamiento de su mudanza. Al llegar a Mendoza y San Martín, M se detuvo en esa esquina e instruyó a Juan Carlos que diera vuelta a la manzana, para terminar el trayecto donde finalmente sería su nueva morada, una pensión por San Martín entre Mendoza y Córdoba.Velador y osario en mano, M espero a que el rojo Fiat apareciera, y ni bien llegó apuró a su amigo a bajar los bártulos.
El primero en ingresar fue M, quien avanzó unos veinte metros por una irregular galería, y allí, cerca de una ventana depositó su carga inicial; detrás de él llegó Juan Carlos portando el calentador y algunos libros, y antes de bajar las cosas al piso, preguntó a su compañero:
-Che... ¿cuál va a ser tu pieza?
-No..., todavía no conseguí ninguna pieza -respondió M
-¿Como? ¿y donde vas a dejar las cosas y dormir? -inquirió nuevamente.
-Bueno... ya hablé con el dueño de la pensión, Don Ruzak, y me dio permiso para que duerma en la galería, hasta que se desocupe una cama; parece que pronto se va uno de los del fondo -aclaró M, frotándose las manos con entusiasmo.
-¡Pero vos sos loco! como vas a dormir en la galería, dejate de joder, más vale vamos a casa y te quedas unos días allí, hasta que consigas algo. Ya sabes que con mis viejos no hay problemas - sugirió Juan Carlos.
-No pasa nada, no te hagas problemas. Mejor me quedo, así ya voy conociendo a los vagos, y además apenas se desocupe una cama ya me meto, a ver si todavía me comen el lugar -tranquilizó M. De ahí en más se dedicaron a bajar el resto de las cosas.
En esas ocupaciones estaban cuando se acercó - intrigado por la nueva llegada- uno de los inquilinos, un tal Condorito oriundo de Monte Caseros, que resultó ser compañero de ambos en la Facultad y ya se conocían de vista, se saludaron efusivamente y recordaron algunas anécdotas en común. Entre otras cosas, Condorito informó el nombre de la pensión, esta respondía al mote de Natamá (del cual, nadie tenía la más pálida idea, de lo que significaba tan rimbombante apelativo), acto seguido alentó a M sobre las características sociales de la nueva pensión, asegurándole que muy a menudo se hacían unas jodas terribles, donde se invitaban a chicas de medicina, kinesio y odonto, la música estaba asegurada, porque un tal Gradeneker - avanzado estudiante de medicina y profesor de tenis- tenía un tocadiscos fantástico, con un sonido único. Lentamente Juan Carlos, comenzó a envidiar a M.
Con la ayuda de Condorito, y mientras ya hacían planes para futuras festicholas, terminaron de bajar todos los petates. Ocupando un espacio de unos dos metros al costado de la pared, M amontonó sus pertenencias; el colchón quedó en principio sin desenrollarse y erecto, a fin de no entorpecer el tránsito por esa zona de la galería.
Al cabo de unos minutos ya se sumaron al trío, otros integrantes de la pensión. Varios resultaron ser de la misma carrera, y de estos, unos cuantos del mismo curso. Pronto hizo su aparición un pintoresco personaje, estudiante de (larga data) Veterinaria; cara de chinchudo, vos gruesa y se notaba muy canchero en temas de pensionado, respondía al mote de, Petiso Coronel. Se acercó, miró a M con cara de pocos amigos, y señalando el lugar donde estaban amontonadas las cosas, preguntó:
-Che, pendejo ¿vos vas a dormir acá?
-Si... -respondió este con un poco de intriga y temor.
-Mirá, en esta zona da el sol toda la tarde, y el piso y las paredes quedan muy calientes, así que antes de acostarte, pegá una baldeada al piso y mojá bien las paredes, así se refresca un poco, sino te vas a cagar de calor -aconsejó.
-Bueno, gracias.
Esa primera noche, y después de ingerir algunas cervecitas con dos o tres pensionistas, M se dispuso a pernoctar. Se sentía feliz de haber conseguido un lugar donde continuar con su existencia, por sobre todo, estaba maravillado con la nueva pensión y sus nuevos amigos pensionistas. Inmerso en estas reflexiones y bastante cansado del trajín y de las emociones del día, desenrolló su colchón y extrajo las sábanas de una bolsa, armó su camastro y se frotó el cuerpo (evitando las partes pudendas) con un repelente que le prestó el Petiso Coronel. Ya acostado y mirando lontananza a través del enramado de una parra, podía divisar el cielo estrellado. Así se durmió.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados
Del libro de relatos universitarios "Natamá. Tribulaciones de un estudiante"
El sonámbulo y La Muerte

Cuento infantil (del libro Cuentos de Terror para Franco vol.2)
Mi primo Sergio era sonámbulo, y cada vez que me acuerdo de sus ataques, a veces me da risa, y otras tristeza, la verdad es que ser sonámbulo, no es nada divertido.
Cuando empezó con los ataques de sonambulismo, a los diez u once años, no podía acordarse de lo que le ocurría, y siempre nos enterábamos por su mamá o sus hermanos, pero después de esa edad, ya podía relatar con todos los detalles cada vez que le daba un ataque, y para mí, eran los cuentos más fantásticos y terroríficos que podía escuchar.
La verdad es que yo presencié solamente uno de sus ataques, el que le dio una siesta de domingo. Ese día habíamos vuelto de una pesca en El Puerto y pienso que ese ataque le dio por todas las cosas que nos ocurrieron ¡más yeta no podíamos haber tenido! Salimos del Puerto a la mañana, en nuestro sulky, cansados y mal dormidos, los hermanos Barrero y yo, y a eso de las diez más o menos, veníamos al trotecito, de repente, el caballo pegó un corcoveo y unos relinchos y quedó desbocado, como loco. Todos nos pegamos un flor de julepe, Coco tiraba de las riendas para frenarlo, y Sergio y yo nos queríamos tirar del sulky y en eso, ¡al suelo todo el mundo! se cayó el caballo en la cuneta, tumbó el sulky y fuimos a parar a un charco los tres juntos. El pobre animal empezó a temblar, vomitaba y pataleaba, y todos estábamos muy asustados. Recién ahí nos dimos cuenta que se estaba muriendo el noble caballito, y enseguida se murió del todo nomás. Nos dio mucha pena, porque era muy bueno y guapo, fue una lástima que estuviera tan viejo.
Salimos del charco todos embarrados, desenganchamos el sulky y acomodamos un poco las cosas, entonces Coco, en su condición de hermano mayor y jefe de la expedición, nos dijo que teníamos que ir hasta la casa a buscar otro caballo,
-¡¡¡¿A pie hasta la casa?!!! –gritó Sergio.
-No hay otro remedio –le contestó Coco.
Nos queríamos morir, porque la casa quedaba a unos quince kilómetros, y si queríamos acortar camino, había que atravesar montes, esteros y pajonales. Ahí nomás emprendimos la caminata entrando en un monte, muertos de hambre y con sueño, cada tanto hablábamos un poco, después maldecíamos contra el caballo y contra Coco, y otras veces, caminábamos un largo trecho en absoluto silencio.
La cosa es que después de esa travesía de tres o cuatro horas, llegamos a la casa, y ahí el tío Luis, el papá de Sergio, mandó un peón a caballo a rescatar a Coco y al sulky.
Habíamos llegado arrastrando las patas, con todo el cansancio de los tres días de pesca, el julepe con el caballo muerto y encima esa terrible caminata; la tía Isabel nos sirvió un guiso de arroz y nos comimos tres platos, después nos acostamos a descansar. Sergio se acostó en su pieza y yo en un catre en el patio, debajo de un paraíso. Al rato me despertaron unos gritos y golpes. Escuché que Sergio gritaba que no lo maten y que le sacaran esas cosas que tenía en la cabeza… pero lo único que tenía en la cabeza ¡eran sus pelos! Yo me senté en el catre y medio dormido vi que salía corriendo y gritando, y detrás de él, su mamá y su hermana. Lo alcanzaron cerca del corral, y no paraba de llorar y dar manotazos. Ellas lo acariciaron y le dijeron que volviera a acostarse, hasta que después de un rato lo convencieron y lo llevaron de vuelta a la cama. Me acuerdo que mi tía siempre decía que a un sonámbulo no hay que despertarlo de golpe, porque puede quedar tonto para siempre o morirse del susto. Porque cuando a las personas les da el ataque de sonambulismo, es como si estuvieran viviendo otra vida.
La cosa es que Sergio durmió toda la tarde y la noche. Cuando se despertó no se acordaba absolutamente de nada.
Y así como esta situación, le ocurrieron otras cuantas más según contaban sus familiares, algunas eran muy graciosas, otras medio peligrosas. Hasta que un día Sergio me empezó a contar de sus ataques. Me dijo que no sabía si eran cosas que hizo siendo sonámbulo, o si eran pesadillas. Estaba muy afligido porque sus padres no le creían. Le decían que solo eran malos sueños, que no hiciera caso, y que no comiera tanto de noche, ni hablara de cosas raras, que con eso, iban a desaparecer esas pesadillas.
Él tenía miedo de lo que le pasaba, porque estaba seguro que no eran sueños ni pesadillas, sino que se levantaba y sonámbulo recorría el corral o la chacra, o lo que es peor, a veces iba hasta el cementerio que estaba a unos quinientos metros. Lo primero que me contó fue de algunas noches en las que anduvo por el corral y el gallinero. Los animales estaban tan acostumbrados a verlo, que no se asustaban con su presencia, ni las vacas, ni los terneros, ni las gallinas, ni los gansos, y eso que estos son los animales más bochincheros que hay. Otras noches dijo que no solamente se paseaba por la chacra de algodón, sino que llegaba hasta el cañaveral.
Después yo me di cuenta que se puso más serio y nervioso, y ahí me empezó a contar lo que más lo atormentaba. Me contó que una noche de luna, con mucha cerrazón, salió de su casa y caminó hasta el cementerio. Entró y recorrió los caminitos entre tumbas y panteones. Recordó que había mucha gente caminando por esos senderitos, algunos estaban sentados sobre las tumbas y otros parados. Nadie hablaba. Él tampoco.
En ese instante le dije que estaba muy loco, o muy borracho para haber soñado eso, pero el ni siquiera se sonrió, y muy serio me dijo que eso no era nada, y me empezó a contar otra cosa más terrorífica todavía, una cosa que me puso la piel de gallina. Juro que hasta ahora me da escalofríos cuando recuerdo ese relato.
Me contó que a la madrugada siguiente se levantó y volvió al cementerio. Entró y empezó a caminar. Había mucha neblina y estaba fresquito. De repente se le apareció una figura nueva, era alta, con una capa negra muy ancha y larga, como la que usan los monjes, con una capucha que no le dejaba ver la cara, ni siquiera la nariz. Lo único que podía ver era su mano, que no tenía carne, era solo hueso, y en ella llevaba una guadaña.
-Soy La Muerte –le dijo la figura negra.
Y Sergio me juró que no sintió miedo ni nada, simplemente se quedo parado mirándola, sin siquiera poder hablar. Quería preguntarle cosas pero no le salía la voz, y La Muerte parecía adivinarle los pensamientos.
Sergio pensó que lo iba a matar.
-No te preocupes, no te haré nada –le contestó el espectro.
Sergio pensó que estaba soñando o que estaba muerto.
-Estas en el límite de la vida y la muerte, y desde ese sitio puedes ver muchas cosas.
Sergio pensó que había llegado la hora de su muerte.
-Todavía no es tu hora, pero si quieres saber a la edad en que morirás, solo piénsalo y te responderé.
Sergio se dio cuenta que todos sus pensamientos eran contestados por La Muerte, y entonces no quiso saber nada más, empezó a asustarlo la idea de saber todo sobre su futuro.
Pero Sergio no pudo frenar un pensamiento, y pensó en quienes serían todas esas personas que se paseaban por el cementerio.
Y La Muerte respondió,
-Esas son las almas de muertos, que todavía están en la tierra, y que ni siquiera saben donde irán a parar. Y ahora quiero mostrarte algo.
Y Sergio siguió a La Muerte hasta una tumba que estaba cerca del tejido. El espectro abrió la tumba y con su guadaña, de un solo golpe, levantó la tapa del cajón. Ahí se vio el cuerpo de un hombre que le pareció conocido…¡era don Gilberto Casco! un hombre que había muerto hacía tres días, un tipo antipático, malo como la peste, que tenía mucha plata y que si te prestaba, seguro que terminabas en la calle, porque siempre había que entregarle las chacras y animales para pagar los intereses. El tío Luis siempre decía que ese tipo era un prestamista estafador.
Y La Muerte volvió a hablar,
- Este tipo era un sinvergüenza, que hizo sufrir a mucha gente solo para tener cada vez más plata, pero lo que no sabía, es que esa plata no le serviría de nada, ni siquiera para salvarlo de esto, y con un rápido movimiento, La Muerte le encajó un guadañazo y lo descabezó. La cabeza voló por el aire y cayó a un costado. Luego tapó el cajón y la tumba y agarró la cabeza de los pelos. Después caminaron.
Fueron hacia el fondo del cementerio y casi en la esquina, La Muerte le mostró un lugar en la tierra, era una especie de círculo donde se notaba que la tierra estaba floja, como removida. La Muerte empezó a escarbar con su guadaña, hasta que hizo un pozo de medio metro de hondo, y ahí empezaron a aparecer...¡otras cabezas sueltas!
La Muerte habló de nuevo,
-En este lugar, entierro las cabezas de las personas que irán al Infierno. Desde aquí ya están en manos del Diablo, y poco a poco, esas cabezas van hundiéndose en la tierra, hasta llegar a un río profundo y entrar en los círculos del Infierno.
Sergio pensó, si el Diablo y La Muerte no serían la misma cosa.
-No –respondió La Muerte-. Solemos andar juntos, pero no somos la misma cosa.
Luego La Muerte, agarró la cabeza y la tiró en el pozo y empezó a taparla hasta emparejar la tierra nuevamente.
Cuando terminó de alisar el piso, volvieron a caminar entre las tumbas y a conversar, o mejor dicho, Sergio pensaba y La Muerte contestaba. Cuando ya estaban cerca de la salida, Sergio vio una figura diferente a todas las demás, parecía una persona real, de carne y hueso. Cuando se acercó un poco más lo reconoció ¡era Quelito Paredes! un muchacho del lugar de unos veintipico de años, y con una terrible deficiencia mental, pero que era capaz de reconocer a las personas y hasta podía llamarlas por su nombre. Sergio vio que Quelito movía la boca, reía y gesticulaba, pero él no podía escuchar nada y tampoco podía hablar, entonces habló La Muerte,
-En este estado no podrás escuchar ni hablar a ningún ser vivo. El tampoco puede verme ni escucharme.
Y el pobre Quelito seguía gesticulando y le hablaba, y lo tomaba del brazo a Sergio, como queriendo llevárselo.
-Ya puedes irte –dijo La Muerte y se quedó parada en el medio de un caminito, envuelta en la neblina, donde la luna le daba de lleno y parecía agrandar su fantástica figura, haciendo brillar el filoso hierro de su guadaña.
Sergio no quería pensar en eso, lo invadía la desesperación y se esforzaba por pensar en cualquier otra cosa, hasta que finalmente no pudo más y pensó. Pensó...en cuanto faltaría para su muerte.
-Morirás a los veintiún años –dijo La Muerte y se alejó caminando entre las tumbas.
Y sin darse cuenta, Sergio empezó a llorar, y a caminar con Quelito que lo agarraba de un brazo, gesticulaba y reía.
Desde ese momento, Sergio me aseguró que no se acordaba de nada más, no sabía como llegó a su casa, ni que hizo Quelito, ni nada, y que este mismo relato le había contado a sus padres, pero estos le dijeron que fue simplemente un mal sueño y que pronto olvidaría todo. Entonces Sergio, más preocupado por él mismo que por hacer creer el relato a su familia, un día buscó a Quelito, lo trajo hasta su casa y delante de sus padres le preguntó,
-Quelito, contales que me encontraste la otra noche en el cementerio...
Y Quelito, que reía con la risa de los tontos, gesticulaba y se apretaba con todas sus fuerzas las dos manos juntas bajo el mentón, respondió,
-Iiii… Keko etaba nel cementerio….
Y los padres de Sergio y sus hermanos lo miraban a Quelito, y luego a él, y casi a coro le respondieron,
-Como le vas a creer, él va a decir cualquier cosa, hasta te puede decir que te vio volando. No pienses más en eso.
Y Sergio que no terminaba de convencerse, lo llevó a Quelito afuera, y allí cerca del galpón, le prometió que le daría plata para el vino si decía la verdad,
-¿Me viste o no me viste en el cementerio? decime la verdad, si no me viste igual te voy a dar la plata.
-Iiii… vo etaba nel cementerio…
Y a Sergio lo invadió la angustia y el miedo, y lloró de nuevo.
Su vida empezó a cambiar, y tenía miedo a la muerte. Toda esas cosas le hacían dudar de si fueron ataques de sonámbulo o pesadillas, ya no sabía a quien creer. Por suerte en los ataques que tuvo después, ya no andaba por el cementerio ni se encontraba con La Muerte, pero la duda que siempre rondaba su cabeza, era saber si esas cosas las soñaba o las vivía como sonámbulo.
Ahora, que han pasado más de treinta años de aquellos relatos de mi primo, yo pude saber con mucha tristeza que decía la verdad, cuando contaba los ataques y sus conversaciones con La Muerte.
Pero Sergio ahora ya no está y yo lo sigo extrañando, murió en la madrugada de un veintiuno de Abril, cuando apenas tenía veintiún años.
Autor: Hugo Mitoire - Reservado todos los derechos
La araña y el amor fatal

La pasión arácnida, podría remitir a una pasión como la de Romeo y Julieta, pero no es así; el amor de arañas es infinitamente más cruel y trágico que la historia de los amantes de Verona. Debemos apurarnos a decirlo, las arañas, las hembras arácnidas, son las tipas más desgraciadas y desagradecidas que existen, de eso no queda ninguna duda.
Nacen como nacen todas las arañas, y como también nace el araño, de huevos depositados en lugares abandonados o de poco tránsito. Al principio son indistinguibles, pero pasado cierto tiempo, ya es posible diferenciarlas sin ningún error, las arañas son más grandes que los araños, casi los duplican en tamaño. Lo que más sobresale o se les abulta, es la enorme cola negra enmarcada en una estrecha cintura. Al pobre machito, al arañito, ya lo asusta ver a su congénere del sexo opuesto, tan grandota y amenazante, ver esas terribles patas peludas y ese brutal trasero,
- Pero bueno, habrá que poner el pecho a las balas –dice el araño, mientras se refriega sus patitas, imaginando una intensa pasión amorosa, que se desatará luego de que le recite algunos poemas y la seduzca.
La araña, lenta y silenciosa se pasea entre las maderas viejas de esa casa abandonada. Todas son iguales, frías, indiferentes, casi inabordables, como si hubieran tenido un trauma en su niñez y odiaran a los machos. El arañito zapatea alrededor de su cortejada; con sus finas patitas y su cuerpo diminuto, da una imagen deplorable y enclenque, que solo provoca asco y desdén en la petulante araña. Pero al tipo nada le importa, ha estado esperando largos meses este momento, se ha preparado haciendo ejercicios todos los días, para dejar bien alto el honor sexual de los arañitos; ha leído infinidad de poemas que le recitará al oído, cuando los envuelva la pasión. Sabe de lo difícil y peligroso que es esa primera vez, conoce las leyendas que hablan de la insensibilidad y frialdad de las hembras, pero nada de eso lo asusta; se siente seguro y convencido que el será el primer araño en conquistar el amor de las histéricas arañas.
Y allí va nuestro enardecido galancito, corcoveando y salpicando algunas arenitas; así se le arrima a la majestuosa y exuberante araña, ella lo mira de reojo, casi con desprecio, pero tampoco tiene intenciones de rechazarlo, a ella también le ha llegado la primavera, y su despertar sexual es más fuerte que el odio hacia los araños.
El machito se para enfrente, como cortándole el paso, la mira a los ojos y le hace algunos mohines, la araña ni se mosquea, pero se da vuelta y le ofrece sus atributos.
- Se me dio, se me dio!!! –grita enloquecido de pasión, mientras empieza a susurrarle palabras de amor- ...te quiero como nunca quise a ninguna, sos la primera araña de mi vida, y te amaré por el resto de mi existencia.
- Apurate – dice la fría araña.
De un pequeño salto, el fogoso arácnido ya está en el lugar que siempre soñó estar. Grita de placer y le habla al oído palabras libidinosas, la acaricia con sus ocho raquíticas patitas, y así entre arrumaco y arrumaco, se pasan volando esos pocos segundos de placer. Pleno de gloria y satisfecho de cuerpo y alma, el arañito se tira de espaldas en la arena, y la invita,
- Vení negra, vení a mi lado...
La araña, insatisfecha, pero con el deber biológico cumplido, se da vuelta y mira al distendido machito, que plácido y sonriente le hace mohines. Se acerca lentamente, y pensando quizá en los traumas de su niñez, o en una inexorable orden atávica, o talvez arrogándose la representación de todas sus iguales, de todas las hembras de la creación, desde la mujer hasta la pulga, creyéndose la vengadora contra todo el machismo opresor y universal, sin decir una palabra, sin siquiera un gesto de emoción y con un preciso y veloz movimiento, le clava en la cabeza, su letal uña venenosa, descargando no solo su veneno, sino también su incomprensible odio. Un inútil pataleo del agónico arañito, parece ser la parte final de ese ritual amoroso que le cuesta la vida. Toda una existencia, consagrada a un solo y fatal encuentro amoroso. Mientras moribundo ya, mira a los ojos de su asesina, solo alcanza a balbucear sus últimas palabras,
- Desgraciada, son todas iguales....
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados (del Libro "Observación animal")
Matrimonios, locura y muerte I

Los chicos vienen conmigo (Córdoba, Febrero 2006)
Hace cuatro años que la convivencia ya resulta insoportable. Las amenazas, el mal trato y la violencia de su policial marido han llegado a un punto de convertir la casa en un infierno, un padecimiento permanente y opresivo. Con sus mejores palabras trata de hacerle entender que la separación es lo mejor que pueden hacer, él reacciona con violencia y luego de una buena paliza le advierte que si lo deja, la matará. La mujer aguanta un poco más y finalmente se va de la casa. Sus cuatro hijos influenciados y coaccionados por el padre, convencen a su madre de que vuelva al hogar y ella vuelve.
Así transcurre el tiempo de casi quince años de vida matrimonial, y el único cambio evidente, es la mayor violencia y maltrato del marido hacia su esposa. Las amenazas ya llegan a concretarse con armas de fuego y la mujer lo denuncia, la policía interpreta esto como una exageración histérica tan habitual en las mujeres y no la escuchan, no la toman en cuenta y ni siquiera le toman la denuncia. Finalmente ella se va con sus hijos, y estos ya tienen claro la bestia que poseen como padre, padre que ni siquiera les ha dado su apellido. Aún así, la bondad de madre acepta que sus hijos visiten al padre, casi insiste en que lo hagan. Y así en una de estas visitas, el hombre decide aplicarle máximo castigo que pueda concebirse hacia una madre y con total resolución, ejecuta la pena. Uno a uno fusila a sus hijos con su arma reglamentaria y luego se fusila a sí mismo. A la madre le han arrancado el alma y el corazón, pero la policía asegura...investigará el hecho.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados
Biografía

El autor soporta estoicamente la sumatoria del paso del tiempo, dos separaciones, tres hijos y periódicos ataques de insomnio y claustrofobia. Casi nada.
Vio la luz en Margarita Belén, Chaco, un Febrero carnestolendo. Su existencia como lactante se desarrolló en Cancha Larga. Vivió hasta que empezó a ser joven, en la polvorienta Aldea de La Leonesa. Tal vez fue esta su etapa más fructífera, ya que se desempeño en múltiples profesiones y oficios, y experimentó cosas que contribuyeron a estigmatizar su alma. Cuando apenas contaba cuatro años, tuvo un episodio de fiebre muy alta que le duró toda una noche, algunos familiares y vecinos vaticinaron que quedaría medio tonto. A los 6 años fue operado de peritonitis apendicular y casi murió. Siendo un párvulo aún de 7 años, intentó ejercer como lustrabotas, profesión que le fue impedida por su padre. A los ocho años (durante sus más felices vacaciones de verano) se desempeñó como ordeñador de vacas en el campo de su primo Sergio, en el paraje Cancha Larga, complementando esa función como asistente de aquel en el reparto del lácteo líquido, tarea que llevaban a cabo en sulky. Escuchaba a los Rolling Stones. En la panadería de su abuelo aprendió con éste, la magia de hacer el pan. Cumplió temporariamente funciones como, canillita, vendedor de tomates y pimientos, repartidor de soda y ayudante de su padre como agricultor en las plantaciones de tabaco. Fue auxiliar de éste también, en el pequeño trapiche -propiedad del progenitor- "La Morenita", donde se elaboraba rica miel de caña y en la que oficiaba de encorchador, sellador y etiquetador de las botellas. Ejerció el arte de cosechero de algodón, y circunstancialmente se desempeñó como carpidor. Fue conminado a concurrir a catequesis y a tomar la comunión, hechos a los que se resistió tenazmente, hasta que su abuelita materna lo amenazó con no hacerle más los ricos budines de pan, amenaza esta que logró disuadirlo. Con excelentes notas obtuvo el título de Dactilógrafo Profesional, en la célebre Academia de Dactilografía “Tejerina Hnas”. Entrando ya en la adolescencia, asumió tareas y funciones más complejas.
Fue tractorista, y supo manejar el arado mancera y la rastra de dientes. Tuvo buen desempeño en la doma de terneros. Era un experimentado arriero. Creía en la luz mala, los fantasmas y aparecidos.
Intentó incursionar en la música y el canto, y fue un fracaso. Para superar este trance se hizo dis-jockey. Aficionado al metegol y el ajedrez, no logró brillar en el deporte. Siguiendo los pasos de su tío Aldo y su primo Sergio, acompañó a estos en un curso nocturno de motores diesel y a explosión, donde adquirió los conocimientos necesarios para desentrañar los misterios de la carburación, la chispa y el cigüeñal. Sus pasatiempos preferidos por ese entonces, andar en su bicicleta de piñón fijo y pescar en el Río Guaycurú. Solía filosofar con otros espíritus vagabundos sentados en algún murito de alguna esquina. Le gustaba imaginar. Disfrutó de abuelos, padres, tíos, padrinos, primos, hermanos, y compañeros de la escuela. Tuvo amigos, y conoció el amor y la melancolía una noche de Carnaval. Tenía un amigo del alma, su primo Sergio.
Era feliz.
Con mucho pesar y tristeza debió abandonar esta existencia a los dieciocho años, para marchar a Corrientes donde estudió y se graduó a los veinticuatro, de Medico Cirujano. Padeció el Servicio Militar y otros amores. Se especializó en Cirugía General y en Medicina del Trabajo. Escribió algunos artículos sobre cirugía digestiva y videolaparoscópica. Colaboró en trabajos científicos en el área de genética y biología molecular. Fue Cirujano de Urgencia.
Ejerció la docencia universitaria durante dieciséis años, en las Cátedras de Bioquímica y Cirugía, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Nordeste, alcanzando el cargo de Profesor Adjunto.
Conoció la tragedia con la muerte de su primo.
A los 36 años, se radicó en Oberá, Misiones, donde vive actualmente y sigue escuchando a los Rolling Stones.
A la fecha y contando desde abandonó el vientre materno, ha padecido veintisiete mudanzas, lo que en la escala de la condición humana equivalen a nueve incendios.
Seguramente cuando complete otros dieciocho años en esta ciudad y en virtud de una inescrutable directiva, la abandonará con rumbo incierto.
Luego de veintidós años dedicados a la medicina y la cirugía, abandonó la profesión y la especialidad, como se abandona a una novia a quien no se desea más, deslumbrado y obsesionado tal vez, por dos amantes que conoció, una en la infancia y otra más tarde, la lectura y la escritura.
Al filo de la quinta década, y para escapar a la depresión por el vertiginoso avance los años, se comrpó una moto. El perdurable y obsesivo deseo, por ese ansiado objeto, lo tenía a mal traer desde los catorce años. Ahora, el conflicto se ha resuelto y el tipo se siente más joven.
Mientras tanto, ha vuelto a otro viejo amor, la docencia Universitaria, y ha escrito cinco libros. Es columnista de un semanario, ha hecho un poco de radio e insiste con que los Rolling Stones vuelvan por cuarta vez.
Y así la va llevando.
Matrimonios, locura y muerte III

"Todo gran amor lleva consigo el cruel pensamiento de dar muerte al objeto del amor, para que así quede ese objeto sustraído, de una vez por todas, al abominable juego del cambio: pues al amor, la mudanza lo horroriza más aún que la aniquilación" F. Nietzsche
Un postre inesperado (Buenos Aires, Noviembre de 2005)
Esta joven pareja ya lleva un buen tiempo de relación y el novio es el más ansioso por casarse; en ella no existe una pizca de ansiedad para concurrir al altar, peor aún, se ha dado cuenta que no lo ama, que ni siquiera lo quiere, y hasta cree percibir que lo detesta. Aún así –con su torpe ceguera- el insiste con la obsesión casamentera y ella no sabe como escabullirse, a menudo suele responder con divagues, con tangentes o haciéndose la distraída. El hombre recurre a cualquier cosa para convencerla, le implora y se denigra, y esta situación le produce lo que a todas las mujeres, una mezcla de asco y lástima. El insiste que teniendo ambos la misma profesión e ideales justicieros, la felicidad está asegurada. Ella acaba de graduarse de oficial de policía y el se encuentra cursando la misma carrera. Poco a poco ella va tomando distancia de la ilusiones de él, y en este, la angustia y la desesperación van tomando cuerpo. Decidido a jugarse su destino de felicidad, piensa en cientos de razones y fundamentos que está seguro la convencerán. La invita a almorzar en un Mac Donald, un lugar que sabe a ella siempre le gustó. Comen y dialogan, y poco a poco el va introduciendo su férrea y fundamentada posición sobre el imperioso casamiento. Poco a poco también, ella va haciéndose fuerte en su posición, absolutamente contraria a las aspiraciones maritales. A la hora de los postres la situación y las posiciones están completamente definidas, y no solo eso, ella afirma que no habrá casamiento y que la relación terminará en ese mismo almuerzo. Con toda la pesadumbre y la angustia de un abandono, contrastando con ese ambiente bullicioso, con niños que brincan y gritan en un pelotero cercano, el hombre no gesticula ni se lo ve nervioso, tampoco levanta la voz, solo levanta su mano derecha empuñando una nueve milímetros y de un balazo manda a su novia al cielo y con otro más, el la acompaña.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados
Matrimonios, locura y muerte II

Dos muertes en una (Bs.As. Febrero 2006)
La mujer es muy joven y hermosa y luego de algún tiempo de noviazgo se casa con el joven y próspero pizzero. El hombre posee inquietantes deseos sexuales, originales deseos que se traducen en la mecánica misma de la actividad, en los insólitos elementos complementarios que utiliza y en la perversidad con que disfruta de esos lujuriosos momentos. Al principio ella ha tomado esto como curiosidades de una nueva relación, y por un tiempo le sigue el juego, hasta que todas esas situaciones limítrofes pasan al campo de la esclavitud, la humillación y el maltrato, un liso y llano sadismo. Apenas llevan tres meses de matrimonio y ella ya no soporta más la situación, para mitigar esa adversidad se ha conseguido un amante, al que le pide colaboración para liquidar al molesto marido. El amante se asusta y rehuye, y entonces decide hacerlo sola. Se acerca el día de los enamorados y ella propone festejarlo sin convencionalismos, y juntos, parten en el auto hacia un muy arbolado y romántico parque donde comienzan el jugueteo y el entrecruce de palabras libidinosas. A continuación y previa utilización de algunos elementos coadyuvantes, se entregan al desenfreno mecánico y natural de una hembra y un macho. Las exigencias de este son irónicamente extremas, quiere más y quiere todo. Así horquetados y enredados y en el instante en que el hombre alcanzaba la cúspide de le petit morte, también le sobreviene una muerte verdadera y grandota; su esposa se hizo de la pistola escondida entre los asientos, y en el abrazo amoroso le ha apoyado el caño debajo del omóplato, desde donde le traza dos senderos mortales. El último y exigente goce del marido ha sido total y profundo, ha logrado reunir dos muertes en el mismo instante. Una pasión así, no podía acabar de otra manera.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados
Sectas y Religiones I
El Banquero de Dios (Italia, Febrero 2006) El Banquero de Dios ha muerto. Ha fallecido a los ochenta y pico Paul Marcinkus, el hombre fuerte de las finanzas del Vaticano. Este hombre que sobrevivió a Paulo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, fue el que manejó todas la finanzas del clerical país. Ha sido hombre de confianza de Paulo VI y de Juan Pablo II, y cabe la pregunta, y no fue también el hombre de confianza de Juan Pablo I? NO. Este papa que solo reinó por treinta y tres días estaba dispuesto a apartarlo de toda relación financiera con la Santa Sede, y que pasó?: se murió. Se murió después de tomar un inocente tecito y no hubo autopsia. Cualquiera puede ilustrase en esto con solo mirar El Padrino III. El autor de este libro acusó a Marcinkus de haber asesinado a Juan Pablo I, pero nada se investigó y todo quedó sepultado sin el menor cuestionamiento. En los ochenta cuando quebró el Banco Ambrosiano, cuyo mayor accionista era la Santa Sede, la justicia dictó una orden de detención contra Marcinkus, orden que fue frenada por Juan Pablo II; el banquero también tenía fuertes relaciones con la camorra italiana, con la logia P2, la mafia y el narcotráfico, pero todas estas cuestiones chocaron siempre contra el paraguas protector de la curia.
Ahora que Paul Marcinkus ha muerto nos preguntamos, que dictaminará la justicia divina?, lo ascenderá a los cielos?, o lo mandará derecho a las profundidades infernales del noveno círculo?
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados.
Sectas y Religiones III

Un obispo soñador (Añatuya, Febrero 2006)
El prelado vuelve a su provincia luego de un congreso en la capital. Viaja en colectivo y en el asiento de al lado, tiene como compañera a una joven y atractiva mujer. En ese largo trayecto y luego de la cena a bordo, se dispone a dormir. La muchacha también hace lo mismo. Ya en los brazos de Morfeo (ojo!, hablo del sueño), la mujer percibe –sin discernir si como percepción onírica o proveniente del mundo real- sensaciones de caricias y roces entre sus piernas. Al cabo de algunos segundos (o minutos) de esas extrañas sensaciones, vuelve al estado de vigilia y comprueba la real realidad, la mano del prelado está entre sus piernas. Luego de la denuncia y del escándalo, el cura se ve obligado a dar explicaciones, no solo a la justicia sino también a la sociedad,
- Yo simplemente... soñaba que acariciaba a mi gato.
Amen.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservadosSectas y Religiones II

Aleluya (España, Valencia, Febrero, 2006)
El sacerdote ha consagrado su vida al estudio de la religión, ha investigado en profundidad y se ha doctorado en teología. Es un pensador insigne de la Ciudad de Valencia y orgullo de su diócesis.
Ahora escribe regularmente como columnista en la revista Aleluya. En sus profundas meditaciones ha llegado a la conclusión que usar la violencia contra las mujeres es un buen método para educarlas y mantenerlas a raya, “el hombre de por sí es bueno –reflexiona- pero a veces cuando su mujer le habla y le habla, con su afilada y venenosa lengua, no le queda otra que sofocarla con unas buenas trompadas o unos garrotazos”. Ante la ola de críticas y protestas desde los más diversos sectores, agrega sin carraspear, “no solo está bien golpearlas, sino que nadie debiera alarmarse si mueren de la paleadura, ya que las mujeres son las más asesinas, a través del aborto” .
Aleluya padre.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados.
Londres. Todo bien (A la semana del atentado)

Luego del último atentado en los subtes, las fuerzas de seguridad londinenses recelan de cualquier cosa, cualquier mirada torva, cualquier gesto sorpresivo, como aliarse el pelo o agacharse para atarse los cordones, es altamente sospechoso y el alerta llega al máximo.
En ese tenso panorama aparece este morocho despeinado y de andar despreocupado, que tiene la mala idea de emprender un ligero trote por esa monitoreada vereda. En el acto es rodeado por agentes de Scotland Yard, al mando del valeroso Capitan O´Hara y ocho miembros de su pelotón. Le gritan órdenes en ingles, que el alegre y pintoresco brasileño responde en portugués, con risa nerviosa y alzando sus brazos,
- Tudo beim?
Sin dejar de apuntarle, vuelven a gritarle encolerizados acercándose a menos de dos metros.
- Tudo legal, eu sou um garoto legal... -Dice el carioca, llevando su mano derecha al bolsillo de la camisa para extraer sus documentos.
Ante el criminal e indudable gesto terrorista, el capitán O´Hara grita la clave del procedimiento y los nueve al unísono realizan un disparo de advertencia.
El carioca pega un salto grotesco y cae fulminado con ocho plomos en la cabeza y uno en el pecho.
- All right! – Vocifera el capitán O´Hara y todos enfundan sus armas.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados.
Caribe, un paraíso para pocos

Patrañas. De eso se trata esa burda propaganda de diversos organismos sobre nuestras instalaciones, atención y servicios.
Siempre se han tirado en nuestra contra, todos los años con sus patéticos informes de duras críticas, consejos, sugerencias y hasta condenas e intentos de clausura.
Al final siempre la misma cantinela, son todos iguales, la OMS, la ONU, la Cruz Roja Internacional, el Consejo de Seguridad, la Corte de La Haya, pero...quien los conoce?
Hasta han llamado a nuestra institución “la cárcel”. Pamplinas. Aquí en nuestro Parador Caribeño, en este paraíso tropical la atención es de primera, la alimentación y hotelería un verdadero lujo y la seguridad ni le cuento.
El hecho que nuestros pasajeros no vean la luz y el sol, es al solo efecto de evitar lesiones de piel; que a veces se les apliquen diferentes métodos (que algunos llaman de tortura), es al solo fin de perfeccionar nuestros ya avanzados sistemas de inducción a la conversación; que nadie pueda visitarlos?, es cierto, pero para que?, si aquí estamos nosotros para cualquier cosa que necesiten; que no se les permite asesoramiento legal?, por supuesto, bien sabemos todos que los abogados siempre tratan de enredar la cosas para cobrar más.
Guantánamo, un lugar diferente. Base Guantánamo, te espera con los brazos abiertos.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados
Los niños primeros (Irak. En las afueras de Bagdag - Noviembre de 2005)

El Sargento O´Reilly grita furibundas órdenes a los hombres de su pelotón y la cosa no es para menos, se encuentran tratando de controlar una manifestación de los molestos habitantes iraquíes en su propia tierra. Estos salvajes y analfabetos quieren gobernarse, quieren administrar su petróleo, y piden –muy sueltos de cuerpo- que las tropas invasoras abandonen su nación. El pelotón empieza a cazar a los más revoltosos, saltarines y bullangueros, y cumpliendo las órdenes emitidas por su sargento, arrastran de pelos y orejas a los más jóvenes. Atraviesan un portón, y tras un muro, lejos de las miradas curiosas, la emprenden a golpes de garrote, culatazos, trompadas y patadas, a estos aprendices de terroristas, niños de entre diez y doce años. Los bravos soldados se burlan y gritan en ingles, los aterrorizados niños lloran e imploran en iraquí. Es que la educación debe comenzar en la infancia y así lo entienden las tropas británicas. La garroteada es fisgoneada por una cámara indiscreta que revela al mundo el abuso y la crueldad. El comandante sin perder la compostura afirma que debe tratarse de un error, o que en todo caso, el hecho será investigado y que el mundo se quede tranquilo.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados.
Una observación

A veces, no siempre, uno puede estar haciendo cualquier cosa, puede ser algo importante o no, o puede incluso que uno se encuentre sin la más mínima ocupación, totalmente exento de ella, y ese instante, que solo dura algunos segundos, ocurre. No hay pródromos que puedan anunciarlo, ni siquiera algo que pueda hacer sospechar cuando se acerca. Simplemente ocurre.
Es la nada. La nada absoluta. El vacío cerebral. Una parálisis mental y espiritual. Un (si pudiera llamarse así), parate existencial. En ese instante, uno (sin saberse si como causa, o a consecuencia), maquinalmente se frota suavemente los codos, o menea apenas, el lóbulo de la oreja, y fija la mirada en cualquier objeto, persona o bestia, sin que ninguno de estos elementos, tenga alguna importancia en el episodio en sí. No es una mirada fija de concentración, al contrario, es totalmente difusa. Hay una desacomodación óptica, en que las imágenes que se captan son, las que pueden observarse a través de un vidrio mojado y esmerilado. Es un instante de no-existencia, no vital. Nadie puede recordarlo, porque nada ocurre en ese instante.
En momentos así, no es raro que algún familiar o conocido, le hable a uno o le pregunte algo, nos pregunte inclusive si nos pasa algo, causándonos esto una inusual molestia, como si nos molestara la interrupción en ese plácido navegar por el mar etéreo de la nada. Vuelto a la existencia y estando en la misma postura, esto es, mirando cualquier cosa y rascándose los codos o la oreja, uno se hace consciente de que algo ha pasado en esos segundos previos, en algo ha estado pensando o algo habrá estado haciendo, pero no puede descifrarlo, no puede ni siquiera orientarse; y ahora con toda la racionalidad activa y la mirada concentrada en algo, pone todo su ánimo y aliento en recordar que fue lo que pasó, pero todos sus pensamientos chocan y se anulan, se disipan, o se detienen en el preciso momento en que llegó a esa posición que ahora ocupa, y el hueco mental persiste, ese vacío en nuestra existencia se hace evidente y uno frunce el ceño en un desesperado intento de saber que pasó en esos inexplicables segundos. Y así está uno por varios segundos más, poniendo todo su empeño en conocer esa partecita de nuestra vida, pero todo es inútil y la resignación se apodera de nuestro espíritu.
Es posible que muchas veces nos preguntemos, sino estaremos sufriendo la misma aflicción de una computadora cuando se tilda y hay que volver a reiniciarla para que funcione. Incluso, y ya con cierta paranoia, llegamos a pensar sino le habremos contagiado eso a nuestra noble maquinita, o lo que es peor, no nos habrá contagiado ella?.De nada vale pues, esforzarse en recordar esos instantes, y si uno pensó o no en algo. Antes bien, es preferible seguir en la misma postura y rascarse por algunos segundos más los codos o la oreja. Volver a nuestra vida habitual, es la mejor manera de olvidar todo el asunto.
Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos Reservados
Un pequeño error (A media mañana en la Zona sur de Bagdag - Julio 2004)

Un avión F-16, vuela a gran altura sobre un barrio periférico de Bagdag, los pilotos charlan mientras alistan todos los comandos electrónicos, para disparar un misil sobre ese edificio-nido de terroristas. Observan el mapa luminoso, constatan las coordenadas y unos de ellos dice señalando un punto en la pantalla cuadriculada de su computadora,
- Este es el objetivo Mike.
- No, me parece que es este. –Dice Mike, señalando un punto a dos milímetros del anterior.
- Déjame a mi Mike -Dice John y se pone a teclear la clave de disparo, presionando acto seguido el botón rojo. En veloz trayectoria parte el cohete justiciero hacia el objetivo, trayecto que es monitoreado desde el avión y desde la propia ojiva del proyectil. A los cinco segundos el misil llega al objetivo y el edificio se hace añicos, los pilotos se chocan las manos en gesto de triunfo, y Mike dice,
- Buen lanzamiento John.
Al llegar a la base, son felicitados por todos sus compañeros. Ya en el almuerzo y mientras miran la CNN, observan imágenes de una escuela completamente destruida por un cohete, con cientos de niños muertos y despedazados. La cámara muestra, decenas de cuerpitos, bracitos y piernitas desperdigados sobre las ruinas del edificio, entre hojas, lápices, libros y cuadernos. Mike abre una lata de Budweiser, bebe algunos sorbos, y luego de lanzar un eructo, dice,
- Te lo dije John, esa era una escuela.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados.

