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Hugo Mitoire

Cuentos de Terror para Franco - Vol.VII

Cuentos de Terror para Franco - Vol.VII

Los hermanitos Ávalos (fragmento)

 

Los hermanitos Ávalos eran nueve; o mejor dicho, fueron nueve alguna vez.

Como habitualmente ocurre en la gente humilde de campo, suelen tener a todos los hijos seguidos, uno detrás de otro. Y así eran estos hermanitos, casi en escalerita. Cuando les ocurrió esta primera desgracia que voy a contarles, el mayor tenía once, y le seguían el de diez, nueve, y ocho; después venían otros tres seguidos, de seis, cinco y cuatro, y lo completaban una nena de dos y un bebé recién nacido, de apenas una semana de vida.

Vivían en Cancha Larga, a media legua de la panadería del tío Aldo, un lugar muy inhóspito y casi inaccesible, donde sólo se podía llegar a pie o a caballo, atravesando montes, picadas y esteros. Desde la panadería, uno podía llegar hasta el ranchito de mala muerte donde vivían, internándose por una picada muy angosta entre montes y pajonales.

El ranchito estaba ubicado a orillas del monte y a unos veinte metros comenzaba un gran estero. El lugar era una pequeña loma pelada de tierra blanca, rodeada de espartillos, cardos y pichanas. Algunas palmeras y un gran algarrobo en el patio. Las paredes de la vivienda eran de enchorizado de barro y el techo de paja; en el marco de la puerta, una cortina de bolsa de arpillera. Tenía un solo habitáculo de unos cinco metros por seis, y allí vivían y dormían todos, los once integrantes de la familia. No había chiquero de chanchos ni gallinero, porque a los chanchos y a las gallinas hacía mucho que ya se los habían comido. No tenían vacas, ovejas ni chivos, y el único caballo que supieron tener se había muerto de viejo hacía más de tres meses.

El sitio era tan agreste y la tierra tan blanca y reseca que no servía para ningún cultivo, y por lo tanto, allí no podía crecer ni brotar ningún tipo de planta comestible. Los únicos vegetales que abundan en sitios así son los pajonales resecos, los cardales y tunas, y por supuesto, algarrobos, aromitos y palmeras.

Yo recuerdo haber visto ese lugar y el ranchito una vez que pasamos cerca de ahí con el tío, cuando íbamos a cazar a la Cañada Címbaro: era realmente estremecedor el cuadro, ese paisaje era pura desolación, tristeza y miseria.

Y si ver esto ya causaba una gran tristeza, ni les cuento lo que era ver a los integrantes de la familia: eran espectros humanos, personas que solo tenían piel y huesos, con los ojos hundidos en sus cuencas, las miradas resignadas y perdidas, un andar penoso arrastrando los pies y las ropas andrajosas que flameaban en sus cuerpos raquíticos. Toda esta impresión se acentuaba más aún, porque todos eran muy bajitos: el padre no llegaba al metro y medio de altura, y era el más alto de la familia.

Recuerdo que cada tanto el hombre venía con su hijo más grande a hacer algunas changas en la panadería y el tío le daba unos pesos y además le regalaba media bolsa con galletas y un poco de grasa para freír. Pero en general el hombre no tenía ni conseguía trabajo, apenas si cada tanto le daban algunas changas como la del tío; pero con eso, claro está, es imposible dar de comer todos los días a once personas.

Y toda esta situación –ya podemos suponer con toda lógica– desemboca en la falta de alimentación, que rápidamente lleva a la desnutrición, luego al debilitamiento y las enfermedades… y la muerte, claro.

En esa época al país lo gobernaban los militares, y por supuesto, cualquiera puede imaginarse lo que eso significa: no había ningún tipo de ayuda social ni de asistencia alimentaria, ni nada. No había posibilidad siquiera de reclamar en algún lado. La gente como los Ávalos, de una pobreza extrema y sumida en la absoluta miseria e ignorancia, estaba condenada.

Estos padres, con su ignorancia a cuestas, tampoco atinaban –ni aceptan consejos o sugerencias de otros– a llevarlos al hospital o a que los viera algún médico. Sólo admitían que sus hijos estaban “un poco flacos” pero que ya iban a mejorar.

Cómo habrán estado de desnutridos, debilitados y enfermos estos pobres niños, que en una semana se murieron tres hermanitos: el de seis, el de cinco y el de cuatro. Los más grandecitos se salvaron quizá por eso mismo, porque eran más grandecitos. El bebé, mal que mal tomaba la teta, y a la nena de dos años, tal vez la protegió Dios.

Esos niños tenían una salud muy frágil porque estaban tan desnutridos y debilitados que la menor afección o enfermedad podría desequilibrarlos mortalmente.

Esta historia a mí me impactó como pocas, por varios motivos: en primer lugar por toda la tristísima situación que rodeaba a esta humilde familia; en segundo lugar porque los conocía casi a todos, de verlos en la panadería; y por último, porque quiso el destino que yo estuviera pasando unos días en la panadería en esa semana trágica de las muertes. Tengo grabado a fuego en mi memoria una respuesta que dio el hermano mayor cuando un día vino a la panadería para llevar algunas galletas y mi tía le preguntó por uno de sus hermanitos que estaba muy mal (los otros dos ya habían muerto), y él respondió con lenta y resignada naturalidad y la mirada perdida: “ya patinó, ya”. Acababa de morir el tercer hermanito.

Como si esto ya no fuera suficientemente cruel y macabro, de otras circunstancias más habría de enterarme luego. Pocos días después de las tres muertes, la madre comenzó a referirle a mis tíos estas increíbles y espeluznantes circunstancias relacionadas con las muertes.

Contó que todo comenzó un domingo a la siesta, un día de calor infernal; ella estaba recostada en el tronco del algarrobo dándole el pecho a su bebé. Su esposo y algunos de sus hijos andaban por la cañada mariscando, los otros merodeaban en los alrededores, de repente, una figura espectral asomó por uno de los costados del ranchito. La mujer la describió muy alta, de unos dos metros, con una capa negra y portando una guadaña. Solo dejaba ver su rostro de hueso con las cuencas de los ojos vacías. Contó que en ese momento se le heló la sangre de la conmoción y el espanto, que no atinó a hacer nada, ni siquiera a levantarse o gritar; que la figura se le acercó y se paró frente a ella, y con voz grave y extraña le dijo que venía a llevarse a tres de sus hijos. La mujer, que desde el suelo la miraba con los ojos desorbitados por el horror, rompió en llanto, suplicando e implorando por sus hijos. La figura caminó hacia el monte y desapareció…”

Fragmento del cuento Los hermanitos Ávalos

CUENTOS DE TERROR PARA FRANCO - Vol.VII

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