El mito del gato y el gorrión

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Un viejo mito pagano afirma que, ningún gato podrá atrapar al gorrión, cuando aquel es observado por el hombre.  Nada más cuesta para comprobarlo, que tomar el mantel con las miguitas -miguitas que han quedado del almuerzo- y sacudirlo en el patio. Estas se desperdigan de manera bastante uniforme, dando al piso un paisaje de blancos salpicones.

Todo lo que uno debe hacer después, es buscar una silla, sentarse en la galería y esperar. Al cabo de algunos segundos, o más raramente minutos, harán un silencioso aterrizaje los gorrioncillos. Es habitual que sean dos, ya que sin saberse si por amor animal o por simple casualidad, son dos los que siempre aterrizan. Con sus patitas ya sobre la superficie terrestre, pueden verse sus breves y rapidísimos movimientos, en especial de sus cabecitas, mirando aquí y allá, y en medio de estos movimientos un picotazo veloz y certero, se hace de la primera miguita. Cortos pasitos saltarines los llevan de una miguita a otra, y cada tanto, algunos aleteos que más bien parecieran una especie de estremecimientos, alternan con los demás movimientos. Así, en este inesperado y delicioso banquete están estos inocentes pajarillos, confiados y contentos. Confiados porque han visto al hombre que los observa, y al parecer ellos también están de acuerdo con el mito; y contentos porque ya han logrado el sustento diario.

El gato no tarda en aparecer. Y en contraposición con las creencias de los gorrioncillos, este gato, no cree ni al parecer le interesa un corno, aquel asunto del mito. Esto se evidencia simplemente por su actitud. Sin importarle la presencia del hombre y mucho menos que lo este mirando, el gato con su andar armónico y sigiloso (gateando), viene estirando el cuerpo, con su panza y la cola casi al ras del suelo, erizados los pelos del lomo, su mirada amarilla está clavada en la parejita voladora. 

Un breve instante de inquietud se apodera de los pajarillos, ya que sus cabeceos se han intensificados, y ya no dan picotazos a las miguitas. Esta aparente señal de alarma, al parecer no tiene la suficiente fuerza para impulsarlos a dejar el lugar, o en su defecto, es demasiado tardía. Un silencioso y fatal remolino de polvareda, plumas y miguitas, alteran la tranquilidad del patio.

Un gorrioncillo levanta raudo vuelo, al otro, se lo ha comido el gato.

 (Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados - Del libro: OBSERVACIÓN ANIMAL)

28/09/2007 10:22 Autor: hugomitoire. #. Tema: Observaciones.

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