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Hugo Mitoire

Una gallina honesta

Una gallina honesta

La existencia de una gallina, tiene que atravesar tal vez una de las vallas más difíciles que pueda enfrentar un ser desde su nacimiento, esto es, el vituperio, el escarnio y la murmuración, y puede casi afirmarse que (salvo ínfimas excepciones), ninguna sale indemne. Existe, debemos admitirlo, un concepto ancestral de la dudosa moral y buenas costumbres de esta apacible ave de corral.

Así es, la gallina desde que nace ya carga con esa condena, sin que esa mancha respete siquiera sus estadios previos de, polluela, pollita y polla; el estigma ha quedado tan férreamente instalado, que no hay buena conducta, ni méritos individuales que puedan revertirlos, …las gallinas son todas iguales. Su propio nombre genérico, es ya su anatema.

Y que decir entonces de esta honrada y decente gallina bataraza que tenemos ante nuestros ojos; la hemos visto nacer, rompiendo como cualquier otro polluelo el cascarón; dando sus primeros pio - pio, sin parar de estirar el cogote y abriendo su pico en espera de alimento. Hemos sido testigos del cuidado y ternura que le brindó su gallina madre, que, con sus alas como aspas de molino, protegían a ella y a sus hermanitos. El transcurrir de sus primeras semanas fue, de indudable y honroso comportamiento, correteando de aquí para allá con los demás pollitos, picoteando algún afrecho o miguitas del suelo. Y detengámonos en la etapa más importante para nuestro análisis, la adolescencia o la vida de polla. A nadie escapa los naturales trastornos hormonales y de conducta que puede sufrir cualquier polla a esta edad. Ya está correctamente emplumada, su cuerpo se ha estilizado, y su andar denota cierta sensualidad. En estas condiciones, es casi una imposición ver cuando menos, la lubricidad en la mirada de los gallos, o cuando no, algunos zapateos y roncos cánticos, como preludio ya, de deseos incontenibles; o lisa y llanamente, como antesala de una brutal y fogosa pisada. Casi todas las pollas, en esta crítica etapa, terminan (o mejor dicho se inician) en la vida alegre y casquivana, unas por simple voluntad, otras, víctimas de salvajes violaciones. En estas condiciones, es casi la regla observar, que casi todas se convierten en las gallinas que todos conocemos.

Pero en medio de toda esta adversa circunstancia, ahí va nuestra recatada gallinita, que se muestra íntegra y virtuosa. Ya puede andar caminando por el gallinero o dando vueltas por el patio, nada ni nadie la hace desviar de su vida decorosa. A su paso, puede escuchar murmurantes e indecentes cacareos, o cuando no, soportar a los gallitos más jóvenes arrastrarle el ala, y en el peor de los casos y si se quiere, como verdadera prueba de fuego, hacer frente a una lujuriosa embestida de un gallo viejo, que arremete una y otra vez, pero todo es inútil, de una manera u otra siempre logra sortear la situación.

No podemos ni debemos caer tampoco en el fanatismo, ni en la defensa acérrima, tampoco poner las manos en el fuego por esta gallinita y aseverar que siempre llevará esta vida monacal; pero lo hecho hasta aquí, el haber llegado a la vida adulta en estas condiciones, es mérito suficiente para librarla del estigma de sus congéneres.

Entonces, ante esta sólida y clara comprobación de la honra intachable (al menos de esta gallina en particular) nos preguntamos, ¿es ético - y ni tan siquiera eso - tiene sentido común, intentar mancillar a cualquiera con el odioso latiguillo, de la falsa afirmación sobre la moral gallinácea?

Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados 

Del libro "Observación animal"

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