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El destino del Sr. Sanabria (fragmento)

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Como cada lunes, desde hacía miles de años, ese lunes ocho de abril de mil novecientos sesenta y ocho, se reunieron Dios, El Diablo y La Muerte, para decidir –entre otros asuntos- la hora fatal del señor Rodolfo Sanabria.

El hombre de treinta y ocho años, con un buen trabajo y excelente estado de salud, jamás podría haber imaginado que ese día fresquito y soleado, y a esa hora –casi las ocho de la mañana- en que se dirigía a su trabajo pedaleando tranquilamente su bicicleta balona, los tres seres ultraterrenales más poderosos del universo, estaban discutiendo sobre la finalización de su vida material.

-Debemos hacerlo yá –dijo El Diablo.

-¿Porqué tanto apuro? –preguntó Dios.

-Algún día debe morir, entonces mejor que muera ahora y Sanseacabó –respondió.

-¿Usted que opina? –preguntó Dios a La Muerte.

-Me da lo mismo. Cuando lo decidan yo haré mi trabajo –respondió impasible.

-Necesito gente en las profundidades, y me vendría bien llevármelo ahora –fundamentó El Diablo.

-Porqué no esperamos un poco… aunque sea hasta el domingo. Ese día la gente está más preparada para una muerte y…

-No, no. Por favor no me vengan a recargar de trabajo el domingo. Ya saben que ese día trabajo las veinticuatro horas sin descanso, así que les pediría que se decidieran por cualquier otro día de la semana –habló La Muerte.

-¿Vio Mi Señor?, no la recarguemos de trabajo a la señora –dijo El Diablo.

-Que yo sepa es un hombre bueno y trabajador, honesto y no veo la necesidad de… -comenzó a argumentar Dios, tratando de prolongar la vida de Sanabria.

-Y si le digo que no iba a la iglesia ni rezaba, ¿que me dice? –atacó El Diablo.

-Bueno, eso no lo convierte en una persona mala –se defendió y defendió de paso al terrenal Sanabria.

-Jamás creyó en usted, ni en ningún santo, vírgenes o ángeles ¿qué me dice ahora? –volvió a atacar el Príncipe de las Tinieblas, tratando de ofuscar a Dios.

-Bueno, lo más importante es lo que era… ejem cof, cof –tosió y carraspeó Dios- digo… lo importante es lo que es. Eso es lo que vale, que es una persona buena y…

-Tampoco crea que era un angelito ¿eh? Lo he visto en muchos bailes conquistando mujeres. Varias veces se emborrachó. Le gusta jugar al truco y a la loba.

-Bueno… los hombres también necesitan divertirse y alegrar el espíritu…

-Ahá. Le doy un dato más Mi Señor: se casó y se separó. ¿Qué opina ahora del hereje del señor Sanabria?

-¡Basta de chismes! ¡Me tiene harto con las habladurías! ¡Si se lo quiere llevar, lléveselo! pero le advierto que en menos de un mes, si no lo envía al Cielo, voy a buscarlo personalmente y haré tronar el escarmiento en las profundidades. Es un hombre bueno y debe estar conmigo.

El Diablo se frotó las manos, loco de alegría, mientras Dios se rascaba la barba pensativo y malhumorado. La Muerte, con una lima, afilaba su guadaña.

-Señora, ¿a qué hora podría hacer este trabajito? –preguntó El Diablo a La Muerte.

-Hoy por la mañana tengo varios casos pendientes, pero podría ser al mediodía o a la siesta. Quizá cuando el hombre este volviendo del trabajo…

-Eso. Cuando regrese del trabajo me gustaría que lo interceptara. Trate de que parezca un accidente. Es mejor, así la opinión pública no me tira toda la bronca a mí.

-Así lo haré -respondió

Y los tres se dispersaron. Dios ascendió y se perdió entre las nubes recorriendo su reino. El Diablo se transfiguró en un remolino de viento norte y se introdujo en las profundidades de la tierra. La Muerte, en la faz del planeta, se dispuso a realizar los trabajos pendientes.

A las dos de la tarde, Rodolfo Sanabria salió del trabajo, agarró su bici y con un pedaleo tranquilo inició el regreso a casa. Debía pedalear alrededor de tres kilómetros hasta llegar al pueblo.

La Muerte dispuso que en el momento exacto, en que el hombre pasara por la esquina de Tienda La Nena, por la calle perpendicular, aparecería un auto a toda velocidad para embestirlo y terminar con su vida. Lo había pensado todo. A esa hora hay poco tránsito en el pueblo, y por lo tanto el hombre vendría distraído, y al llegar a la esquina ya no tendría tiempo de nada. El gran edificio que ocupaba la tienda en esa precisa esquina, no le permitiría ver ni advertir la aproximación de vehículo alguno.

Pedaleaba tranquilo, sin imaginar el siniestro y fatal encuentro que le aguardaba a tan solo cinco cuadras de entrar al pueblo (…)

 Autor: Hugo Mitoire - Reservado todos los derechos.

Mensajes del Más Allá (fragmento)

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Cuando estaban velando a su tío, Juancito percibió el mensaje que éste le transmitía desde el Más Allá:

Juancito... a mí me mataron.

¡Y lo escuchó claramente! Como si su tío le estuviera hablando al oído. Del susto, miró para todos lados, a ver si alguien le estaba haciendo una broma macabra, pero nada, no había nadie cerca.

El tío de Juancito era un muchacho de veinticuatro años, que se llamaba Pedro Escobar y vivía en Gato Negro; hermano menor de su mamá, se dedicaba a la chacra y a criar animalitos.

Las circunstancias de su muerte parecían estar muy claras, según lo relatado por los dos amigos que habían ido a cazar con él. Ellos contaron que luego de andar dos días por el monte, encontraron una guarida de yaguareté y planearon una emboscada para cazarlo. Se distribuyeron y escondieron en los alrededores de la madriguera. Pedro se había subido a un árbol y desde ahí esperaba agazapado con su escopeta que apareciera el bicho. Los otros dos se escondieron en el pajonal. A las dos o tres horas de estar esperando, apareció el yaguareté y el que primero tiró fue Pedro, pero al parecer se distrajo mientras apuntaba y disparaba, porque perdió el equilibrio y se cayó al suelo desde unos siete metros de altura. En la caída se desnucó, porque cayó de cabeza sobre unos troncos.

Éste era el relato de los hermanos Céspedes, los amigos de su tío, y así también se lo contaron a la policía cuando tuvieron que declarar.

Cuando Juancito recibió ese extraño mensaje, estaba sentado en el comedor de la casa de su abuela, donde lo estaban velando. También se hallaban, en ese preciso momento y en el mismo recinto, los hermanos Céspedes, que lloraban y se veían muy afligidos. Apenas recibió el mensaje, Juancito miró a los Céspedes. Fue espontáneo. Fue como un presentimiento. ¿Y si ellos fueron los asesinos? Unos instantes después de estar mirándolos, se puso a pensar, y ahí se dio cuenta de que ellos pudieron haberlo matado. Pero se asustó de pensar eso, era muy loco y lo invadió el miedo y se le erizó la piel. Imaginar que los asesinos pudieran haber sido ellos y que ahora estuvieran a metros de él fingiendo dolor por esa muerte... lo puso muy nervioso y lo asustó mucho.

Trató de calmarse y empezó a dudar del mensaje recibido: ¿y si sólo se había tratado de su imaginación? ¿O si lo que pensó fue sólo una ocurrencia? Lo más probable era que ese mensaje no hubiera existido. Ya no se sentía seguro de nada. Pero esa duda lo tranquilizó. Se puso a pensar seriamente y comprendió que nadie recibe mensajes de los muertos y mucho menos, nadie escucha hablar a un muerto. Y de nuevo:

Juancito…ellos me mataron.

¡Ay, mamita querida! Ahí sí que pegó un salto de la silla que todos lo miraron, hasta los hermanos Céspedes. Tuvo que disimular que se resbaló de la silla y entonces aprovechó el movimiento para salir del comedor. No aguantó más y fue en busca de su padre, decidido a contarle todo lo sucedido. Lo encontró y lo llevó cerca del aljibe, lejos de donde estaban todos. Cuando terminó de contarle, el padre, con lágrimas en los ojos, lo acarició y le dijo:

—Pobre hijito… no te preocupes, lo que pasa es que vos estabas siempre con él, eras su mejor compañero y esta terrible desgracia nadie puede creerla…

—Pero no, papá,… te digo que él me habló y...

—No, hijo, no pienses más en eso. No puede hablarte, pero no te preocupes, eso que sentís suele ocurrir, porque uno está pensando mucho en una persona y está muy afligido, entonces puede parecer que se escucha la voz y hasta a veces se pueden tener visiones de esa persona, ¿entendés? 

Y Juancito se dio cuenta de que en realidad era algo demasiado fantástico como para que le creyesen; ni siquiera él mismo estaba del todo convencido. Pensó en lo que dijo su padre, y tenía razón, él era el sobrino preferido y muy amigo del tío Pedro. Con sus catorce años era el sobrino mayor y, por lo tanto, el compañero ideal del tío para cualquier cosa: para la pesca, la caza, los arreos, los viajes en sulky o cualquier otra ocurrencia. Y el padre volvió a hablarle:

—Creo que será mejor que no te quedes tanto tiempo cerca del cajón, porque eso te pone peor; no quiero que esta noche te quedes aquí. Irás a descansar y mañana vendremos bien temprano.

Juancito insistió en quedarse, quería estar cerca de su tío en esas últimas horas; pero no hubo caso, a la diez debió marchar con su familia.

Ya en su casa y acostado, no podía dormirse; es más, no tenía ni una pizca de sueño. Además de la profunda tristeza, su cabeza era pura confusión, entre los supuestos mensajes de su tío, lo que decía su padre y lo que él sentía. Empezó a convencerse de que su padre estaba en lo cierto, que todo podría ser mucha sugestión. Dio mil vueltas en la cama, y no había caso, el sueño no aparecía. Comenzó a recordar cientos de cosas vividas con su tío, los momentos lindos y los peligrosos, todo le pasaba por su mente, como en una película y... en ese instante:

Juancito, no te asustes, soy yo,  tu tío...

¡Dios libre y guarde! ¡Qué situación! ¡De nuevo el mensaje ultraterrenal! El pobre Juancito se arrinconó contra el respaldo de la cama, se le hizo un nudo en la garganta y quedó petrificado mirando hacia la penumbra de su pieza. Temblaba como una hoja, los dientes castañeaban como una ametralladora y el corazón parecía a punto de saltarle por la boca. Estaba más seguro que nunca de haber escuchado la voz de su tío.

           No te va a pasar nada, Juancito, estoy aquí en tu pieza. Quiero hablarte (...)

Del libro CUENTOS DE TERROR PARA FRANCO - Vol- 5 * Reservado todos los derechos

 

 


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Memorias de un niño cruel (o el exterminador)

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Confieso que fui un niño cruel.

Ahora, que han pasado más de treinta años, me animo a decirlo, he sido un criminal, un azote implacable, un depredador fulminante que no tenía piedad con nadie.

Yo he sido un exterminador de pajaritos, un pequeño Atila sin misericordia ni piedad con ave voladora alguna.

Cuando lo hacía era como un juego, en el que yo disfrutaba y me emocionaba bajando cachilitos, gorriones o cualquier bicho volador, pero hoy sé que nunca más lo haría, ni si volviera a ser niño, y tampoco dejaría que mi hijo hiciera lo mismo.

La verdad es que en ese tiempo todo el mundo mataba pajaritos o cualquier animal, y a ninguna persona le importaba, ni le daba lástima. Bueno... en realidad todo el mundo no, porque mi papá pensaba diferente y me decía que eso estaba mal, pero yo no le hacía caso, y ahora estoy arrepentido.

Ni se imaginan lo cruel que era. Desde los ocho años ya era un genio con la honda, practicaba todos los días, “hondeando” latitas, botellas, flores, carteles o focos. A partir de los diez años tenía una puntería magistral, y yo mismo me fabricaba los bodoques. Los hacía casi siempre con lodo y los secaba al sol para que se endurecieran bien. Los bodoques eran de dos calibres: los grandes, para tiros cortos, los usaba para espantar alguna vaca, perro o gato, y los chiquitos, que parecían bolitas de acero, los utilizaba para matar ¡eran unos bodoques fantásticos!

Siempre andaba con dos hondas, una común y otra con elástico reforzado y horqueta más grande, para tiros de larga distancia. Mi abuela María me había hecho una bolsita para los bodoques con un bolsillo al costado, donde llevaba mi cortaplumas, una caja de fósforos, elástico de repuesto, un pedazo de hilo y algunas tuerquitas y bolitas de acero, por si tenía que enfrentarme a algún bicho más grande y peligroso.

En la casa de mi abuelita Rufina, en Margarita Belén, era donde me hartaba de matar pajaritos. Ella vivía en pleno campo, en Costa Iné, y yo tenía todos los árboles y mogotes de los alrededores exclusivamente para mí. ¡Qué emoción me daba salir a mariscar! Casi siempre iba solo, y algunas veces con mis primos o con los hijos de los peones de mi tío.

La verdad es que me gustaba más ir solo, porque iba tranquilo, pensando cosas, imaginando algún enfrentamiento con un yaguareté o una víbora, a los que yo enfrentaba a hondazos. También me gustaba imaginar conversaciones con los mismos pájaros, o sea con mis futuras víctimas.

Siempre llevaba dos bolsitas cruzadas en bandolera, una para los bodoques, y otra para los cadáveres de los pajaritos. La bolsa de proyectiles siempre a la izquierda, para poder sacar rápido los bodoques por si había que hacer tiros a repetición.

La vez en la que más pajaritos maté, fue un día de mucho calor en el que me recorrí cuatro mogotes en una mañana; ese día maté catorce pajarracos en total, tres pitogüé, una calandria, dos tijeretas, dos palomitas picuí, dos cardenales, dos cachilitos y dos pilinchos. ¡Ese día sí que llené mi bolsa! Los gatos de mi abuelita, locos de contentos conmigo.

Un día iba por un caminito, como siempre con la honda preparada: la horqueta en la mano derecha y la izquierda, sujetando la bodoquera sobre mi panza; y a unos cinco metros más o menos, sobre el último hilo del alambrado, había un pitogüe distraído, que habrá pensado que yo era un nene bueno, “error señor pitogüé, hoy no es su día de suerte”, me dije, y levantando la horqueta a la altura de mi pecho, casi sin apuntar, disparé mi bodoque y ¡tus! en la cabeza. Primera presa del día.

Un trecho más allá, estaban unas cuantas tijeretas sobre el cable del telégrafo, y la verdad es que a las tijeretas sí que les tenía bronca porque son unos pájaros muy embromados, a veces se enojan, te atacan y te hacen correr como un conejo.

Me escondí bajo una tala, y gateando llegué hasta un pajonal desde donde las tenía a tiro, solo que tendría que usar mi honda de larga distancia. La saqué y la estiré un poco para que se ablande el elástico, busqué un bodoque  bien chiquito y duro y cargué.

Me tomé todo el tiempo del mundo para apuntar, como si fuera un verdadero francotirador, le apunté a la que estaba en el medio del montón, de manera que si erraba, de carambola por ahí bajaba a otra. Disparé y ¡tus! abajo la señorita tijereta.

Las otras se enloquecieron y empezaron a revolotear y a chillar, y hacían unos vuelos rasantes cerca del cadáver de su amiga. Yo me tiré cuerpo a tierra y me escondí en el pajonal. Después que se fueron, salí del escondite, junté mi trofeo y listo el pollo.

También era muy bueno bajando pilinchos al vuelo, y eso era un lindo entrenamiento para mí, ya que estos pájaros son de una torpeza increíble, vuelan lentamente y a muy baja altura. Cuando los veía venir, simplemente me agachaba un poco, los ponía en la mira de mi horqueta y… “atención Sr. Pilincho, creo que deberá realizar un aterrizaje de emergencia” y ¡tus! plumerío en el aire y abajo el tonto pilincho. A los pilinchos posados en alguna rama, era  fácil matarlos, la verdad es que eso era para principiantes.

Estos fueron asesinatos simples y bastante misericordiosos, sin la menor crueldad, solo era matar por matar. Pero otras veces, cometí crímenes muy crueles, que hasta hoy no los puedo olvidar.

Una siesta en que lloviznaba yo estaba en el galpón de maíz, tallando con mi cortaplumas, una horqueta para una nueva honda que me iba a fabricar. En ese momento escuché el canto de unas palomitas picuí. Me asomé por una ventana y las vi. Estaban sobre una rama muy baja, a unos dos metros, era una pareja que parecían estar iniciando un noviazgo en esa siesta tan romántica, porque estaban juntas, se cantaban y acariciaban con el pico, y se miraban muy dulcemente.

Yo las observé un rato desde mi ventana, y pensé que evidentemente eran una pareja feliz y que estarían hablando de tener una casa, hijos y quién sabe cuántas cosas más, pero mi instinto asesino fue más fuerte. Agarré mi honda común, y como se me habían terminado los bodoques, busqué unas frutitas de paraíso, elegí la más grande y verde, y me posicioné en la ventana.

Recuerdo un instante, el momento en que ya las tenía en la mira, un segundo antes del disparo fatal; las dos me miraron, como pidiéndome clemencia, como preguntándome por qué lo hacía, no había odio en sus miradas, simplemente resignación. Disparé y ¡tus! fusilada: “a buscarse otra novia, Sr. Palomo”.  

Después de ese día, veía al palomo viudo que revoloteaba y cantaba, pero su canto era diferente, más triste, como un lamento, y siempre andaba cerca de donde yo había matado a su amada.

Pero de todos los asesinatos, los más crueles fueron tres: el de un boyero con su nido y toda la familia; el del hornero que había terminado de construir su casita y no llegó a inaugurarla; y el de una paloma torcaza herida. No quiero acordarme porque me da vergüenza, pero debo confesarlo.

El nido de boyero lo descubrí cuando perseguía a un cardenal, el boyero iba y venía trayendo comida a su familia y yo me escondí para estudiarlo un poco. El crimen fue bastante fácil, porque el nido estaba colgado de una rama muy baja y solo tuve que tener un poco de paciencia y darle confianza.

El pintoresco nidito tenía medio metro de largo, con su agujero de entrada bien arriba. El boyero venía, se metía por el agujero y ahí adentro se armaba un flor de bochinche, porque allí estaban su esposa y los pichones recién nacidos. Parece que se quedaba a conversar un poco con su familia y luego salía nuevamente a buscar más alimento.

Lo dejé que hiciera dos o tres viajes ¡para que nadie me reclamara que no permitía que se alimentaran! En el último viaje entró y al cabo de unos minutos vi asomar su piquito y su cabecita por el agujero… y ahí nomás ¡tus! y el boyero cayó fulminado, pero adentro del nido, o sea que el cadáver cayó entre su mujer y sus hijitos.

Ahí me apiadé un poco de los familiares del difunto y pensé: “yo los ayudaré amigos míos, no deben sufrir”. Me paré a medio metro del nido y haciendo una especie de parlante con mis manos alrededor de la boca, y con voz como la de un locutor de radio, así les hablé: “a los habitantes de la casa colgante, les comunico que hoy será un día de mucho calor y una mala noticia: los bomberos están de huelga” y acto seguido... ¡¡le prendí fuego al nido!!

Me quedé observando como se consumía esa bolsa de ramas que algún día fue un hogar feliz, y mientras escuchaba los chillidos y quejas de horror y desesperación de la viuda y sus hijitos, que se estaban cocinando vivos, me paré solemnemente como si fuera un cura, y con las manos en plegaria, les di la extremaunción: “corderos de Dios, pónganse contentos, ya están de nuevo todos juntos y el señor los espera en el cielo, amén”. Luego hice la santificación y me alejé conforme con mi trabajo.

Otro día descubrí detrás del galpón a un hornerito y su esposa; al parecer estaban recién casados y alegremente construían su hermosa casita de barro y paja. Me acuerdo que la construcción estaba a mitad de altura, y pensé: “adelante Sr. Ingeniero y esposa, construyan con total tranquilidad su vivienda, que cuando finalicen yo les contaré una leyenda campestre”. Y todos los días los espiaba y veía como progresaba esa pintoresca casita.

El día que terminaron se veían muy felices y contentos, revoloteaban, se besaban y aleteaban sin parar, luego se pararon muy orgullosos en el umbral de la puerta, y desde allí miraban el horizonte con la satisfacción de tener un techo propio y tal vez pensando que ya sería hora de tener algunos hijitos.

Preparé mi honda de larga distancia, elegí un bodoque muy duro y chiquito, centré mi horqueta en el que parecía ser el macho, y mientras tensaba el elástico, les dediqué el pensamiento de la leyenda: “amigos constructores, en el campo existe una leyenda que afirma que cuando una familia termina de construir su casa, el hombre se muere” y ¡tus! lo bajé al hornerito, y agregué otro pensamiento: “quería decirles además, que desde hoy esa leyenda vale para ustedes también”. La pobre viuda, volaba acongojada y confundida, y yo me alejé para que pudiera llorar tranquila. Bueno ¡tan malo no era che!

El caso de la paloma torcaza creo que fue el peor de todos. El mayor logro para un cazador es bajarse una de estas a hondazos, porque son muy ariscas y mucho más grandes que cualquier otro pájaro, cuesta matarlas de un solo balinazo, y lo más importante: ¡se pueden comer en un rico guiso o asadas! Yo estaba ansioso por matar mi primera torcaza.

Cerca de la casa de mi abuelita, a unos cien metros, había un mogote de algarrobos y aromitos con un pequeño tajamar a un costado. Siempre veía que una bandada de torcazas se posaba en esos árboles y luego bajaban a tomar agua. Por un tiempo me dediqué a estudiar todos los movimientos, como si fuera un asesino profesional.

Las palomas llegaban a eso de las diez u once de la mañana y ahí se quedaban dos o tres horas. Me fabriqué una capa con una bolsa de arpillera y le cosí muchas ramas secas y verdes, me la probé y… ¡parecía un arbolito! “Abuelita –pensé- mañana comeremos guiso de paloma”.

Apenas me levanté al otro día, me aprovisioné de unos buenos bodoques, y llevé además tres bolitas de acero que saqué de un rulemán viejo. Llegué al mogote, me puse la capa y me escondí entre unos pajonales a la orilla del tajamar. Como no sabía cuanto debería esperar, me llevé un pellón que lo doblé dos veces y me hice un lindo almohadoncito, sino ¡me quedaba la cola a la miseria!

Ese día hacía un calor terrible y después de una hora más o menos, vi a lo lejos que venía la bandada. Llegaron y se posaron sobre las ramas en el mogote. Yo estaba quietísimo, casi ni respiraba, y tenía la tentación de sacudirle un hondazo ahí mismo, pero ya lo había pensado y no convenía. En ese lugar las palomas están muy alertas, y era un tiro difícil, porque para bajarlas hay que sacudirle un buen hondazo de cerca.

Esperé tranquilo hasta que se convencieron de que estaban solas, de que no había peligro alguno y podían bajar a refrescarse. Se largaron y aterrizaron en la orilla, algunas caminaron un poco y cantando su alegre cucurucu-cú, mojaban sus piquitos y sus patitas y se refrescaban. Había calculado todo y el único movimiento que hice fue estirar el elástico, no podía cometer el menor error.

Cargué una bolita de acero para asegurar el tiro y pensé: “¿les gusta el balneario chicas?” y ¡tus! le sacudí a una que estaba con sus patitas en el agua. Ahí nomás se armó un revoloteo de padre y señor nuestro, porque levantaron vuelos todas, las que estaban en el agua y las que estaban en tierra, salpicando agua y levantando una gran polvareda. Habría unas quince palomas y desde que levantaron vuelo y hasta que se tranquilizó un  poco el ambiente, yo no veía nada.

Pero luego me encontré con la sorpresa de que no había matado a ninguna, y que solo le había roto el ala a una de las más grandes, que saltaba, correteaba y aleteaba en el agua salpicando sangre y plumas, como si quisiera levantar vuelo. Estaba desesperada la pobre, porque me vio y seguramente adivinó su triste futuro.

Con toda la serenidad y frialdad de un asesino, me acerqué a unos dos metros del ave herida y le hablé: “Sra. Paloma, creo que tiene problemas en una de sus turbinas”. Lentamente saqué otra bolita de acero y cargué: “lo siento, pero la olla de mi abuelita la espera, y no tengo ganas de comer un guiso guacho” y ¡tus! Disparé nuevamente y le di en el lomo, pero la desgraciada ¡seguía correteando por el agua! como si estuviera suplicando y buscando ayuda, mientras se desangraba cada vez más.

Entonces pensé que sería mejor sentarme a la orilla y esperar a que se cansara, y de paso estudiaba un poco el movimiento de un pájaro pronto a morir.

Me senté sobre un tacurú, corté un pastito y lo empecé a masticar, observando a mi próximo almuerzo. La paloma habrá correteado unos diez minutos más, hasta que se agotó, se arrimó a la orilla, y al parecer quiso refugiarse entre unos camalotes.

Me acerqué lentamente cargando en la bodoquera mi tercera bolita de acero, ella me miraba suplicante, como si rogara clemencia y me dijera: “Sr. por favor… tengo hijos, una familia y muchas ganas de vivir...”. Sin dejar de masticar mi pastito, me paré muy cerca, tensé al máximo mi honda y poniendo la horqueta a menos de medio metro de la indefensa y aterrorizada paloma le dije: “La felicito Sra. Torcaza, pero yo lo único que tengo es hambre” y ¡tus! con un excelente tiro a quemarropa le destrocé la cabeza y el pico, y se terminó el sufrimiento.

Nunca podré olvidar las miradas suplicantes, de esos pajaritos que jamás me hicieron nada y a los que maté solo por placer. Pero ahora ya es tarde y arrepentirse no sirve de nada, y yo sufro porque esas miradas siempre me aparecen de noche, cuando cierro los ojos.

Hasta el día de hoy, muchas veces me despierto sobresaltado o sueño que me despierto, no sé muy bien, pero me parece que todos los pájaros que maté, revolotean y cantan en mi pieza.

Autor: Hugo Mitoire - Reservado todos los derechos - Del libro CUENTOS DE TERROR PARA FRANCO - Vol.III

 

Viento Norte

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El viento norte soplaba bastante fuerte esa tarde de Enero. En el Paraje Yatay, el clima era para morirse de calor. Los veranos en el Chaco son siempre así, inaguantables. La madre lavaba las ropas en un gran fuentón, debajo del paraíso. El patio era grande, de tierra muy dura y pelada, rodeado de espartillos y todo tipo de yuyos. El ranchito estaba lejos del camino y del caserío, casi donde comienza el estero.

Esa tarde se encontraba sola, con su hijito menor de apenas unos ocho meses, muy inquieto, y como ya gateaba, andaba de aquí para allá tocando todo y queriendo llevarse a la boca cualquier cosa. La pobre madre tenía que tener mil ojos con él, más todavía desde esa vez que se tragó unas frutitas de paraíso.

Mientras fregaba la ropa, cada tanto miraba lo que hacía su bebé, que por lo visto estaba empecinado en atrapar alguna gallina, ya que las perseguía a todas, a cualquiera que se le cruzara. Claro, gateando le iba a costar un poco, pero el pequeño se divertía; y cada tanto detenía su gateo y se sentaba en medio del patio, tomaba alguna ramita o algún juguete, lo observaba, lo chupaba un poco o lo mordía, para luego tirarlo y seguir persiguiendo a las gallinas.

Una bataraza que caminaba bordeando los yuyos, empezó a ser perseguida por el nene, pera ésta, con paso tranquilo y sereno se alejó hacia el estero. El nene cabezudo y obstinado, allá fue tras la gallina. Fue un instante, donde todo parecía estar coordinado para que ocurriera, ya que la madre a su vez, se dirigía a colgar las ropas en el alambrado, que estaba a unos diez metros del patio. Fue en ese mismo instante en que la madre perdió de vista al niño, no advirtió que había salido del patio, fue un instante de distracción. Estas suelen ser las distracciones o los instantes fatales, que solo duran solo unos segundos, y ahí todo ocurre.

Primero fue un alarido largo y estremecedor, luego un interminable llanto a los gritos. La madre, como si le hubiesen clavado un cuchillo reaccionó con espanto. Tiró el fuentón con sus ropas y corrió desesperadamente hacia el lugar de los llantos. Cuando ya estaba cerca y comenzaba a divisar al niño, vio que este se revolcaba torpemente entre los yuyos y el espartillo, agitando sus manitos y sin dejar de gritar. A la madre se le heló la sangre, como si le hubiese paralizado el horror. Lanzó un grito de dolor y desesperación y empezó a suplicar a todos sus dioses, sin dejar de correr. Acercándose a su hijito no atinaba que hacer, jamás había visto una cosa así.

El nene que se revolvía en el pastizal, tenía enroscada firmemente en su mano y bracito derecho, una víbora yarará, que no paraba de morderlo en el brazo y en todas las zonas del cuerpito, al alcance de los latigazos de sus colmillos asesinos. Todos los inocentes movimientos del bracito, eran una provocación para la víbora, que se embravecía más y más. Con esa valentía y fuerza que solo tienen las madres y sin importarle ni su propia vida, se tiró sobre su hijo; con una mano tomó a la víbora de la cabeza para que no lo mordiera más, y con mucha dificultad la desenroscó, arrojándola bien lejos. Tomó a su niño en brazos, y emprendió una loca y angustiosa carrera hacia el caserío. En esos breves e interminables minutos, rezó y suplicó a todos sus santos, mientras besaba la frente del niño. Casi totalmente agotada, y faltando todavía unos cincuenta metros, sacó fuerzas de donde no tenía, y apuró más su carrera, gritando y suplicando, viendo como su hijito había empezado a hincharse, y ya no gritaba.

Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados

(*) De “Cuentos de Terror para Franco 1”Texto seleccionado para la Antología “LEER LA ARGENTINA” del Ministerio de Educación de la Nación. Año 2005.

El espantapájaros

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En el campo todos saben, que no se debe dejar abandonado a un espantapájaros en la chacra o la huerta. Dicen que si se lo abandona, ese muñeco de trapo y madera es capaz de cobrar vida, y lo que es peor, convertirse en algo macabro y peligroso.

Es por eso que cuando una huerta o cualquier chacrita es abandonada por sus dueños, porque se mudan de lugar, o porque la tierra ya no sirve para los cultivos, o simplemente porque no tienen ni un poquito de ganas de plantar nada, lo primero que hacen es llevarse al espantapájaros y quemarlo enterito.

Pero la familia Centurión no conocía esta leyenda, nunca nadie les contó nada, y como no está escrito en ninguna parte, jamás se enteraron, hasta que ocurrió lo que ocurrió.

Ellos habían venido del sur del país, y se instalaron en el Chaco, en un lugar bastante tenebroso llamado Rincón del Zorro, un paraje cerca de Cancha Larga. El hombre era agricultor y tenía su esposa y tres hijos, de doce, ocho y cuatro años. Parece que estaban cansados de tanto frío allá en el sur, y decidieron venir para estos lados y cambiar de clima. Jamás podrían haber imaginado lo que les esperaba.

Compraron un chacrita de diez hectáreas y el hombre que era muy trabajador, sembró casi toda la tierra de algodón y girasol. Cerca de su casa preparó un lugar para tener una pequeña huerta, le puso tejido y empezó a remover la tierra. Allí plantó de todo, tomates, pimientos, lechugas, repollos, acelgas, zanahorias, porotos, arvejas y muchas cosas más, todas para consumo de la casa. Compró tres o cuatro chanchitos para cría, y unos cuantos chivos, para de vez en cuando hacer un asadito. También se aprovisionó de cinco vacas, con eso ya tenía asegurada la leche todos los días. Además la señora hacía quesos y dulce de leche casero.

Apenas las plantitas de la huerta empezaron a crecer, una infinidad de pajaritos comenzaron a invadir para comerse las hojitas o las frutitas, y cuando el hombre se dio cuenta, ya le habían comido casi toda su huerta. Una mañana parece que le dio un ataque de rabia. Salió con la escopeta 16 de dos caños, y empezó a meterles bala a todos los pájaros que estaban en la huerta. Mató a unos cuantos pero el resto se tomó el buque. Apenas el hombre se iba con su escopeta, volvían todos los pajaritos. Uno de esos días en los que estaba a los tiros, pasó por el callejón del costado de la chacra, Don Acuña, un agricultor de la zona, que sin bajarse del caballo se sacó el sombrero y lo saludó,

- Buenos días mi amigo, disculpe que me meta, no?, pero...así, a los tiros no va a ir a ninguna parte. Yo que Ud. pondría un espantapájaros y santo remedio.

- Estos pájaros ya me tienen harto...a Ud. le parece que andará eso del espantapájaros?.

- Hágame caso, fabrique un buen espantapájaros, bien grande, con muchos colores, los brazos abiertos y un sombrero de ala ancha. Ah, píntele la cara y los ojos, y una boca lo más grande posible, como que se está riendo, eso asusta mucho a los pájaros.

- Bueno, le agradezco mucho, le voy a hacer caso. Después le cuento.

Don Acuña siguió camino. El hombre ese mismo día se puso a construir el espantapájaros. Sus hijos estaban entusiasmados y  lo ayudaron, jamás habían visto un muñeco tan grande...y tan terrorífico.

- Papi, me da miedo ese muñeco. –Dijo el del medio

- No seas miedoso, no ves que es de madera y trapos. –Dijo el mayor.

El más chico andaba dando vueltas toqueteando todo, y sin preguntar nada.

El hombre primero hizo una cruz, que vendría a ser como el esqueleto del muñeco, y después lo empezó a vestir, asegurando todo el cuerpo con otras maderitas, alambre y clavos.

Cuando estuvo listo, la verdad es que asustaba. Medía como dos metros de alto, y habían rellenado el pantalón y la camisa con espartillo seco, la cabeza la fabricó con una bolsa blanca que la rellenó con trapo, y le pintó de rojo la boca, la nariz y los ojos. Lo que más impresionaba era la boca, grandota, riendo y con unos dientes terribles. Le puso un sombrero de paja de ala ancha y las manos las hizo con unos guantes de color negro. El pantalón era de color azul y la camisa blanca con rayas rojas, mamita querida!!!, que miedo daba eso!!!.

Con la ayuda del hijo mayor lo llevaron y lo clavaron en el centro de la huerta. Cuando estuvo listo daba una impresión terrible, parecía que estaba vivo y vigilando toda la huerta, ni borracho se iba a acercar algún pajarraco!!!

La verdad es que desde que pusieron el espantapájaros, a la huerta no se acercaban ni los gatos ni los perros, ni nadie, y hasta la mujer del hombre tenía miedo de ir a buscar verduras. Las plantitas crecían tranquilas, y el hombre y toda su familia estaban muy contentos, Don Acuña tenía razón, no había nada mejor que ese muñeco para cuidar la huerta.

Y así crecieron las plantas cuidadas por el espantapájaros, ni una hojita o frutita fue picoteada por algún pajarillo. De vez en cuando le cambiaban el pantalón, la camisa o el sombrero, y así entre pitos y flautas habrán pasado unos tres años, hasta que al chico del medio le ocurrió ese accidente.

Fue una siesta en que el padre manejaba el tractorcito, y pasaba la rastra de discos en una zona donde iban a plantar algodón. Su hijo Silvio, el del medio, cabezudo como siempre corría detrás de la rastra metiéndole hondazos a los pajaritos, o agarrando alguna lombriz o cualquier otro bichito que se levantaba de la tierra removida. Hasta que en un momento, cuando se acercó mucho a la rastra, el padre no se dio cuenta y frenó de golpe, y el chico se estampó contra los hierros y ni los gritos desesperado de auxilio pudieron advertir al padre, que sin mirar para atrás volvió a arrancar y ahí si que vino lo peor. Una pierna quedó atrapada entre los discos de la rastra, y cuando se reanudó la marcha, ahí recién el padre se dio cuenta, paró y enloquecido se tiró del tractor para socorrer a su hijito. La cosa es que lo llevaron a Resistencia, y estuvo mucho tiempo internado, como dos o tres meses, lo operaron más de diez veces, y por suerte se recuperó.

Durante todo ese tiempo la casa quedó abandonada, porque la familia entera se había trasladado a la ciudad, y por supuesto, la huerta se arruinó, porque crecieron los pastizales, rastrojos, aparecieron gusanos, langostas,  y no quedó una sola plantita o fruta, hasta el espantapájaros empezó a taparse con semejante yuyal.

Cuando la familia volvió, lo primero que hizo el hombre fue dedicarse a la chacra, que era lo más importante, y por supuesto la huerta siguió en el mismo estado de abandono.

Un día el más chico, Juan, que ya tenía como siete años, dijo,

- Mamá, el muñeco se mueve y levanta la mano, parece que me saluda...

- No hijo, no se puede mover, a lo mejor el viento lo hamaca un poco.

Y el nene, medio confundido porque no le creían, y porque veía que realmente el muñeco levantaba una mano, siguió mirando al espantapájaros. Después de almorzar todos se fueron a dormir la siesta, Silvio y Juan compartían la misma pieza. A la hora, se escucharon gritos y llantos desconsolados,

- Mamaaaaa!!, papaaaaaaaaaa!!!!!, el muñeco me quiere matar!!!!

Y los padres salieron corriendo, entraron a la pieza y vieron a Silvio sentado en su camita con cara de dormido, y a Juan, escondido debajo de la suya, llorando y pataleando.

Lo sacaron y mientras trataban de consolarlo con abrazos y caricias, le preguntaron que había pasado. El nene contó que el espantapájaros se había asomado a la ventana y tenía en su mano un machete, además dijo, que se reía y tenía la boca y los dientes muy grandes. Los padres trataron de tranquilizarlo,

- No tengas miedo hijito, ese muñeco no puede caminar ni moverse de donde está, a lo mejor solo soñaste...

- No papá, el muñeco vino a la ventana...

Entonces la madre pidió a su esposo,

- Porque no sacas de una vez por todas ese muñeco de la huerta, si total ahora no sirve para nada.

- Lo que pasa es que la otra semana ya voy a limpiar la huerta y sembraré de nuevo, así que mejor lo dejo, entonces no tengo que andar haciendo otro, que bastante trabajo me dio hacerlo.

Y lo dejó nomás, pero el nene casi todos los días hablaba del muñeco, que lo vio aquí, que lo vio allá, que se movía, que lo vio corriendo o subido a un árbol, y cosas así. Los padres ya no le hacían caso.

Hasta que una tardecita, el nene andaba con su honda por el patio y en un momento se quedo quieto, como paralizado, mirando al muñeco que estaría a unos cincuenta metros, y como si fuera una atracción misteriosa, como si lo hubiese hipnotizado, empezó a caminar en dirección al espantapájaros.

Fue la última vez que la madre vio a su hijo y en ese momento no le llamó la atención, porque andaba como todos los días de acá para allá con su honda, recorría el patio, los alrededores, la huerta, a veces se iba hasta un mogote cercano, y jamás imaginó esa pobre madre, que ese paseo era diferente y que además sería el último.

Después de un rato, el hijo más grande preguntó por Juan, y la madre le indicó para donde se había dado,

- Andá a buscarlo y decíle que venga ya para la casa porque está oscureciendo.

A los pocos minutos el mayor volvió,

- Mamá, no lo encuentro por ningún lado...

- Andá corriendo a la chacra, buscá a tu papá y contale, yo voy a ver si no anda por el mogote.

Después de dos horas de búsqueda, toda la familia lloraba angustiada.

Llamaron a unas familias de las chacras vecinas, y con linternas y radiosol, recorrieron una y otra vez todos los lugares…pero nada.

Al otro día con la ayuda de mucha gente y la policía siguieron buscando, y no encontraron ningún rastro.

A media mañana llegó Don Acuña, muy preocupado se acercó al padre del chico, y le preguntó,

- Dígame Don, y disculpe la pregunta...pero, desde cuando está ese espantapájaros abandonado?

- Desde hace unos tres meses, desde que nos fuimos a Resistencia... por qué?

- Porque nunca hay que dejar un espantapájaros abandonado, es un asunto muy peligroso.

- Y…por qué es peligroso…?

- Asegún dicen, estos bichos son capaces de tener vida, y algunos cuentan cosas muy embromadas. Yo no lo quiero asustar pero, nunca le facilite a la desgracia.

Y ahí el hombre se largó a llorar y le contó a Don Acuña las cosas que veía y contaba su hijo menor.

- Con toda seguridad que eso era así, ese chico no mentía –Respondió Don Acuña y luego preguntó- ya revisaron cerca del muñeco?

- No, no revisamos, pero pasamos por al lado y no había nada, solo estaba el muñeco clavado en la tierra.

- A mi me van a disculpar, pero yo soy muy desconfiado con estos bichos, vamos a ver de nuevo –Pidió Don Acuña.

Toda la familia y un montón de vecinos siguieron a Don Acuña. Cuando llegaron al pie del espantapájaros, empezaron a revolver los pastizales y los yuyos, hasta que el grito de la madre los paralizó a todos.

A medio metro del muñeco, debajo de unos espartillos,  encontraron la honda y la bolsita de bodoques del niño.

La madre abrazando y besando esas cosas de su hijito, lloraba y suplicaba,

- Mi Juancito...por favor, quiero a mi Juancito...

Ese mismo día el padre y otros hombres del lugar, hicieron una gran fogata con el espantapájaros y el padre casi enloqueció cuando vió arder ese montón de madera y trapos, dice que escuchaba un gemido, o como un llanto ahogado, y que le parecía que era el de su hijito. Todos pensaban que realmente estaba quedando trastornado o medio loco, y no le hicieron caso.

Días después, cuando le contaron esto a Don Acuña, este dijo,

- Ese hombre no está loco, si el padre escuchó los gemidos de su hijo, con toda seguridad el espantapájaros fue quien se llevó al niño.

La cosa es que la búsqueda siguió durante un mes, y no quedó ni un pasto o árbol sin revisar en todo Rincón del Zorro y Cancha Larga, pero del niño no se encontró ni un solo rastro.

Con todo el dolor en el alma, los padres fueron a consultar otra vez a Don Acuña, para que los oriente, o para que le diga que se podía hacer.

Y Don Acuña habló de nuevo,

- Miren, yo se que para Uds. es muy doloroso lo que le voy a decir, pero para mi todo esto tiene que ver con ese muñeco desgraciao. Lo que le recomendaría es que todos los días revisen el lugar donde estaba el espantapájaros, asegún dicen siempre siguen apareciendo cosas.

Y desde ese día, cada mañana y cada tarde los padres iban al centro de la huerta a revisar.

A los cuatro días encontraron su pantaloncito y las alpargatitas y una semana después, su camisita y la gorra.

Pasaron varias semanas más sin que apareciera otro rastro. Luego de algunos meses, Juancito había desaparecido para siempre.

Autor: Hugo Mitoire - Reservado todos los derechos

Del Libro "Cuentos de terror para Franco 2"



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