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Hugo Mitoire

Claustrofobia

Claustrofobia

De niño, el Sr. M vivía obsesionado con la idea, de que un día sería enterrado sin estar completamente muerto.

Sufría con la posibilidad de despertarse dentro del ataúd, sin poder mover las manos ni los brazos, y con la tapa -en esta zona vidriada- a cinco centímetros de su rostro.

En ese instante, M era presa de un ahogo más espiritual que por la propia y supuesta falta de oxígeno.

El origen de ese padecimiento con toda seguridad, se remontaba a una tarde de verano cuando contaría seis o siete años. Esa tarde sus padres, algunos tíos y otros desconocidos, tomaban mate en el patio de su casa y M con sus hermanas y otros primos, jugaban y molestaban alrededor de aquellos. El niño nunca olvidaría, el comentario que hizo uno de sus tíos sobre una macabra noticia de la revista que hojeaba.

Che, que lo parió...vieron lo que le pasó a este tipo?

No, que le pasó? - preguntó la tía Mary – la más curiosa de toda la parentela -.

Resulta que el sereno de un cementerio de Bs. As., escucha ruidos y golpes a eso de las tres de la madrugada, y asustado se pone a recorrer con su linterna la zona de los ruidos, y nota que los golpes venían de un nicho, el mismo nicho que habían cerrado esa tarde cuando trajeron en su cajón, a uno de los muertos del día. - Narraba con cierto halo de misterio el tío lector.

Dale contá y que pasó después? - apuraba la tía Mary

Bueno, el sereno retira los ladrillos que tapiaban el boquete y sigue escuchando golpes y ruidos, y cagado en las patas va corriendo a buscar a dos conocidos del vecindario para que lo acompañen y ayuden. Entonces retiran el cajón, lo abren, y ahí si que se cagaron de en serio. Relataba con vos de ultratumba.

Y?????, que encontraron? terminá de una vez. Apuraba de nuevo la tía.

Eh!, ni se imaginan. El tipo, o sea el muerto, parece que no estaba del todo muerto. Lo enterraron vivo. Que me cuentan?

No puede ser, eso es un chisme.- Atacó el padre de M.

Dejate de pavadas, como no se van a dar cuenta, que no estaba bien muerto. Lanzó otra tía.

Dale che, contá de una vez, que encontraron para darse cuenta que no estaba bien muerto.- Dio el ultimátum, la tía Mary.

El tipo estaba todo arañado y ensangrentado, la ropa  hecha flecos, y había arañazos en la tapa del cajón.  Aparte la cara del tipo quedó como quien muere desesperado y llorando. Que me dicen?

El pequeño M había seguido palabra a palabra todo el relato, primero porque lo atrajo el misterio, y luego porque empezó a imaginarse a él mismo en esa situación. Desde ese día, nunca olvidaría el relato.

A los diez años hizo un pacto de sangre con su primo Sergio, de doce.

El mismo establecía que a la muerte de cualquiera de ambos, el sobreviviente se encargaría de cerciorarse que la muerte del otro fuera realmente absoluta e inmutable.

El sobreviviente tomaría los recaudos científicos necesarios, para llevar a cabo esta misión. Ambos coincidieron entonces que mantener el cajón abierto por veinticuatro horas como mínimo, eliminaba casi por completo cualquier tipo de error, pero suponían también una dificultad tener que convencer a familiares, amigos y vecinos, de tan largo velatorio a cajón abierto.

Luego de conjeturar varias alternativas, se decidieron por dos procedimientos que supusieron confiables y prácticos.

En primer término, el sobreviviente se encargaría durante todo el velatorio y disimuladamente, de pellizcar y punzar con un alfiler el cuerpo de su primo presumiblemente muerto.

Esto lo haría a intervalos de una hora aproximadamente. Observaría atentamente cualquier probable movimiento o gesto de dolor, en el rostro del muerto.

El segundo reaseguro de defunción sería claramente científico.

El sobreviviente convocaría a varios médicos por separado, a dar una opinión respecto al estado del occiso, siendo programado el último control para minutos antes que el cortejo fúnebre inicie su postrer marcha hacia el cementerio.

Durante toda su adolescencia se recordaban a menudo las directivas juramentadas y vivían despreocupadamente.

A los veinte años M cursaba ya el tercer año de Medicina y su primo era un próspero ganadero.

En la madrugada de un viernes de Abril, una tragedia los  sorprendió y cambió radicalmente para ambos, el rumbo de sus vidas.

Sergio murió aplastado bajo un camión, y M quedó trágicamente desamparado y sin nadie que verificara su futura muerte.

Pese a tener ya conocimientos básicos de fisiología y  patología general, a M no le hizo falta eso para darse cuenta que Sergio estaba inmutablemente muerto. Las terribles lesiones recibidas en el accidente, no daban posibilidad a ningún error.

Creyó prudente y respetuoso incumplir con el juramento y obvió por tanto, los pasos de verificación preestablecidos.

Si bien en algún momento mientras lloraba apoyado sobre el ataúd, se le cruzó por la mente el pacto de sangre, no recurrió siquiera ni a un simple pellizcón. Tampoco consultó a médico alguno.

Una duda breve y culposa lo asaltó un instante, en el preciso momento que soldaban el cajón, pero tampoco ahí cambió su decisión.

Dos o tres días después de la sepultura, se tranquilizó completamente al constatar que no habría ocurrido ningún hecho anormal en el ámbito del cementerio.

La vida de M cambió brutalmente desde la muerte de su primo. Habían crecido juntos desde la niñez, y compartieron aventuras y amarguras en los polvorientos y calurosos días de su Chaco natal.

Sergio era su mejor amigo y confidente y la persona a la que más quería. Constituía además por sobre todas las cosas, la persona más importante del mundo, era el verificador de su muerte.

Las noches de M ya no fueron las mismas, despertaba en la madrugada agitado y presa de pánico prendía la luz, se sentaba en la cama y controlaba si la ventana estaba abierta, no importando para esto ni el clima invernal. Era imperioso para M que al despertar percibiera alguna luz, un destello o una salida inmediata al exterior.

Los espacios pequeños y cerrados eran una cárcel y la oscuridad, su cruel verdugo.

Cuando por las circunstancias debía pernoctar en una habitación desconocida, controlaba rigurosamente la ventana de manera tal que esta quedara entreabierta y que a su través, se filtrara una luminosa y tranquilizadora claridad.

Siendo ya médico y en oportunidad de un congreso, compartía una habitación de hotel con dos colegas. El cansancio y el trajín de ese día le había hecho olvidar de los recaudos habituales para estos casos.

A mitad de la madrugada despertó con gran sobresalto y envuelto en una negra y espesa oscuridad. Inmediatamente sintió como una tenaza de acero lo estrangulaba, quería gritar y ni siquiera podía emitir gemido alguno. Desesperado y tratando de salir del pánico, empezó a dar manotazos a su alrededor despanzurrando veladores y otros objetos de la mesita de luz. En medio de ese espanto, creyó ver un hilo de luz en cierta zona y hacia allí corrió no sin chocar y tirar todo a su paso.

La asfixia que M sentía en su cuello era progresiva y aterradora, en este estado se aferró a las persianas de la ventana, tratando inútilmente de separar con sus dedos esas finas tablitas horizontales.

Con ese caos reinante, sus colegas se despiertan asustados y encienden la luz. Incrédulos ven a M en franca y desigual lucha con el ventanal, para separar con sus dedos -tarea de por sí imposible- las tablitas de la pesada persiana. La iluminación del recinto fue el alivio y la salvación para M, y la vuelta a la normalidad y al descanso para sus colegas. Todos volvieron a acostarse, no sin que se abrieran de par en par las ventanas.

Algunos episodios lo dejaban en el mejor de los absurdos, o simple y redondamente en un grotesco ridículo, haciendo peligrar incluso su futuro y sus planes matrimoniales. Así ocurrió una negra noche que pernoctó por primera vez en casa de los padres de una pretendida consorte. Había viajado toda la tarde llegando a destino hacia el anochecer; luego de las presentaciones formales, cena y tertulia, le fue asignado para su descanso como siempre ocurre en estos casos, la piecita del fondo. La mezcla de cansancio y expectativa, agregado a la tranquilidad de haber superado (a su criterio), ese primer test familiar, hicieron que se relajaran sus rigurosas medidas de seguridad. Apenas acostado ya se sumergió en un profundo sueño, del que despertó en medio de la madrugada envuelto en una negritud asfixiante y mortal. Con el pánico del agonizante que está siendo ejecutado, saltó de la cama y con la más aterradora desorientación quedó paralizado en el piso, rodeado de la más absoluta y espesa oscuridad; quería gritar y apenas podía emitir un primitivo gemido gutural, golpeándose con las palmas de sus manos, las regiones laterales de su cabeza y cuello y cada tanto, juntando sus manos en posición de plegaria. Perdido en esa pesadilla quería avanzar y no sabía hacia donde. Como un soldado, daba pasos enérgicos en el mismo lugar, conformando un espectáculo no ya psiquiátrico, sino deplorable. En el exacto centro de la desesperación y en un rapto de sentido común, atinó a batir palmas como único medio a su alcance para comunicarse con el resto del universo. Sin dejar de aullar  inició el palmoteo, maniobra más propia de un deficiente mental,  ya que estos movimientos espásticos y disarmónicos, se hacían con cada batir más enérgicos y suplicantes, conformando un cuadro verdaderamente trágico y grotesco. Era esto, en la esfera de su rudimentario pensamiento, el último y agonizante pedido de auxilio ante una muerte segura. En esta lamentable y bochornosa circunstancia fue visto por su candidata, sus padres y futuras cuñadas, quienes ante semejante barullo habían acudido presurosos en camisones y pijamas a la piecita del fondo. La increíble escena que se les presentó cuando abrieron la puerta y encendieron la luz, los dejó atónitos y sin palabras. Casi al unísono y luego de unos segundos de incredulidad, padres y hermanos dirigieron sus somnolientas miradas hacia la candidata, como interrogándola, como acusándola del porque de haber  traído semejante loco a casa.

Con el paso del tiempo, las precauciones de M eran cada vez más estrictas.

No viajaba en avión, subte o ascensor. En autos de dos puertas jamás se sentaba en el asiento trasero. No dormía en piezas sin ventanas. Nunca zambullía. Los recintos asimétricos y el desorden lo agobiaban.

En las salas de cine, prudentemente ocupaba las butacas del fondo, provisto siempre e indefectiblemente, de una linterna de mano.

Y así transcurría esa existencia gris, llena de estrictas medidas y precauciones, hasta que un día conoció a una mujer que parecía haber nacido para amarlo solamente a él. En esa fugaz circunstancia, sintió que lo comprendía plenamente, que entendía y aceptaba todos sus vicios, manías y obsesiones, pero el destino le deparaba una sorpresa.

Ella era agorafóbica y la única noche de pasión, se consumó en el umbral de la puerta.

Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados

Del libro "Mundo Neurótico"

  

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