Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cuentos y Relatos infantiles.
El sonámbulo y La Muerte

Cuento infantil (del libro Cuentos de Terror para Franco vol.2)
Mi primo Sergio era sonámbulo, y cada vez que me acuerdo de sus ataques, a veces me da risa, y otras tristeza, la verdad es que ser sonámbulo, no es nada divertido.
Cuando empezó con los ataques de sonambulismo, a los diez u once años, no podía acordarse de lo que le ocurría, y siempre nos enterábamos por su mamá o sus hermanos, pero después de esa edad, ya podía relatar con todos los detalles cada vez que le daba un ataque, y para mí, eran los cuentos más fantásticos y terroríficos que podía escuchar.
La verdad es que yo presencié solamente uno de sus ataques, el que le dio una siesta de domingo. Ese día habíamos vuelto de una pesca en El Puerto y pienso que ese ataque le dio por todas las cosas que nos ocurrieron ¡más yeta no podíamos haber tenido! Salimos del Puerto a la mañana, en nuestro sulky, cansados y mal dormidos, los hermanos Barrero y yo, y a eso de las diez más o menos, veníamos al trotecito, de repente, el caballo pegó un corcoveo y unos relinchos y quedó desbocado, como loco. Todos nos pegamos un flor de julepe, Coco tiraba de las riendas para frenarlo, y Sergio y yo nos queríamos tirar del sulky y en eso, ¡al suelo todo el mundo! se cayó el caballo en la cuneta, tumbó el sulky y fuimos a parar a un charco los tres juntos. El pobre animal empezó a temblar, vomitaba y pataleaba, y todos estábamos muy asustados. Recién ahí nos dimos cuenta que se estaba muriendo el noble caballito, y enseguida se murió del todo nomás. Nos dio mucha pena, porque era muy bueno y guapo, fue una lástima que estuviera tan viejo.
Salimos del charco todos embarrados, desenganchamos el sulky y acomodamos un poco las cosas, entonces Coco, en su condición de hermano mayor y jefe de la expedición, nos dijo que teníamos que ir hasta la casa a buscar otro caballo,
-¡¡¡¿A pie hasta la casa?!!! –gritó Sergio.
-No hay otro remedio –le contestó Coco.
Nos queríamos morir, porque la casa quedaba a unos quince kilómetros, y si queríamos acortar camino, había que atravesar montes, esteros y pajonales. Ahí nomás emprendimos la caminata entrando en un monte, muertos de hambre y con sueño, cada tanto hablábamos un poco, después maldecíamos contra el caballo y contra Coco, y otras veces, caminábamos un largo trecho en absoluto silencio.
La cosa es que después de esa travesía de tres o cuatro horas, llegamos a la casa, y ahí el tío Luis, el papá de Sergio, mandó un peón a caballo a rescatar a Coco y al sulky.
Habíamos llegado arrastrando las patas, con todo el cansancio de los tres días de pesca, el julepe con el caballo muerto y encima esa terrible caminata; la tía Isabel nos sirvió un guiso de arroz y nos comimos tres platos, después nos acostamos a descansar. Sergio se acostó en su pieza y yo en un catre en el patio, debajo de un paraíso. Al rato me despertaron unos gritos y golpes. Escuché que Sergio gritaba que no lo maten y que le sacaran esas cosas que tenía en la cabeza… pero lo único que tenía en la cabeza ¡eran sus pelos! Yo me senté en el catre y medio dormido vi que salía corriendo y gritando, y detrás de él, su mamá y su hermana. Lo alcanzaron cerca del corral, y no paraba de llorar y dar manotazos. Ellas lo acariciaron y le dijeron que volviera a acostarse, hasta que después de un rato lo convencieron y lo llevaron de vuelta a la cama. Me acuerdo que mi tía siempre decía que a un sonámbulo no hay que despertarlo de golpe, porque puede quedar tonto para siempre o morirse del susto. Porque cuando a las personas les da el ataque de sonambulismo, es como si estuvieran viviendo otra vida.
La cosa es que Sergio durmió toda la tarde y la noche. Cuando se despertó no se acordaba absolutamente de nada.
Y así como esta situación, le ocurrieron otras cuantas más según contaban sus familiares, algunas eran muy graciosas, otras medio peligrosas. Hasta que un día Sergio me empezó a contar de sus ataques. Me dijo que no sabía si eran cosas que hizo siendo sonámbulo, o si eran pesadillas. Estaba muy afligido porque sus padres no le creían. Le decían que solo eran malos sueños, que no hiciera caso, y que no comiera tanto de noche, ni hablara de cosas raras, que con eso, iban a desaparecer esas pesadillas.
Él tenía miedo de lo que le pasaba, porque estaba seguro que no eran sueños ni pesadillas, sino que se levantaba y sonámbulo recorría el corral o la chacra, o lo que es peor, a veces iba hasta el cementerio que estaba a unos quinientos metros. Lo primero que me contó fue de algunas noches en las que anduvo por el corral y el gallinero. Los animales estaban tan acostumbrados a verlo, que no se asustaban con su presencia, ni las vacas, ni los terneros, ni las gallinas, ni los gansos, y eso que estos son los animales más bochincheros que hay. Otras noches dijo que no solamente se paseaba por la chacra de algodón, sino que llegaba hasta el cañaveral.
Después yo me di cuenta que se puso más serio y nervioso, y ahí me empezó a contar lo que más lo atormentaba. Me contó que una noche de luna, con mucha cerrazón, salió de su casa y caminó hasta el cementerio. Entró y recorrió los caminitos entre tumbas y panteones. Recordó que había mucha gente caminando por esos senderitos, algunos estaban sentados sobre las tumbas y otros parados. Nadie hablaba. Él tampoco.
En ese instante le dije que estaba muy loco, o muy borracho para haber soñado eso, pero el ni siquiera se sonrió, y muy serio me dijo que eso no era nada, y me empezó a contar otra cosa más terrorífica todavía, una cosa que me puso la piel de gallina. Juro que hasta ahora me da escalofríos cuando recuerdo ese relato.
Me contó que a la madrugada siguiente se levantó y volvió al cementerio. Entró y empezó a caminar. Había mucha neblina y estaba fresquito. De repente se le apareció una figura nueva, era alta, con una capa negra muy ancha y larga, como la que usan los monjes, con una capucha que no le dejaba ver la cara, ni siquiera la nariz. Lo único que podía ver era su mano, que no tenía carne, era solo hueso, y en ella llevaba una guadaña.
-Soy La Muerte –le dijo la figura negra.
Y Sergio me juró que no sintió miedo ni nada, simplemente se quedo parado mirándola, sin siquiera poder hablar. Quería preguntarle cosas pero no le salía la voz, y La Muerte parecía adivinarle los pensamientos.
Sergio pensó que lo iba a matar.
-No te preocupes, no te haré nada –le contestó el espectro.
Sergio pensó que estaba soñando o que estaba muerto.
-Estas en el límite de la vida y la muerte, y desde ese sitio puedes ver muchas cosas.
Sergio pensó que había llegado la hora de su muerte.
-Todavía no es tu hora, pero si quieres saber a la edad en que morirás, solo piénsalo y te responderé.
Sergio se dio cuenta que todos sus pensamientos eran contestados por La Muerte, y entonces no quiso saber nada más, empezó a asustarlo la idea de saber todo sobre su futuro.
Pero Sergio no pudo frenar un pensamiento, y pensó en quienes serían todas esas personas que se paseaban por el cementerio.
Y La Muerte respondió,
-Esas son las almas de muertos, que todavía están en la tierra, y que ni siquiera saben donde irán a parar. Y ahora quiero mostrarte algo.
Y Sergio siguió a La Muerte hasta una tumba que estaba cerca del tejido. El espectro abrió la tumba y con su guadaña, de un solo golpe, levantó la tapa del cajón. Ahí se vio el cuerpo de un hombre que le pareció conocido…¡era don Gilberto Casco! un hombre que había muerto hacía tres días, un tipo antipático, malo como la peste, que tenía mucha plata y que si te prestaba, seguro que terminabas en la calle, porque siempre había que entregarle las chacras y animales para pagar los intereses. El tío Luis siempre decía que ese tipo era un prestamista estafador.
Y La Muerte volvió a hablar,
- Este tipo era un sinvergüenza, que hizo sufrir a mucha gente solo para tener cada vez más plata, pero lo que no sabía, es que esa plata no le serviría de nada, ni siquiera para salvarlo de esto, y con un rápido movimiento, La Muerte le encajó un guadañazo y lo descabezó. La cabeza voló por el aire y cayó a un costado. Luego tapó el cajón y la tumba y agarró la cabeza de los pelos. Después caminaron.
Fueron hacia el fondo del cementerio y casi en la esquina, La Muerte le mostró un lugar en la tierra, era una especie de círculo donde se notaba que la tierra estaba floja, como removida. La Muerte empezó a escarbar con su guadaña, hasta que hizo un pozo de medio metro de hondo, y ahí empezaron a aparecer...¡otras cabezas sueltas!
La Muerte habló de nuevo,
-En este lugar, entierro las cabezas de las personas que irán al Infierno. Desde aquí ya están en manos del Diablo, y poco a poco, esas cabezas van hundiéndose en la tierra, hasta llegar a un río profundo y entrar en los círculos del Infierno.
Sergio pensó, si el Diablo y La Muerte no serían la misma cosa.
-No –respondió La Muerte-. Solemos andar juntos, pero no somos la misma cosa.
Luego La Muerte, agarró la cabeza y la tiró en el pozo y empezó a taparla hasta emparejar la tierra nuevamente.
Cuando terminó de alisar el piso, volvieron a caminar entre las tumbas y a conversar, o mejor dicho, Sergio pensaba y La Muerte contestaba. Cuando ya estaban cerca de la salida, Sergio vio una figura diferente a todas las demás, parecía una persona real, de carne y hueso. Cuando se acercó un poco más lo reconoció ¡era Quelito Paredes! un muchacho del lugar de unos veintipico de años, y con una terrible deficiencia mental, pero que era capaz de reconocer a las personas y hasta podía llamarlas por su nombre. Sergio vio que Quelito movía la boca, reía y gesticulaba, pero él no podía escuchar nada y tampoco podía hablar, entonces habló La Muerte,
-En este estado no podrás escuchar ni hablar a ningún ser vivo. El tampoco puede verme ni escucharme.
Y el pobre Quelito seguía gesticulando y le hablaba, y lo tomaba del brazo a Sergio, como queriendo llevárselo.
-Ya puedes irte –dijo La Muerte y se quedó parada en el medio de un caminito, envuelta en la neblina, donde la luna le daba de lleno y parecía agrandar su fantástica figura, haciendo brillar el filoso hierro de su guadaña.
Sergio no quería pensar en eso, lo invadía la desesperación y se esforzaba por pensar en cualquier otra cosa, hasta que finalmente no pudo más y pensó. Pensó...en cuanto faltaría para su muerte.
-Morirás a los veintiún años –dijo La Muerte y se alejó caminando entre las tumbas.
Y sin darse cuenta, Sergio empezó a llorar, y a caminar con Quelito que lo agarraba de un brazo, gesticulaba y reía.
Desde ese momento, Sergio me aseguró que no se acordaba de nada más, no sabía como llegó a su casa, ni que hizo Quelito, ni nada, y que este mismo relato le había contado a sus padres, pero estos le dijeron que fue simplemente un mal sueño y que pronto olvidaría todo. Entonces Sergio, más preocupado por él mismo que por hacer creer el relato a su familia, un día buscó a Quelito, lo trajo hasta su casa y delante de sus padres le preguntó,
-Quelito, contales que me encontraste la otra noche en el cementerio...
Y Quelito, que reía con la risa de los tontos, gesticulaba y se apretaba con todas sus fuerzas las dos manos juntas bajo el mentón, respondió,
-Iiii… Keko etaba nel cementerio….
Y los padres de Sergio y sus hermanos lo miraban a Quelito, y luego a él, y casi a coro le respondieron,
-Como le vas a creer, él va a decir cualquier cosa, hasta te puede decir que te vio volando. No pienses más en eso.
Y Sergio que no terminaba de convencerse, lo llevó a Quelito afuera, y allí cerca del galpón, le prometió que le daría plata para el vino si decía la verdad,
-¿Me viste o no me viste en el cementerio? decime la verdad, si no me viste igual te voy a dar la plata.
-Iiii… vo etaba nel cementerio…
Y a Sergio lo invadió la angustia y el miedo, y lloró de nuevo.
Su vida empezó a cambiar, y tenía miedo a la muerte. Toda esas cosas le hacían dudar de si fueron ataques de sonámbulo o pesadillas, ya no sabía a quien creer. Por suerte en los ataques que tuvo después, ya no andaba por el cementerio ni se encontraba con La Muerte, pero la duda que siempre rondaba su cabeza, era saber si esas cosas las soñaba o las vivía como sonámbulo.
Ahora, que han pasado más de treinta años de aquellos relatos de mi primo, yo pude saber con mucha tristeza que decía la verdad, cuando contaba los ataques y sus conversaciones con La Muerte.
Pero Sergio ahora ya no está y yo lo sigo extrañando, murió en la madrugada de un veintiuno de Abril, cuando apenas tenía veintiún años.
Autor: Hugo Mitoire - Reservado todos los derechos
Una lección de dignidad

Una de las cosas que aprendí de chiquito, fue entender que era el asunto de la dignidad. Es una cosa sencilla, es hacer que respeten tus derechos y valores, y no dejar que venga uno y quiera hacer lo que se le da la gana con vos.
La mejor lección de eso me la dio mi papá, sin que la lección hubiera estado preparada o estudiada ni nada, solo que ocurrió un hecho y ahí entendí yo solito, de que se trataba.Yo tendría nueve o diez años y vivíamos en La Leonesa, y por ese entonces mi papá compraba pomelos que después llevábamos a Saladas en la provincia de Corrientes, allí los vendía a las fabricas de jugos como la Pindapoy y otras. Para mi era maravilloso ver como se llenaba todo el patio de mi casa de montañas de pomelos y lo más lindo era cuando había que cargar el camión y clasificar los pomelos podridos de los sanos, porque ahí aprovechábamos cuando mi papá no nos veía y nos agarrábamos con mis hermanas a los pomelazos limpios con los que estaban podridos.
Pero lo más lindo venía después, cuando mi papá contrataba un camión, lo cargábamos y partíamos hacia Corrientes, a mi me encantaba ir escuchando la conversación entre el camionero y mi papá, hablaban de futbol, del gobierno, de los paisajes y de muchas cosas más, yo también opinaba de vez en cuando; y el momento más emocionante del viaje era cuando llegábamos al Puerto Antequeras, que está sobre el Río Paraná frente a la ciudad de Corrientes, en ese entonces no había puente, así que para pasar al otro lado, todos los vehículos debían hacerlo en balsas o barcazas, y la gente que andaba a pie, en el vaporcito ¡que vida aquella, que emocionante estar esperando para subir a un barco!. Algunas veces también, mi papá mandaba al camionero solo hasta Saladas y nosotros nos íbamos en colectivo, luego cruzábamos en vaporcito, y en Corrientes otra vez en colectivo hasta Saladas. Una vez me acuerdo que paseamos unas horas por esa ciudad, que era grandísima y hermosa, y mi papá me compró un blaizer azul y un cinto supermoderno con una hebilla con la palabra Lee, ¡apenas me compró ya me puse las dos cosas, a pesar de que no hacía un pito de frío!.
Bueno la cosa era que después que llegábamos a Saladas, mi papá recorría una por una las fábricas, a ver a quien le vendía la carga, a veces nos quedábamos dos o tres días, hasta que se vendía y cobraba y todo el papeleo, ¡y eso era lo más lindo porque nos quedábamos en un hotel!, ahí te servían el desayuno con manteca y mermelada, la comida era riquísima y te hacían la cama y uno podía sentarse en las galerías o el patio lleno de plantas y pajaritos, ¡que vida emocionante!. Así transcurría toda la aventura de los pomelos y terminaba cuando volvíamos a mi casa, con algunos regalos para todos los que se quedaron.
Pero una vez la cosa no fue así, una vez todo salió para el lado de los tomates. Salimos con el camión lleno de pomelos y ya en Saladas mi papá salió a hacer su recorrida por la fabricas, al mediodía vuelve con cara de un poco afligido y me cuenta a mi y al camionero que ninguna fábrica quería pagar más de veinte centavos el kilos, cuando el precio en realidad estaba en casi sesenta centavos ¡que desgraciados los dueños de las fábricas!, lo peor era que se habían puesto de acuerdo para embromarles a todos los que llevaban a vender sus pomelos. Los tipos eran muy vivos, porque sabían que una vez que llegaste hasta Saladas con los pomelos, no te ibas a volver a tu casa con toda la carga porque no serviría de nada, entonces tendrías que venderlos a cualquier precio.
-¿Y a quien le va a vender Don Félix? -le preguntó el camionero a mi papá.
-A ninguno. -le contestó
-...Pero ¿y que vamos a hacer con toda la carga...? -volvió a preguntar
-Nos volvemos con la carga, pero yo a estos desgraciados, negreros y explotadores no les voy a regalar ni un solo pomelo ¡que se vayan al diablo! (bueno en realidad no dijo diablo, dijo otras palabras muy feas que no me animo a escribirlas).
-...Pero Don Felix, vamos a perder toda la carga, por lo menos si le vendemos por el precio que sea, salvamos los gastos...-volvió a implorar el camionero.
-Vos quedate tranquilo, que el viaje te lo voy a pagar hasta el último centavo, pero yo no voy a hacer lo que esos abusadores quieren, conmigo no van a joder.
Yo presenciaba la escena y el diálogo con mucha angustia y tenía ganas de llorar y de ir a darle unos garrotazos a los dueños de las fabricas, porque sabía lo importante que era para nosotros vender esos pomelos, o aunque sea salvar los costos de todo el viaje, pero también comprendía que lo que decía mi papá era justo y hasta me parecía sentir que con su actitud, había una especie de triunfo sobre esos desgraciados dueños de las fábricas, algo así como que si no le entregábamos los pomelos, no tendrían con que hacer jugos y mermeladas, y a la larga se fundirían.
La cosa es que al otro día emprendimos el regreso con todo nuestro camión lleno de pomelos, casi no hablamos en todo el viaje, y más o menos a la altura de Empedrado, mi papá le dijo al chofer que pare y que se meta en un terraplén que había al costado de la ruta, y allí el camionero puso su camión medio empinado, abrimos las puertas y empezó a caer la catarata de pomelos. A mi se me hizo un nudo en la garganta, pero aguanté, el camionero tenía cara de chinchudo, y mi papá creo que se sentía triunfante, y mientras caían las frutas se acomodó el sombrero y parece que les habló a los señores de las fábricas,
-¡Vengan ahora a buscar los pomelos acá, hijunagransietes! ¡yo les voy a dar ladrones hijos de mala madre! (aquí otras vez dijo palabrotas muy feas)
El asunto que cuando llegamos a La Leonesa, mi mamá y mis hermanos nos esperaban con mucha alegría, porque creían que traíamos regalos, plata y comeríamos milanesas, bifes o estofados, pero cuando les contamos lo que pasó, la alegría se les fue rapidito.
Por algún tiempo más seguimos comiendo arroz o fideos guachos, pero yo aprendí para siempre como se defiende la dignidad, y me sentía muy feliz con lo que había hecho mi papá.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados
Del libro “Cuando era chico”
La guerra

Cuando era chico, una de las cosas que más me gustaba era jugar a la guerra. A la guerra, a los pistoleros, a los asaltantes o a cualquier cosa, siempre y cuando hubiera tiros, bombas y granadas.
El lugar más fantástico era la casa de mi abuelita Rufina, en Costa Iné ¡que días aquellos! ¡meta plomo todo el día!. Mi abuelita vivía en el campo, y había muchos galpones de algodón, estufas del tabaco, gallineros, corrales, arboledas, mogotes, chacras, acoplados abandonados ¡que lugar maravilloso!. Lo más lindo sucedía cuando estábamos de vacaciones, porque ahí jugábamos todo el día y todos los días. Muchas veces ligaron unos balazos los pobres peones, que no tenían nada que ver con la guerra.
A veces yo era soldado, otras cowboys y en ocasiones asaltante, pero siempre armado hasta los dientes.
Si había que comandar un pelotón, siempre hacía de capitán o teniente como mínimo, y mis hermanas, primos y otros guerreros, eran simples soldados rasos o reclutas. A veces cuando estaba buenito, nombraba cabo o sargento a alguno de ellos. Para estas batallas solía armarme con fusil, pistola y puñal, además de algunas granadas, radio y largavista. Nosotros siempre hacíamos de ejército ruso, porque mi papá decía que en la segunda guerra mundial, el pueblo más valeroso y heroico fue el ruso, y porque fue el que más muertos tuvo de todos los países que pelearon ¡veintidós millones de muertos!. En cambio los norteamericanos, fueron los más piolas como siempre, y el país que menos muertos tuvo.
Si era un cowboys, me gustaba hacer del Llanero Solitario o Jim West, y me armaba con dos revólveres con cartucheras y cananas, y un pequeño cuchillo escondido en la media, de esta manera si me atrapaban y me ataban, yo cortaba la soga en el cuchillo escondido.
Cuando hacía de asaltante, me armaba simplemente con una pistola.
A mi me encantaban las armas, y con mis hermanas éramos los fabricantes de todo el armamento que utilizábamos en las batallas. Hacíamos fusiles, bazookas, ametralladoras, pistolas y cuchillos. Las hacíamos de madera combinando con algunos restos de otras cosas, por ejemplo, latitas, cañitos de plásticos o hierro, o cualquier chirimbolo que se adaptara a nuestros objetivos.
Muchas veces dormía con una pistola bajo la almohada, por las dudas que me atacaran de noche. Y apenas me despertaba, me ponía la pistola en la cintura y me iba a cepillar los dientes y a desayunar, pero mirando de reojo para todos lados, a ver si en una de esas el enemigo estaba en el baño o en la cocina. Yo siempre estaba en alerta máxima y caminaba con los brazos un poco separados del cuerpo, y con cara de malo, como para asustarlos si nos mirábamos.
La mayoría de las veces cuando jugábamos a la guerra mundial, lo hacíamos contra enemigos invisibles ¡que es lo más peligroso que hay!, porque los tipos pueden estar en cualquier lado. Es muy embromado combatirlos y apenas te descuidas te meten balas y granadas que hacen volar todo. Además son muy hábiles en preparar emboscadas. Estos enemigos me hirieron en algunas batallas y muchas veces mataron a varios de mis soldados.
Otra cosa importante era el ruido de los tiros o granadas. Yo siempre daba las instrucciones a mis soldados de cómo había que disparar según el arma que tenían.
Si usaban fusil, el ruido debía ser,
- Pugs! pugs! pugs!
Si era pistola,
- Bang! bang! ¡bang!
Si era ametralladora,
- Tatatatatatatatatatata!
Si era bazooka, primero el disparo, seguido de un largo silbido, hasta que el proyectil explotaba,
- Tucs! , iiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuu....puuuggggsssss!!!
Si tiraban una granada, primero había que hacer el chasquido de cuando se quita el seguro,
- Chic!
Y luego de unos segundos de silencio venía el estruendo
- Tuufffsssss!
Guay! al que hacía otro ruido que no correspondiera al arma utilizada, ahí nomás lo arrestaba y ordenaba que lo ataran a algún árbol, por pavo y para que aprenda a manejar las armas como se debe.
Una vez, en una de las batallas más largas y sangrientas que tuvimos, luchamos desde las ocho de la mañana hasta el mediodía. Teníamos que tomar un galpón en manos de los alemanes, que eran unos doscientos. Fue terrible, porque primero bombardeamos con bazookas y granadas, y luego le metimos balas con fusiles y ametralladoras ¡pero se nos terminaron las balas y tuvimos que pelear cuerpo a cuerpo!. Yo ligué una puñalada en el hombro, pero pude seguir peleando. Mi hermana Laura murió en el asalto final, y la otra quedó media tonta porque le pegaron un culatazo en la cabeza (bueno pero ella ya era media tonta así que no se le notaba casi). La cosa es que los liquidamos a todos ¡matamos doscientos nazis en una mañana!.
Pero los tipos más embromados, los más terribles para la lucha, eran los japoneses ¡que lo tiró!, esos tipos son durísimos, no había forma de matarlos de un solo tiro, había que encajarle una buena ráfaga o hacerle comer una granada sin el seguro. Contra ellos tuvimos varias batallas. Una vez nos enfrentamos en un mogote donde nosotros teníamos nuestra base y nos atacaron una siesta. Era un grupo comando, unas verdaderas fieras asesinas. Serían unos cuarenta más o menos ¡pero peleaban como si fueran doscientos!. Yo tenía mi cuartel general entre las ramas de un aromito y desde ahí dirigía la batalla. Era tan encarnizada la lucha, que perdí a muchos soldados y tuve que pedir a poyo a tres pelotones aliados invisibles, y que por suerte llegaron justo cuando ya quedábamos solo tres defendiendo el mogote, mi hermana Mirta que tenía su posición en una trinchera con una ametralladora pesada, mi primo Coco que manejaba una bazooka en la orilla del tajamar y yo que daba las órdenes. Bueno, al final con la ayuda de los pelotones aliados logramos liquidarlos a casi todos. Solo quedaron vivos cinco de ellos, que encima no se querían rendir, y se entregaron cuando ya no tenían ni cascotes para tirarnos. Yo hablé por radio con el comando general y me dijeron que disponga de los prisioneros, entonces ahí nomás ordené que los fusilen. A estos tipos no hay que facilitarles, te descuidas, se escapan y arman otro pelotón y te atacan de nuevo. A llorar a la cruz mayor viejo. Lo siento mucho por las viudas y los hijitos que habrán dejado, pero la guerra es así. Además nunca fui de la idea de tomar prisioneros. Para mi el mejor enemigo, era el enemigo muerto, y por eso hacía fusilar a todos los que capturábamos. Ese día también ordené algunos ascensos, por el valor demostrado en el campo de batalla. A mi primo Coco lo ascendí a Cabo y a mi hermana Mirta a Sargento Primero. Yo me ascendí a Coronel.
Yo pienso que todos los chicos deberían jugar a la guerra, deberían ser buenos soldados con armas de juguetes, tirar muchísimos tiros de mentira y pelear cuerpo a cuerpo contra terribles enemigos invisibles, porque sino, si un niño no aprende a usar todo tipo de armas, a meter balas a diestra y siniestra; entonces cuando ya es un grandote le queda el trauma de no haber jugado ni tirado un solo tirito y ahí le vienen las ganas de ponerse a pelear. Y estas personas son las más crueles y peligrosas que puede haber, las que de chico nunca jugaron a la guerra, las que no se sacaron las ganas.
Yo me di cuenta que ya no me gustaban las armas, cuando entre al Servicio Militar, porque ahí te daban armas de verdad, de las que salen balas de plomo y matan. Yo no quería hacer el Servicio Militar, pero te obligaban, porque a algún presidente se le había ocurrido que teníamos que aprender a matar. Por suerte hoy eso ya no existe.
Un chico que no juega a la guerra y no se saca las ganas, cuando es grande puede transformarse en un hombre malo que golpea a sus hijos o a su mujer; o en un criminal que mata a algún inocente; o puede transformarse en un policía y matar a otro inocente; o lo que es muchísimo peor... puede transformarse en presidente y declarar una guerra.
Por eso mi consejo es, ser buenos guerreros hasta los doce o trece años. Meta plomo todo el día. Más de esa edad no conviene. Queda muy ridículo por ejemplo, que un hombre grande de traje y corbata, ande escondiéndose atrás de un pila de ladrillos o en los caños de las alcantarillas con una pistolita de plástico. Tampoco la pavada.
Metan tiros todos los días, así para cuando sean grandes, se le habrán terminado las balas.
Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados
Del libro "Cuando era chico"

