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Cuando era chico - Vol.2

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Amor de carnaval

 

*

“…Así como las personas que mueren en su plenitud nos ahorran el recuerdo de su vejez, los amores interrumpidos abruptamente siguen viviendo en nuestro corazón no como brasas agonizantes, sino como horrorosas llamas que queman cada noche…

No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los amores que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o  a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión…”

Elogio del Amor Inconcluso (Crónicas del Ángel Gris)

Alejandro Dolina

*

Yo tuve mi primera novia a los catorce años.

Esa sí que fue mi novia verdadera, porque la acompañé una noche hasta su casa, la tomé de la mano y alcancé a darle un beso. Todas mis novias anteriores, eran así nomás, o sea que nos mandábamos cartitas o nos mirábamos en los recreos, o yo hacía unas pasaditas en bicicleta por la casa solo para verlas. Claro, eso era cuando yo estaba en la escuela primaria.

Y así es la cosa. Uno va aprendiendo desde chico. A mi primera novia verdadera la conocí en un baile de carnaval en el Club Solari. Me acuerdo como si fuera hoy, porque fue además, la primera vez que bailaba con una chica en un club. Tengo que aclararles que no era un principiante en asuntos de bailongos, pero hasta ahí, mis únicas actuaciones como bailarín habían sido en cumpleaños en casas de compañeros de la escuela, pero esto ya era otra cosa, esto ya era para gente grande. Y yo ya me sentía una persona grande.

Era la penúltima noche de carnaval. Yo por supuesto, no me perdía ni una sola de esas mágicas y maravillosas noches de: “Los bailes carnestolendos del Club Capitán Solari”. Eso ya lo hacía desde los diez años, pero en ese entonces no andaba buscando novia ni queriendo bailar con nadie, apenas si me paraba al costado de la pista para ver y escuchar tocar a la orquesta, o maravillarme viendo bailar a Luciano Vallejos (y de paso iba aprendiendo algunos pasitos).

Todo ese aprendizaje era muy importante, porque poco a poco iba observando el movimiento general en un baile, cómo había que pararse, cómo acercarse e invitar a bailar a una chica, cuándo era el momento oportuno para hablar, qué tipo de música era apropiada para bailar sueltos o juntos, en fin, las cosas que debería saber cuando fuera un verdadero muchacho.

Y en carnaval, una cosa fundamental era el disfraz. Si uno quería impresionar a una chica no podía ir disfrazado de mono o de payaso; tenía que disfrazarse de algún personaje heroico o muy impactante. A los bailes de esa época casi todos iban disfrazados, tanto las chicas como los muchachos. Las chicas muy lindas sólo se ponían un antifaz con una pluma en la cabeza y un lindo vestido. Las feas, llevaban disfraces completos, sobre todo una máscara que les cubriera toda la cara. La mayoría de los muchachos se disfrazaban de cowboys, con muchos flecos en los bordes del pantalón y mangas de camisa (era el disfraz que más les gustaba a las chicas); cananas y cartucheras con uno o dos revólveres. Otros se disfrazaban de indios, gauchos, monos, fantasmas, diablos, etc.

Esa noche yo estaba disfrazado de El llanero solitario, o sea camisa y pantalón de color celeste, sombrero blanco y un antifaz negro, flecos de papel crepé –también de color negro– , en los bordes del pantalón y mangas de camisa. Recuerdo que serían las dos o tres de la madrugada, y yo andaba dando vueltas alrededor de la pista, para ver a quien podía invitar. ¡Tenía unas ganas locas de bailar! Ya me sentía totalmente capacitado para lanzarme a la pista. La macana era que presentía que no había muchas expectativas, porque en esa época, las chicas iban a los bailes recién a partir de los quince años, y a una chica de quince años no le gustaba bailar con un chico menor que ella ¡Qué rabia que me daba eso! Además, por más disfraz, creo que se me notaba a la legua que era un adolescente.

Pero igual, yo andaba a puro cabezazo limpio de aquí para allá. Para invitar a bailar a una chica, era costumbre que primero se le hiciera una seña con la cabeza a la elegida, y si ella decía que sí (también con la cabeza) ahí uno iba hasta la mesa y luego los dos a la pista. Esa noche ya me dolía la nuca de tantos cabezazos y nada. Nadie me daba cinco de bolilla. Para hacerme el serio –y parecer más grande– luego del cabezazo, me sacaba el sombrero en señal de saludo y respeto. Pero todo era en vano, ¡y yo me moría de ganas de bailar! porque justo estaban tocando temas de Credence y de los Rolling, ¡que injusticia andar así!

Hasta que de pronto la vi. Una mascarita verde. Estaba sentada al lado de una señora mayor y de otra chica. Era una morenita; con un vestido cortito y sin mangas, de color verde con lentejuelas, un antifaz del mismo color, una vincha negra muy finita y una pluma blanca al costado de la cabeza completaban su disfraz, ¡era una verdadera princesa! Tenía el pelo corto con flequillos y su carita por debajo del antifaz era perfecta, ¡hasta hoy la recuerdo! Apenas la miré quedé medio turulato, ¡y justo ella también me miró! Ahí nomás le mandé un cabezazo y también me saqué el sombrero y la saludé ¡y me dijo que sí! ¡Qué emoción tan terrible me agarró en ese momento! Primero dudé si no le habría dicho que sí a otro, y miré para atrás y a los costados, pero no había nadie. Profundamente trastornado me acomodé las cananas y los revólveres y caminé hacia su mesa, creo que atropellé unas cuantas sillas en el trayecto ¡pero a mí que me importaba, yo estaba encandilado y me acercaba mirando sus ojos, que se veían misteriosos a través de los agujeros del antifaz!

Cuándo llegué a su mesa se levantó ¡y me sonrió! No podía creer en tanto éxito y tanta felicidad. Caminamos hasta la pista y empezamos a bailar sueltos. Yo para impresionar, trataba de imitar algunos pasitos de Luciano Vallejos, y estaba seguro que bailar así, disfrazado de El llanero solitario, debía impresionar mucho más.

Cada vez que la orquesta terminaba una canción, se hacía un pequeño descanso y todos los que bailaban se quedaban parados y hablaban un poco. Era costumbre que las mascaritas hablaran distorsionando la voz, para que no le descubrieran la identidad. Yo en este caso decidí usar mi voz normal, pero en realidad no sabía qué decir y me sentía incómodo. Entonces me paraba con las manos apoyadas en las culatas de mis revólveres y miraba para arriba, hacia las luces, las guirnaldas, o para los costados mirando entre la gente, como buscando a alguien. Luego de la cuarta canción me animé a hablarle,

–Ehh… ¿Cómo te llamás?

–Marina –me dijo con la voz más dulce que jamás hubiera escuchado.

–Ah…

Y ahí justo ya empezó otra canción ¡que suerte! Sino tenía que seguir hablando.

Después de un buen rato, comenzaron con las canciones lentas, que son para bailar juntos. Empezamos a bailar, y yo la pisé algunas veces; me preguntó si sabía bailar, y le respondí que por supuesto que sí, pero no sé si me creyó.

Bueno, la cosa que después de más de media hora me dijo que ya se tenía que ir, porque su tía y las otras chicas que estaban en su mesa, le estaban haciendo señas para irse. Le pregunté si la podía acompañarla hasta la casa. Me dijo que sí (…)

 

Fragmento del cuento Amor de carnaval

Editorial-Librería De La Paz – Resistencia - Chaco                          

Reservados todos los derechos

Cuando era chico - Vol.1 (Acá va un cuento)

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A mis pequeños y jóvenes lectores (y también a los grandes) les comunico que a partir de la primera semana de julio, estará en circulación mi nueva obra literaria (la 10ma.), en esta oportunidad se trata de un libro de cuentos y relatos de aventuras, humor y melancolía. Sí, sí, como lo leyeron, nada de terror por ahora, sino textos para recordar aventuras de niños, algunas un poco tristes y otras bastante divertidas. Este libro será presentado en la XXXIII Feria Provincial del Libro de Misiones, a llevarse a cabo en Oberá desde el 3 al 11 de julio. No lo olviden, y apenas se seque la tinta de la imprenta, vayan corriendo a comprar el libro y espero que les guste.

Acá va un cuentito:

 

El héroe

Yo siempre quise ser un héroe. No digo como San Martín o Belgrano, pero si aunque sea algo más sencillo, como por ejemplo tirarme sobre algún niño pequeño en el momento justo en que está por ser atropellado por un auto, y salvarlo; o llegar justo cuando cinco grandotes están por pegarle a uno chiquito que está solo, y empezar a repartir piñas y dejarle los ojos en compota a los cinco atacantes; o ayudar en la prueba de matemáticas a la compañerita más linda del grado, que no sabe ni sumar y que con nuestra ayuda se saca un diez. Pero no, ninguna de estas cosas me ocurrió cuando era chico, para empezar, donde yo vivía pasaba un auto cada muerte de obispo, así que no podría atropellar a nadie; yo era muy miedoso para pelear y de matemáticas no sabía ni jota.

¡Cómo envidiaba al abanderado y sus escoltas! porque a ellos todos los miraban en los actos patrios, y además los nombraban por los parlantes,

-Y recibimos con un fuerte aplauso a la bandera de ceremonia, a su abanderado el alumno Fulanito de Tal y lo escoltan la alumna Menganita de Tal y Zutanito de Tal.

Y yo allá en el medio del montón en el anonimato total y muerto de envidia.

Una vez, en segundo grado participé por única en vez en mi vida, en una obra de teatro en el patio de la escuela. Era la fiesta del veinticinco de mayo, y esa obra duró unos veinte minutos. Mi papel creo que fue el más insignificante de todos los que actuamos, con una duración de diez o quince segundos. Toda mi actuación se reducía a pasar -en un determinado momento- por el costado de la escena y sacándome la galera gritar,

-¡¡¡Y no lo serán nunca más!!!

Eso fue todo. Esa fue la única actuación teatral de toda mi vida. Hasta el día de hoy no supe que pito quería decir lo que dije ni a que se refería.

Tampoco sabía recitar de memoria, así que estaba descartado para las poesías. Pero por lo menos en eso tuve unas cuantas venganzas, porque cuando la Chela Espinoza, una compañerita que siempre recitaba en todas las fiestas patrias, estaba en pleno acto declamatorio, yo hacia “gancho duro y que se te olvide la letra” trenzando mis dos dedos índices y haciendo fuerza ¡y unas cuantas veces surtió efecto! ¡En pleno recitado se quedaba muda, se ponía colorada y enseguida ya empezaba a llorar! ¡Y bueno che! yo no sabía que mi gancho duro era tan potente.

Otro que me tenía patilludo con sus respuestas sabihondas era el Negro Maidana ¡eso si que me daba rabia!

-A ver alumnos ¿quien me dice qué tipo de ángulo es este? –preguntaba la maestra.

Y... ¿quien levantaba la mano? Y… ¿A quien miraban todas las compañeritas? Si, acertaron, al sabelotodo Negro Maidana.

-¿Quienes integraban la Primera Junta? –de nuevo la maestra.

Y otra vez el Negro Maidana atrayendo las miradas y la atención de todos.

En el fútbol mejor ni hablar. ¡Cómo envidiaba a Rulito Coronel! ¡Qué bien jugaba el desgraciado! Yo no servía para centrodelantero porque era petiso para cabecear, en el medio campo era muy torpe y como defensor muy miedoso. Casi siempre terminaba de arquero suplente.

Tampoco tenía la valentía de Mario Kriviski, como para defender a los débiles o impartir un poco de justicia en lo recreos.

¡Eso no era vida che! ¿Cuál era el sentido de mi existencia rodeado de todas esas cosas? ¿Podría ser feliz alguna vez?, ¿Podría ser un poquito héroe aunque sea una sola vez en la vida?

Y una vez se me dio. Por una vez, fui el héroe que todos deseamos ser. Me sentí el niño más importante y percibí la admiración y el respeto de todos. Sentí el dulce gusto de la verdadera gloria. Lástima que no ocurrió en la escuela, así todos me veían y se asombraban. Pero bueno, algo es algo.

Sucedió en el campo, en Costa Iné, donde vivía mi abuelita. A dos kilómetros de su casa estaba uno de los almacenes más importante de la colonia, el Almacén “El Cruce Vila” de don Victorio Pegoraro. Ahí se juntaban hacia el atardecer, algunos colonos a tomarse un fernet o una ginebra. Yo solía ir con mi tío y me tomaba una Crush. Pero era aburrido estar ahí, porque los hombres conversaban entre ellos y no había otros chicos para jugar o conversar.

Pero un día todo cambió. Un día trajeron una mesa de metegol y nadie de los presentes, conocían esa cosa ni sabían para que servía. Al segundo día todos los chicos de la colonia se enteraron y empezaron a ir a por las tardes a jugar o para ver como se jugaba. Yo sentí que la hora de mi gloria se acercaba. Estaba ahí cuando bajaron la mesa toda envuelta en cartones, escuché cuando hablaban y se preguntaban que carancho era eso. Don Pegoraro explicaba que era un juego muy de moda en los pueblos y ciudades. Yo me mantenía en absoluto silencio, saboreando con placer mi inminente momento heroico. El segundo y tercer día no aparecí por el Almacén, quería dejarlos que se entusiasmaran y que surgieran algunos o por los menos uno, que se sintiera el campeón.

Nadie sospechaba ni por asomo que yo era un eximio jugador de metegol. Nadie sabía que en La Leonesa, yo era un verdadero profesional que entrenaba de cuatro a seis horas por días, incluyendo las horas que me escapaba de catecismo para ir al bar de la terminal (este asunto de escaparme terminó para el lado de los tomates, porque un día el cura le mandó a decir a mi mamá que estaba preocupado por mi ausencia y ahí me ligué unos retos; creo que fui el único niño de toda la religión católica mundial, que tuvo que repetir -por las faltas- el curso anual de catecismo). ¡Y bueno che! ¡A mí me gustaba el metegol!

Al cuarto día concurrí al Almacén y había unos veinte chicos, todos haciendo cola para jugar. Yo observaba como si fuera un asesino profesional, esperando el momento exacto para ejecutar a mi víctima. Jugaban con una torpeza increíble y por supuesto, ya había dos o tres cancheritos que se creían profesionales del metegol; yo los dejé que siguieran alardeando, y para mis adentros me decía ¡a papá mono con bananas verdes! A los pocos días, don Victorio empezó a organizar diariamente un campeonato individual relámpago a siete pelotitas. Estaba prohibido hacer molinete. Al ganador le regalaba una Pepsi grande. Todos nos anotamos.

El torneo era a eliminación simple, y como casi nadie me conocía, todos miraban para ver que tal jugaba. Yo me hacía el torpe, y poco a poco y con disimulo, los fui barriendo a todos. Gané ocho partidos, hasta que llegué a la final.

Mi contrincante en el último partido, era un muchacho tres o cuatros años mayor y yo puse cara de miedo y dejé que de entrada me hiciera dos goles. El tipo se entusiasmó y todos ya lo palmeaban. Yo arriesgué y dejé que me hiciera otro gol, y ahí se engolosinó, gritaba de triunfal alegría y todos me miraban con lástima. Con la frialdad de un asesino serial, largué la cuarta pelotita a la mesa y con la fila de jugadores del mediocampo hice un solo pase al centrodelantero, remate al arco y gol, 3 a 1. Quinta pelota, la hace rodar, patea y lo bloqueo, hago un pase hacia atrás, a mi línea de defensa y la inmovilizo, se hace un silencio y todos miran la jugada paralizada y luego a mí. Sin soltar la empuñadura de la línea defensiva, con la otra mano levanto las patitas de las líneas del mediocampo y los delanteros. Nadie entendía qué corcho quería hacer, y en realidad estaba dejando el trayecto libre para el terrible chumbazo que me disponía a ejecutar con mi defensor. Ahí nomás, ¡tus! pateo y adentro, 3 a 2. Silencio general, nadie festeja ni nadie palmea a nadie. Suelto la sexta pelotita, la domino y pase al delantero, un amague cazabobos y adentro, 3 a 3. Silencio absoluto. Los adultos muy curiosos que estaban en el bar, también se acercaron a mirar. Ultima pelotita, mi contrario muy nervioso y con la cara colorada de rabia. Suelta la pelotita y patea con la línea media, lo bloqueo y empiezo a jugar al gato y al ratón, pase para adelante y para atrás, y él ni la rozaba. Le quemé unos tiros en los laterales del arco, solo para hacer ruido y asustarlo, todavía no tenía ganas de hacer el último gol. Y así lo tuve unos minutos a mal traer, hasta que con mi centrodelantero lo fusilé. Aplausos y miradas de admiración. Los hombres que presenciaron el final, miraban a los otros que estaban en el mostrador, y le hacían gestos con la cabeza y la cara, como diciendo ¡qué bien juega este chico! Uno del mostrador se dio vuelta, y yo escuché cuando le dijo a don Victorio,

-Ese no es de por acá...

-Es el nieto de Rufina Foscchiatti –dijo don Victorio.

-¿De quién? -preguntó otro.

-Es el sobrino de Queno Dellamea –corrigió don Victorio, ya que a mi tío si lo conocían todos en el Almacén.

Y yo me puse más ancho que alpargata de gordo, todo el mundo hablaba de mí, preguntaban quién era o de donde aparecí, en fin, todas las cosas que ocurren cuando uno es famoso.

Don Victorio me entregó la Pepsi, agarré la bici y me fui a la gran carrera y lleno de felicidad hacia lo de mi abuelita.

En los días que siguieron, cuando aparecía  por el almacén, todos me saludaban con respeto, y ya me pedían para que jugara de compañero de uno u otro. Todos los días hacía algunas demostraciones o firuletes con la pelotita, y veía los rostros de asombro y fascinación en todos los chicos.

Y así estuve disfrutando de esa gloria por quince días más o menos, sintiendo el dulce y verdadero gusto de los momentos sublimes. Me sentía admirado e idolatrado como si fuera Aquiles, El Zorro o Batman.

Yo sé que mi hazaña no fue como la del héroe de Troya, ni tampoco como la de los enmascarados peleando contra todos los malos, pero eso me importaba un pito. La hazaña que yo conseguí en el metegol, me hizo sentir cosas extraordinarias, y eso fue lo importante. Y sentir eso, lo que yo sentí, es haberse convertido en un héroe.

Reservado todos los derechos


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El sonámbulo y La Muerte

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Cuento infantil (del libro Cuentos de Terror para Franco vol.2) 

Mi primo Sergio era sonámbulo, y cada vez que me acuerdo de sus ataques, a veces me da risa, y otras tristeza, la verdad es que  ser sonámbulo, no es nada divertido.

Cuando empezó con los ataques de sonambulismo, a los diez u once años, no podía acordarse de lo que le ocurría, y siempre nos enterábamos por su mamá o sus hermanos, pero después de esa edad, ya podía relatar con todos los detalles cada vez que le daba un ataque, y para mí, eran los cuentos más fantásticos y terroríficos que podía escuchar.

La verdad es que yo presencié solamente uno de sus ataques, el que le dio una siesta de domingo. Ese día habíamos vuelto de una pesca en El Puerto y pienso que ese ataque le dio por todas las cosas que nos ocurrieron ¡más yeta no podíamos haber tenido! Salimos del Puerto a la mañana, en nuestro sulky, cansados y mal dormidos, los hermanos Barrero y yo, y a eso de las diez más o menos, veníamos al trotecito, de repente, el caballo pegó un corcoveo y unos relinchos y quedó desbocado, como loco. Todos nos pegamos un flor de julepe, Coco tiraba de las riendas para frenarlo, y Sergio y yo nos queríamos tirar del sulky y en eso, ¡al suelo todo el mundo! se cayó el caballo en la cuneta, tumbó el sulky y fuimos a parar a un charco los tres juntos. El pobre animal empezó a temblar, vomitaba y pataleaba, y todos estábamos muy asustados. Recién ahí nos dimos cuenta que se estaba muriendo el noble caballito, y enseguida se murió del todo nomás. Nos dio mucha pena, porque era muy bueno y guapo, fue una lástima que estuviera tan viejo.

Salimos del charco todos embarrados, desenganchamos el sulky y acomodamos un poco las cosas, entonces Coco, en su condición de hermano mayor y jefe de la expedición, nos dijo que teníamos que ir hasta la casa a buscar otro caballo,

-¡¡¡¿A pie hasta la casa?!!! –gritó Sergio.

-No hay otro remedio –le contestó Coco.

Nos queríamos morir, porque la casa quedaba a unos quince kilómetros, y si queríamos acortar camino, había que atravesar montes, esteros y pajonales. Ahí nomás emprendimos la caminata entrando en un monte, muertos de hambre y con sueño, cada tanto hablábamos un poco, después maldecíamos contra el caballo y contra Coco, y otras veces, caminábamos un largo trecho en absoluto silencio.

La cosa es que después de esa travesía de tres o cuatro horas, llegamos a la casa, y ahí el tío Luis, el papá de Sergio, mandó un peón a caballo a rescatar a Coco y al sulky.

Habíamos llegado arrastrando las patas, con todo el cansancio de los tres días de pesca, el julepe con el caballo muerto y encima esa terrible caminata; la tía Isabel nos sirvió un guiso de arroz y nos comimos tres platos, después nos acostamos a descansar. Sergio se acostó en su pieza y yo en un catre en el patio, debajo de un paraíso. Al rato me despertaron unos gritos y golpes. Escuché que Sergio gritaba que no lo maten y que le sacaran esas cosas que tenía en la cabeza… pero lo único que tenía en la cabeza ¡eran sus pelos! Yo me senté en el catre y medio dormido vi que salía corriendo y gritando, y detrás de él, su mamá y su hermana. Lo alcanzaron cerca del corral, y no paraba de llorar y dar manotazos. Ellas lo acariciaron y le dijeron que volviera a acostarse, hasta que después de un rato lo convencieron y lo llevaron de vuelta a la cama. Me acuerdo que mi tía siempre decía  que a un sonámbulo no hay que despertarlo de golpe, porque puede quedar tonto para siempre o morirse del susto. Porque cuando a las personas les da el ataque de sonambulismo, es como si estuvieran viviendo otra vida.

 La cosa es que Sergio durmió toda la tarde y la noche. Cuando se despertó no se acordaba absolutamente de nada.

Y así como esta situación, le ocurrieron otras cuantas más según contaban sus familiares, algunas eran muy graciosas, otras medio peligrosas. Hasta que un día Sergio me empezó a contar de sus ataques. Me dijo que no sabía si eran cosas que hizo siendo sonámbulo, o si eran pesadillas. Estaba muy afligido porque sus padres no le creían. Le decían que solo eran malos sueños, que no hiciera caso, y que no comiera tanto de noche, ni hablara de cosas raras, que con eso, iban a desaparecer esas pesadillas.

Él tenía miedo de lo que le pasaba, porque estaba seguro que no eran sueños ni pesadillas, sino que se levantaba y sonámbulo recorría el corral o la chacra, o lo que es peor, a veces iba hasta el cementerio que estaba a unos quinientos metros. Lo primero que me contó fue de algunas noches en las que anduvo por el corral y el gallinero. Los animales estaban tan acostumbrados a verlo, que no se asustaban con su presencia, ni las vacas, ni los terneros, ni las gallinas, ni los gansos, y eso que estos son los animales más bochincheros que hay. Otras noches dijo que no solamente se paseaba por la chacra de algodón, sino que llegaba hasta el cañaveral.

Después yo me di cuenta que se puso más serio y nervioso, y ahí me empezó a contar lo que más lo atormentaba. Me contó que una noche de luna, con mucha cerrazón, salió de su casa y caminó hasta el cementerio. Entró y recorrió los caminitos entre tumbas y panteones. Recordó que había mucha gente caminando por esos senderitos, algunos estaban sentados sobre las tumbas y otros parados. Nadie hablaba. Él tampoco.

En ese instante le dije que estaba muy loco, o muy borracho para haber soñado eso, pero el ni siquiera se sonrió, y muy serio me dijo que eso no era nada, y me empezó a contar otra cosa más terrorífica todavía, una cosa que me puso la piel de gallina. Juro que hasta ahora me da escalofríos cuando recuerdo ese relato.

Me contó que a la madrugada siguiente se levantó y volvió al cementerio. Entró y empezó a caminar. Había mucha neblina y estaba fresquito. De repente se le apareció una figura nueva, era alta, con una capa negra muy ancha y larga, como la que usan los monjes, con una capucha que no le dejaba ver la cara, ni siquiera la nariz. Lo único que podía ver era su mano, que no tenía carne, era solo hueso, y en ella llevaba una guadaña.

-Soy La Muerte –le dijo la figura negra.

Y Sergio me juró que no sintió miedo ni nada, simplemente se quedo parado mirándola, sin siquiera poder hablar. Quería preguntarle cosas pero no le salía la voz, y La Muerte parecía adivinarle los pensamientos.

Sergio pensó que lo iba a matar.

-No te preocupes, no te haré nada –le contestó el espectro.

Sergio pensó que estaba soñando o que estaba muerto.

-Estas en el límite de la vida y la muerte, y desde ese sitio puedes ver muchas cosas.

Sergio pensó que había llegado la hora de su muerte.

-Todavía no es tu hora, pero si quieres saber a la edad en que morirás, solo piénsalo y te responderé.

Sergio se dio cuenta que todos sus pensamientos eran contestados por La Muerte, y entonces no quiso saber nada más, empezó a asustarlo la idea de saber todo sobre su futuro.

Pero Sergio no pudo frenar un pensamiento, y pensó en quienes serían todas esas personas que se paseaban por el cementerio.

Y La Muerte respondió,

-Esas son las almas de muertos, que todavía están en la tierra, y que ni siquiera saben donde irán a parar. Y ahora quiero mostrarte algo.

Y Sergio siguió a La Muerte hasta una tumba que estaba cerca del tejido. El espectro abrió la tumba y con su guadaña, de un solo golpe, levantó la tapa del cajón. Ahí se vio el cuerpo de un hombre que le pareció conocido…¡era don Gilberto Casco! un hombre que había muerto hacía tres días, un tipo antipático, malo como la peste, que tenía mucha plata y que si te prestaba, seguro que terminabas en la calle, porque siempre había que entregarle las chacras y animales para pagar los intereses. El tío Luis siempre decía que ese tipo era un prestamista estafador.

Y La Muerte volvió a hablar,

- Este tipo era un sinvergüenza, que hizo sufrir a mucha gente solo para tener cada vez más plata, pero lo que no sabía, es que esa plata no le serviría de nada, ni siquiera para salvarlo de esto, y con un rápido movimiento, La Muerte le encajó un guadañazo y lo descabezó. La cabeza voló por el aire y cayó a un costado. Luego tapó el cajón y la tumba y agarró la cabeza de los pelos. Después caminaron.

Fueron hacia el fondo del cementerio y casi en la esquina, La Muerte le mostró un lugar en la tierra, era una especie de círculo donde se notaba que la tierra estaba floja, como removida. La Muerte empezó a escarbar con su guadaña, hasta que hizo un pozo de medio metro de hondo, y ahí empezaron a aparecer...¡otras cabezas sueltas!

 La Muerte habló de nuevo,

-En este lugar, entierro las cabezas de las personas que irán al Infierno. Desde aquí ya están en manos del Diablo, y poco a poco, esas cabezas van hundiéndose en la tierra, hasta llegar a un río profundo y entrar en los círculos del Infierno.

Sergio pensó, si el Diablo y La Muerte no serían la misma cosa.

-No –respondió La Muerte-. Solemos andar juntos, pero no somos la misma cosa.

Luego La Muerte, agarró la cabeza y la tiró en el pozo y empezó a taparla hasta emparejar la tierra nuevamente.

Cuando terminó de alisar el piso, volvieron a caminar entre las tumbas y a conversar, o mejor dicho, Sergio pensaba y La Muerte contestaba. Cuando ya estaban cerca de la salida, Sergio vio una figura diferente a todas las demás,  parecía una persona real, de carne y hueso. Cuando se acercó un poco más lo reconoció ¡era Quelito Paredes! un muchacho del lugar de unos veintipico de años, y con una terrible deficiencia mental, pero que era capaz de reconocer a las personas y hasta podía llamarlas por su nombre. Sergio vio que Quelito movía la boca, reía y gesticulaba, pero él no podía escuchar nada y tampoco podía hablar, entonces habló La Muerte,

-En este estado no podrás escuchar ni hablar a ningún ser vivo. El tampoco puede verme ni escucharme.

Y el pobre Quelito seguía gesticulando y le hablaba, y lo tomaba del brazo a Sergio, como queriendo llevárselo.

-Ya puedes irte –dijo La Muerte y se quedó parada en el medio de un caminito, envuelta en la neblina, donde la luna le daba de lleno y parecía agrandar su fantástica figura, haciendo brillar el filoso hierro de su guadaña.

Sergio no quería pensar en eso, lo invadía la desesperación y se esforzaba por pensar en cualquier otra cosa, hasta que finalmente no pudo más y pensó. Pensó...en cuanto faltaría para su muerte.

-Morirás a los veintiún años –dijo La Muerte y se alejó caminando entre las tumbas.

Y sin darse cuenta, Sergio empezó a llorar, y a caminar con Quelito que lo agarraba de un brazo, gesticulaba y reía.

Desde ese momento, Sergio me aseguró que no se acordaba de nada más, no sabía como llegó a su casa, ni que hizo Quelito, ni nada, y que este mismo relato le había contado a sus padres, pero estos le dijeron que fue simplemente un mal sueño y que pronto olvidaría todo. Entonces Sergio, más preocupado por él mismo que por hacer creer el relato a su familia, un día buscó a Quelito, lo trajo hasta su casa y delante de sus padres le preguntó,

-Quelito, contales que me encontraste la otra noche en el cementerio...

Y Quelito, que reía con la risa de los tontos, gesticulaba y se apretaba con todas sus fuerzas las dos manos juntas bajo el mentón, respondió,

-Iiii… Keko etaba nel cementerio….

Y los padres de Sergio y sus hermanos lo miraban a Quelito, y luego a él, y casi a coro le respondieron,

-Como le vas a creer, él va a decir cualquier cosa, hasta te puede decir que te vio volando. No pienses más en eso.

Y Sergio que no terminaba de convencerse, lo llevó a Quelito afuera, y allí cerca del galpón, le prometió que le daría plata para el vino si decía la verdad,

-¿Me viste o no me viste en el cementerio? decime la verdad, si no me viste igual te voy a dar la plata.

-Iiii… vo etaba nel cementerio…

Y a Sergio lo invadió la angustia y el miedo, y lloró de nuevo.

Su vida empezó a cambiar, y tenía miedo a la muerte. Toda esas cosas le hacían dudar de si fueron ataques de sonámbulo o pesadillas, ya no sabía a quien creer. Por suerte en los ataques que tuvo después, ya no andaba por el cementerio ni se encontraba con La Muerte, pero la duda que siempre rondaba su cabeza, era saber si esas cosas las soñaba o las vivía como sonámbulo.

Ahora, que han pasado más de treinta años de aquellos relatos de mi primo, yo pude saber con mucha tristeza que decía la verdad, cuando contaba los ataques y sus conversaciones con La Muerte.

Pero Sergio ahora ya no está y yo lo sigo extrañando, murió en la madrugada de un veintiuno de Abril, cuando apenas tenía veintiún años.

Autor: Hugo Mitoire - Reservado todos los derechos

Una lección de dignidad

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Una de las cosas que aprendí de chiquito, fue entender que era el asunto de la dignidad. Es una cosa sencilla, es hacer que respeten tus derechos y valores, y no dejar que venga uno y quiera hacer lo que se le da la gana  con vos.

La mejor lección de eso me la dio mi papá, sin que la lección hubiera estado preparada o estudiada ni nada, solo que ocurrió un hecho y ahí entendí yo solito, de que se trataba.

Yo tendría nueve o diez años y vivíamos en La Leonesa, y por ese entonces mi papá compraba pomelos que después llevábamos a Saladas en la provincia de Corrientes, allí los vendía a las fabricas de jugos como la Pindapoy y otras. Para mi era maravilloso ver como se llenaba todo el patio de mi casa de montañas de pomelos y lo más lindo era cuando había que cargar el camión y clasificar los pomelos podridos de los sanos, porque ahí aprovechábamos cuando mi papá no nos veía y nos agarrábamos con mis hermanas a los pomelazos limpios con los que estaban podridos.

Pero lo más lindo venía después, cuando mi papá contrataba un camión, lo cargábamos y partíamos hacia Corrientes, a mi me encantaba ir escuchando la conversación entre el camionero y mi papá, hablaban de futbol, del gobierno, de los paisajes y de muchas cosas más, yo también opinaba de vez en cuando; y el momento más emocionante del viaje era cuando llegábamos al Puerto Antequeras, que está sobre el Río Paraná frente a la ciudad de Corrientes, en ese entonces no había puente, así que para pasar al otro lado, todos los vehículos debían hacerlo en balsas o barcazas, y  la gente que andaba a pie, en el vaporcito ¡que vida aquella, que emocionante estar esperando para subir a un barco!. Algunas veces también, mi papá mandaba al camionero solo hasta Saladas y nosotros nos íbamos en colectivo, luego cruzábamos en vaporcito, y en Corrientes otra vez en colectivo hasta Saladas. Una vez me acuerdo que paseamos unas horas por esa ciudad, que era grandísima y hermosa, y mi papá me compró un blaizer azul y un cinto supermoderno con una hebilla con la palabra Lee, ¡apenas me compró ya me puse las dos cosas, a pesar de que no hacía un pito de frío!.

Bueno la cosa era que después que llegábamos a Saladas, mi papá recorría una por una las fábricas, a ver a quien le vendía la carga, a veces nos quedábamos dos o tres días, hasta que se vendía y cobraba y todo el papeleo, ¡y eso era lo más lindo porque nos quedábamos en un hotel!, ahí te servían el desayuno con manteca y mermelada, la comida era riquísima y te hacían la cama y uno podía sentarse en las galerías o el patio lleno de plantas y pajaritos, ¡que vida emocionante!. Así transcurría toda la aventura de los pomelos y terminaba cuando volvíamos a mi casa, con algunos regalos para todos los que se quedaron.

Pero una vez la cosa no fue así, una vez todo salió para el lado de los tomates. Salimos con el camión lleno de pomelos y ya en Saladas mi papá salió a hacer su recorrida por la fabricas, al mediodía vuelve con cara de un poco afligido y me cuenta a mi y al camionero que ninguna fábrica quería pagar más de veinte centavos el kilos, cuando el precio en realidad estaba en casi sesenta centavos ¡que desgraciados los dueños de las fábricas!, lo peor era que se habían puesto de acuerdo para embromarles a todos los que llevaban a vender sus pomelos. Los tipos eran muy vivos, porque sabían que una vez que llegaste hasta Saladas con los pomelos, no te ibas a volver a tu casa con toda la carga porque no serviría de nada, entonces tendrías que venderlos a cualquier precio.

-¿Y a quien le va a vender Don Félix? -le preguntó el camionero a mi papá.

-A ninguno. -le contestó

-...Pero ¿y que vamos a hacer con toda la carga...? -volvió a preguntar

-Nos volvemos con la carga, pero yo a estos desgraciados, negreros y explotadores no les voy a regalar ni un solo pomelo ¡que se vayan al diablo! (bueno en realidad no dijo diablo, dijo otras palabras muy feas que no me animo a escribirlas).

 -...Pero Don Felix, vamos a perder toda la carga, por lo menos si le vendemos por el precio que sea, salvamos los gastos...-volvió a implorar el camionero.

-Vos quedate tranquilo, que el viaje te lo voy a pagar hasta el último centavo, pero yo no voy a hacer lo que esos abusadores quieren, conmigo no van a joder.

Yo presenciaba la escena y el diálogo con mucha angustia y tenía ganas de llorar y de ir a darle unos garrotazos a los dueños de las fabricas, porque sabía lo importante que era para nosotros vender esos pomelos, o aunque sea salvar los costos de todo el viaje, pero también comprendía que lo que decía mi papá era justo y hasta me parecía sentir que con su actitud, había una especie de triunfo sobre esos desgraciados dueños de las fábricas, algo así como que si no le entregábamos los pomelos, no tendrían con que hacer jugos y mermeladas, y a la larga se fundirían.

La cosa es que al otro día emprendimos el regreso con todo nuestro camión lleno de pomelos, casi no hablamos en todo el viaje, y más o menos a la altura de Empedrado, mi papá le dijo al chofer que pare y que se meta en un terraplén que había al costado de la ruta, y allí el camionero puso su camión medio empinado, abrimos las puertas y empezó a caer la catarata de pomelos. A mi se me hizo un nudo en la garganta, pero aguanté, el camionero tenía cara de chinchudo, y mi papá creo que se sentía triunfante, y mientras caían las frutas se acomodó el sombrero y parece que les habló a los señores de las fábricas,

-¡Vengan ahora a buscar los pomelos acá, hijunagransietes! ¡yo les voy a dar ladrones hijos de mala madre! (aquí otras vez dijo palabrotas muy feas)

El asunto que cuando llegamos a La Leonesa, mi mamá y mis hermanos nos esperaban con mucha alegría, porque creían que traíamos regalos, plata y comeríamos milanesas, bifes o estofados, pero cuando les contamos lo que pasó, la alegría se les fue rapidito.

Por algún tiempo más seguimos comiendo arroz o fideos guachos, pero yo aprendí para siempre como se defiende la dignidad, y me sentía muy feliz con lo que había hecho mi papá.

Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados 

Del libro “Cuando era chico”

   

La guerra

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Cuando era chico, una de las cosas que más me gustaba era jugar a la guerra. A la guerra, a los pistoleros, a los asaltantes o a cualquier cosa, siempre y cuando hubiera tiros, bombas y granadas.

El lugar más fantástico era la casa de mi abuelita Rufina, en Costa Iné ¡que días aquellos! ¡meta plomo todo el día!. Mi abuelita vivía en el campo, y había muchos galpones de algodón, estufas del tabaco, gallineros, corrales, arboledas, mogotes, chacras, acoplados abandonados ¡que lugar maravilloso!. Lo más lindo sucedía cuando estábamos de vacaciones, porque ahí jugábamos todo el día y todos los días. Muchas veces ligaron unos balazos los pobres peones, que no tenían nada que ver con la guerra.

A veces yo era soldado, otras cowboys y en ocasiones asaltante, pero siempre armado hasta los dientes.

Si había que comandar un pelotón, siempre hacía de capitán o teniente como mínimo, y mis hermanas, primos y otros guerreros, eran simples soldados rasos o reclutas. A veces cuando estaba buenito, nombraba cabo o sargento a alguno de ellos. Para estas batallas solía armarme con fusil, pistola y puñal, además de algunas granadas, radio y largavista. Nosotros siempre hacíamos de ejército ruso, porque mi papá decía que en la segunda guerra mundial, el pueblo más valeroso y heroico fue el ruso, y porque fue el que más muertos tuvo de todos los países que pelearon ¡veintidós millones de muertos!. En cambio los norteamericanos, fueron los más piolas como siempre, y el país que menos muertos tuvo.

Si era un cowboys, me gustaba hacer del Llanero Solitario o Jim West, y me armaba con dos revólveres con cartucheras y cananas, y un pequeño cuchillo escondido en la media, de esta manera si me atrapaban y me ataban, yo cortaba la soga en el cuchillo escondido.

Cuando hacía de asaltante, me armaba simplemente con una pistola.

A mi me encantaban las armas, y con mis hermanas éramos los fabricantes de todo el armamento que utilizábamos en las batallas. Hacíamos fusiles, bazookas, ametralladoras, pistolas y cuchillos. Las hacíamos de madera combinando con algunos restos de otras cosas, por ejemplo, latitas, cañitos de plásticos o hierro, o cualquier chirimbolo que se adaptara a nuestros objetivos.

 Muchas veces dormía con una pistola bajo la almohada, por las dudas que me atacaran de noche. Y apenas me despertaba, me ponía la pistola en la cintura y me iba a cepillar los dientes y a desayunar, pero mirando de reojo para todos lados, a ver si en una de esas el enemigo estaba en el baño o en la cocina. Yo siempre estaba en alerta máxima y caminaba con los brazos un poco separados del cuerpo, y con cara de malo, como para asustarlos si nos mirábamos.

La mayoría de las veces cuando jugábamos a la guerra mundial, lo hacíamos contra enemigos invisibles ¡que es lo más peligroso que hay!, porque los tipos pueden estar en cualquier lado. Es muy embromado combatirlos y apenas te descuidas te meten balas y granadas que hacen volar todo. Además son muy hábiles en preparar emboscadas. Estos enemigos me hirieron en algunas batallas y muchas veces mataron a varios de mis soldados.

Otra cosa importante era el ruido de los tiros o granadas. Yo siempre daba las instrucciones a mis soldados de cómo había que disparar según el arma que tenían.

Si usaban fusil, el ruido debía ser,

- Pugs! pugs! pugs!

Si era pistola,

- Bang! bang! ¡bang!

Si era ametralladora,

- Tatatatatatatatatatata!

Si era bazooka, primero el disparo, seguido de un largo silbido, hasta que el proyectil explotaba,

- Tucs! , iiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuu....puuuggggsssss!!!

Si tiraban una granada, primero había que hacer el chasquido de cuando se quita el seguro,

- Chic!

Y luego de unos segundos de silencio venía el estruendo

- Tuufffsssss!

Guay! al que hacía otro ruido que no correspondiera al arma utilizada, ahí nomás lo arrestaba y ordenaba que lo ataran a algún árbol, por pavo y para que aprenda a manejar las armas como se debe.

Una vez, en una de las batallas más largas y sangrientas que tuvimos, luchamos desde las ocho de la mañana hasta el mediodía. Teníamos que tomar un galpón en manos de los alemanes, que eran unos doscientos. Fue terrible, porque primero bombardeamos con bazookas y granadas, y luego le metimos balas con fusiles y ametralladoras ¡pero se nos terminaron las balas y tuvimos que pelear cuerpo a cuerpo!. Yo ligué una puñalada en el hombro, pero pude seguir peleando. Mi hermana Laura murió en el asalto final, y la otra quedó media tonta porque le pegaron un culatazo en la cabeza (bueno pero ella ya era media tonta así que no se le notaba casi). La cosa es que los liquidamos a todos ¡matamos doscientos nazis en una mañana!.

Pero los tipos más embromados, los más terribles para la lucha, eran los japoneses ¡que lo tiró!, esos tipos son durísimos, no había forma de matarlos de un solo tiro, había que encajarle una buena ráfaga o hacerle comer una granada sin el seguro. Contra ellos tuvimos varias batallas. Una vez nos enfrentamos en un mogote donde nosotros teníamos nuestra base y nos atacaron una siesta. Era un grupo comando, unas verdaderas fieras asesinas. Serían unos cuarenta más o menos ¡pero peleaban como si fueran doscientos!. Yo tenía mi cuartel general entre las ramas de un aromito y desde ahí dirigía la batalla. Era tan encarnizada la lucha, que perdí a muchos soldados y  tuve que pedir a poyo a tres pelotones aliados invisibles, y que por suerte llegaron justo cuando ya quedábamos solo tres defendiendo el mogote, mi hermana Mirta que tenía su posición en una trinchera con una ametralladora pesada, mi primo Coco que manejaba una bazooka en la orilla del tajamar y yo que daba las órdenes. Bueno, al final con la ayuda de los pelotones aliados logramos liquidarlos a casi todos. Solo quedaron vivos cinco de ellos, que encima no se querían rendir, y se entregaron cuando ya no tenían ni cascotes para tirarnos. Yo hablé por radio con el comando general y me dijeron que disponga de los prisioneros, entonces ahí nomás ordené que los fusilen. A estos tipos no hay que facilitarles, te descuidas, se escapan y arman otro pelotón y te atacan de nuevo. A llorar a la cruz mayor viejo. Lo siento mucho por las viudas y los hijitos que habrán dejado, pero la guerra es así. Además nunca fui de la idea de tomar prisioneros. Para mi el mejor enemigo, era el enemigo muerto, y por eso hacía fusilar a todos los que capturábamos. Ese día también ordené algunos ascensos, por el valor demostrado en el campo de batalla. A mi primo Coco lo ascendí a Cabo y a mi hermana Mirta a Sargento Primero. Yo me ascendí a Coronel.

Yo pienso que todos los chicos deberían jugar a la guerra, deberían ser buenos soldados con armas de juguetes, tirar muchísimos tiros de mentira y pelear cuerpo a cuerpo contra terribles enemigos invisibles, porque sino, si un niño no aprende a usar todo tipo de armas, a meter balas a diestra y siniestra; entonces cuando ya es un grandote le queda el trauma de no haber jugado ni tirado un solo tirito y ahí le vienen las ganas de ponerse a pelear. Y estas personas son las más crueles y peligrosas que puede haber, las que de chico nunca jugaron a la guerra, las que no se sacaron las ganas.

Yo me di cuenta que ya no me gustaban las armas, cuando entre al Servicio Militar, porque ahí te daban armas de verdad, de las que salen balas de plomo y matan. Yo no quería hacer el Servicio Militar, pero te obligaban, porque a algún presidente se le había ocurrido que teníamos que aprender a matar. Por suerte hoy eso ya no existe. 

Un chico que no juega a la guerra y no se saca las ganas, cuando es grande puede transformarse en un hombre malo que golpea a sus hijos o a su mujer; o en un criminal que mata a algún inocente; o puede transformarse en un policía y matar a otro inocente; o lo que es muchísimo peor... puede transformarse en presidente y declarar una guerra.

Por eso mi consejo es, ser buenos guerreros hasta los doce o trece años. Meta plomo todo el día. Más de esa edad no conviene. Queda muy ridículo por ejemplo, que un hombre grande de traje y corbata, ande escondiéndose atrás de un pila de ladrillos o en los caños de las alcantarillas con una pistolita de plástico. Tampoco la pavada.

Metan tiros todos los días, así para cuando sean grandes, se le habrán terminado las balas.

Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados

Del libro "Cuando era chico"



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