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Hugo Mitoire

Cuando era chico - Vol.2

Cuando era chico - Vol.2

Amor de carnaval

 

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“…Así como las personas que mueren en su plenitud nos ahorran el recuerdo de su vejez, los amores interrumpidos abruptamente siguen viviendo en nuestro corazón no como brasas agonizantes, sino como horrorosas llamas que queman cada noche…

No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los amores que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o  a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión…”

Elogio del Amor Inconcluso (Crónicas del Ángel Gris)

Alejandro Dolina

*

Yo tuve mi primera novia a los catorce años.

Esa sí que fue mi novia verdadera, porque la acompañé una noche hasta su casa, la tomé de la mano y alcancé a darle un beso. Todas mis novias anteriores, eran así nomás, o sea que nos mandábamos cartitas o nos mirábamos en los recreos, o yo hacía unas pasaditas en bicicleta por la casa solo para verlas. Claro, eso era cuando yo estaba en la escuela primaria.

Y así es la cosa. Uno va aprendiendo desde chico. A mi primera novia verdadera la conocí en un baile de carnaval en el Club Solari. Me acuerdo como si fuera hoy, porque fue además, la primera vez que bailaba con una chica en un club. Tengo que aclararles que no era un principiante en asuntos de bailongos, pero hasta ahí, mis únicas actuaciones como bailarín habían sido en cumpleaños en casas de compañeros de la escuela, pero esto ya era otra cosa, esto ya era para gente grande. Y yo ya me sentía una persona grande.

Era la penúltima noche de carnaval. Yo por supuesto, no me perdía ni una sola de esas mágicas y maravillosas noches de: “Los bailes carnestolendos del Club Capitán Solari”. Eso ya lo hacía desde los diez años, pero en ese entonces no andaba buscando novia ni queriendo bailar con nadie, apenas si me paraba al costado de la pista para ver y escuchar tocar a la orquesta, o maravillarme viendo bailar a Luciano Vallejos (y de paso iba aprendiendo algunos pasitos).

Todo ese aprendizaje era muy importante, porque poco a poco iba observando el movimiento general en un baile, cómo había que pararse, cómo acercarse e invitar a bailar a una chica, cuándo era el momento oportuno para hablar, qué tipo de música era apropiada para bailar sueltos o juntos, en fin, las cosas que debería saber cuando fuera un verdadero muchacho.

Y en carnaval, una cosa fundamental era el disfraz. Si uno quería impresionar a una chica no podía ir disfrazado de mono o de payaso; tenía que disfrazarse de algún personaje heroico o muy impactante. A los bailes de esa época casi todos iban disfrazados, tanto las chicas como los muchachos. Las chicas muy lindas sólo se ponían un antifaz con una pluma en la cabeza y un lindo vestido. Las feas, llevaban disfraces completos, sobre todo una máscara que les cubriera toda la cara. La mayoría de los muchachos se disfrazaban de cowboys, con muchos flecos en los bordes del pantalón y mangas de camisa (era el disfraz que más les gustaba a las chicas); cananas y cartucheras con uno o dos revólveres. Otros se disfrazaban de indios, gauchos, monos, fantasmas, diablos, etc.

Esa noche yo estaba disfrazado de El llanero solitario, o sea camisa y pantalón de color celeste, sombrero blanco y un antifaz negro, flecos de papel crepé –también de color negro– , en los bordes del pantalón y mangas de camisa. Recuerdo que serían las dos o tres de la madrugada, y yo andaba dando vueltas alrededor de la pista, para ver a quien podía invitar. ¡Tenía unas ganas locas de bailar! Ya me sentía totalmente capacitado para lanzarme a la pista. La macana era que presentía que no había muchas expectativas, porque en esa época, las chicas iban a los bailes recién a partir de los quince años, y a una chica de quince años no le gustaba bailar con un chico menor que ella ¡Qué rabia que me daba eso! Además, por más disfraz, creo que se me notaba a la legua que era un adolescente.

Pero igual, yo andaba a puro cabezazo limpio de aquí para allá. Para invitar a bailar a una chica, era costumbre que primero se le hiciera una seña con la cabeza a la elegida, y si ella decía que sí (también con la cabeza) ahí uno iba hasta la mesa y luego los dos a la pista. Esa noche ya me dolía la nuca de tantos cabezazos y nada. Nadie me daba cinco de bolilla. Para hacerme el serio –y parecer más grande– luego del cabezazo, me sacaba el sombrero en señal de saludo y respeto. Pero todo era en vano, ¡y yo me moría de ganas de bailar! porque justo estaban tocando temas de Credence y de los Rolling, ¡que injusticia andar así!

Hasta que de pronto la vi. Una mascarita verde. Estaba sentada al lado de una señora mayor y de otra chica. Era una morenita; con un vestido cortito y sin mangas, de color verde con lentejuelas, un antifaz del mismo color, una vincha negra muy finita y una pluma blanca al costado de la cabeza completaban su disfraz, ¡era una verdadera princesa! Tenía el pelo corto con flequillos y su carita por debajo del antifaz era perfecta, ¡hasta hoy la recuerdo! Apenas la miré quedé medio turulato, ¡y justo ella también me miró! Ahí nomás le mandé un cabezazo y también me saqué el sombrero y la saludé ¡y me dijo que sí! ¡Qué emoción tan terrible me agarró en ese momento! Primero dudé si no le habría dicho que sí a otro, y miré para atrás y a los costados, pero no había nadie. Profundamente trastornado me acomodé las cananas y los revólveres y caminé hacia su mesa, creo que atropellé unas cuantas sillas en el trayecto ¡pero a mí que me importaba, yo estaba encandilado y me acercaba mirando sus ojos, que se veían misteriosos a través de los agujeros del antifaz!

Cuándo llegué a su mesa se levantó ¡y me sonrió! No podía creer en tanto éxito y tanta felicidad. Caminamos hasta la pista y empezamos a bailar sueltos. Yo para impresionar, trataba de imitar algunos pasitos de Luciano Vallejos, y estaba seguro que bailar así, disfrazado de El llanero solitario, debía impresionar mucho más.

Cada vez que la orquesta terminaba una canción, se hacía un pequeño descanso y todos los que bailaban se quedaban parados y hablaban un poco. Era costumbre que las mascaritas hablaran distorsionando la voz, para que no le descubrieran la identidad. Yo en este caso decidí usar mi voz normal, pero en realidad no sabía qué decir y me sentía incómodo. Entonces me paraba con las manos apoyadas en las culatas de mis revólveres y miraba para arriba, hacia las luces, las guirnaldas, o para los costados mirando entre la gente, como buscando a alguien. Luego de la cuarta canción me animé a hablarle,

–Ehh… ¿Cómo te llamás?

–Marina –me dijo con la voz más dulce que jamás hubiera escuchado.

–Ah…

Y ahí justo ya empezó otra canción ¡que suerte! Sino tenía que seguir hablando.

Después de un buen rato, comenzaron con las canciones lentas, que son para bailar juntos. Empezamos a bailar, y yo la pisé algunas veces; me preguntó si sabía bailar, y le respondí que por supuesto que sí, pero no sé si me creyó.

Bueno, la cosa que después de más de media hora me dijo que ya se tenía que ir, porque su tía y las otras chicas que estaban en su mesa, le estaban haciendo señas para irse. Le pregunté si la podía acompañarla hasta la casa. Me dijo que sí (…)

 

Fragmento del cuento Amor de carnaval

Editorial-Librería De La Paz – Resistencia - Chaco                          

Reservados todos los derechos

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