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Resumen

Anochecer de un día agitado

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Por circunstancias que aún se tratan de establecer, la noche del veintiocho de Noviembre de mil novecientos setenta y siete, el Sr. M, a la sazón estudiante de segundo año de medicina, debió abandonar a rompe y raja la pensión que habitaba en Mendoza casi Belgrano, a una cuadra de la Facultad. El hecho al parecer tenía raíces oscuras e inconfesables, ya que en todas las ocasiones el Sr. M evitaba hablar del tema.

Años después habría de saberse (y de fuentes poco confiables), que esa pensión era regenteada por un militar y que éste abusándose de las circunstancias, estafó a los estudiantes con el cobro adelantado de alquileres, y la posterior intimación a que desalojaran la vivienda, so pena de denunciarlos y meterlos presos por revoltosos. Estos en represalia, habrían incendiado todo el mobiliario, en la terraza del edificio.

Lo cierto es que M, hacia el anochecer de ese día, acudió presuroso a casa de su compañero de estudios, Juan Carlos, sudando y con evidentes signos de preocupación, explicó a este, la imperiosa necesidad de realizar una mudanza, y que la misma debía hacerse urgente e impostergablemente, esa misma noche. Su compañero vivía con sus padres, y tenía su propio vehículo. Poseía en ese entonces, una moderna y envidiada coupé roja (que no solo lo trasladaba de un lado para otro, sino que también, le redituaba jugosos dividendos a la hora de impresionar a sus compañeras y chicas en general).

Al cabo de media hora, y a bordo del lustroso Fiat 600, raudos partieron hacia la pensión. Cuando arribaron al lugar, otros compañeros de pensión, en medio de un febril despliegue y agitación, realizaban a toda máquina, actividades de embalaje, cargamento en vehículos, o huidas de a pie o en bicicleta con elementos personales. Lo que suele denominarse embalaje - en el caso particular de M-, consistió simplemente en embutir todas las cosas a la que te criaste y a los santos piques, en el diminuto habitáculo del vehículo. El elemento de mayores dimensiones, ya se sabe, era el colchón de una plaza, el que enrollado a manera de panqueque y atado con un cable, ocupó el asiento trasero. Luego se acomodaron una valija y un bolso mediano con todo el ropaje, y finalmente los huecos se fueron llenando con elementos menores. El calentador a gas, fue ubicado en el piso del asiento del acompañante, junto a una pequeña cacerolita, una pava y un jarro, todos estos de material alumínico; un juego de cuchillo, tenedor y cuchara (se entiende que una pieza de cada cosa), un cucharita, un colador, mate y bombilla, una lata de leche Nido pero con contenido yerbaceo, un paquete de arroz empezado, y una bolsita con algunas galletas. En el asiento fueron colocados, los cuatro tomos del Tratado de Anatomía de Testut-Latarjet, el libro de Fisiología Médica de Guyton, los dos de Química Biologica (el Niemeyer y el Marenzi), la Metamorfosis de Kafka, apuntes varios, cuadernos y chucherías en general. El único par de zapatos y las gastadas ojotas, fueron incrustados, en los pliegues del colchón. Las zapatillas Flecha, las tenía puesta. Unas bolsas de plástico, conteniendo un juego de sábanas, dos frazadas, una almohada, un mantelillo, repasadores, y trapos de piso (estos en bolsas separadas) fueron insertadas en los huecos residuales del habitáculo, habida cuenta de la maleabilidad de estos bultos. Una vieja escoba y un espejo roto, fueron descartados. Completada la carga, M se despidió a voz en cuello de sus ex-compañeros (quienes se encontraban desperdigados, en la planta baja, y el primer y segundo piso), comprometiéndose a volver a verlos muy pronto, o por lo menos, dar señales del nuevo paradero. Todos respondieron el saludo también a los gritos y con las mismas promesas. Todos se juramentaron, amistad eterna.

El rugir del Fitito, anunciaba la inminente partida, y Juan Carlos apoltronado al volante, esperaba la orden. Cuando M salió por última vez de la siniestra pensión y llegó hasta el auto (portando los últimos elementos), cayó en la cuenta que en el bólido rojo, no había lugar para él. El espacio del diminuto vehículo, estaba atiborrado hasta el techo, situación que obligó incluso a levantar los cristales - a pesar del caluroso clima veraniego- a fin de evitar extravíos de elementos durante el trayecto. Cuando M miró a Juan Carlos, el gesto de este fue elocuente y expresivo, encongiéndose de hombros y levantando las manos, - cuan creyente eleva una ofrenda -, trató de transmitirle algo así como...y que querés que le haga hermano?, no es un colectivo. De inmediato M, ordenó partida y que... lo siguiera. El auto volvió a rugir como apurando el despegue, y M inició un trotecito moderado por la vereda, translación esta que era acompañada en paralelo por el auto. El trote de M era atentamente observado y seguido por Juan Carlos, quien no conocía el destino de esa mudanza a los apurones; pero aún así, la persecución se veía facilitada, por la llamativa combinación de colores del ropaje del trotante. Este vestía una remera blanca, con la lengua de los Rolling Stones en su espalda, un pantalón corto y muy ancho de color naranja, y las blancas zapatillas Flecha sin medias, un sombrero Panamá adornaba su cabeza. Portaba en su mano izquierda, un veladorcito con pantalla azul y en la derecha, una bolsa de arpillera con algunos huesos del esqueleto humano, entre ellos el cráneo (estos elementos -velador y huesos- al parecer fueron casi olvidados, percatándose su presencia a último momento, por lo que quedaron sin posibilidades de ser embutidos en el embalaje). Con estas características, al chofer se le hacía bastante fácil distinguir al trotante, y no confundirlo entre los demás peatones.

En el trayecto, por la calle Mendoza hacia Junín, tenía a su paso, la escuela Normal y el famoso boliche KaKoSi. El trote era bastante regular, a pesar de que había que esquivar eventuales transeúntes u otros obstáculos que se encontraban en el camino, como veredas en reparación, montículos de arena, motos, personas que sentadas en silletas utilizaban las estrechísimas veredas de Corrientes, como si fuera el propio living de su casa. En ocasiones, M debía descender a la calle para más adelante retomar la vereda, o cuando no y apelando a su destreza, tener que realizar pequeños o moderados saltos, para superar inesperados y variados tipos de vallas; todo esto sin perder el ritmo del trote. Cada tanto relojeaba por sobre el hombro, verificando el acompañamiento de su mudanza. Al llegar a Mendoza y San Martín, M se detuvo en esa esquina e instruyó a Juan Carlos que diera vuelta a la manzana, para terminar el trayecto donde finalmente sería su nueva morada, una pensión por San Martín entre Mendoza y Córdoba.Velador y osario en mano, M espero a que el rojo Fiat apareciera, y ni bien llegó apuró a su amigo a bajar los bártulos.

El primero en ingresar fue M, quien avanzó unos veinte metros por una irregular galería, y allí, cerca de una ventana depositó su carga inicial; detrás de él llegó Juan Carlos portando el calentador y algunos libros, y antes de bajar las cosas al piso, preguntó a su compañero:

-Che... ¿cuál va a ser tu pieza?

-No..., todavía no conseguí ninguna pieza -respondió M

-¿Como? ¿y donde vas a dejar las cosas y dormir? -inquirió nuevamente.

-Bueno... ya hablé con el dueño de la pensión, Don Ruzak, y me dio permiso para que duerma en la galería, hasta que se desocupe una cama; parece que pronto se va uno de los del fondo -aclaró M, frotándose las manos con entusiasmo.

-¡Pero vos sos loco! como vas a dormir en la galería, dejate de joder, más vale vamos a casa y te quedas unos días allí, hasta que consigas algo. Ya sabes que con mis viejos no hay problemas - sugirió Juan Carlos.

-No pasa nada, no te hagas problemas. Mejor me quedo, así ya voy conociendo a los vagos, y además apenas se desocupe una cama ya me meto, a ver si todavía me comen el lugar -tranquilizó M. De ahí en más se dedicaron a bajar el resto de las cosas.

En esas ocupaciones estaban cuando se acercó - intrigado por la nueva llegada- uno de los inquilinos, un tal Condorito oriundo de Monte Caseros, que resultó ser compañero de ambos en la Facultad y ya se conocían de vista, se saludaron efusivamente y recordaron algunas anécdotas en común. Entre otras cosas, Condorito informó el nombre de la pensión, esta respondía al mote de Natamá (del cual, nadie tenía la más pálida idea, de lo que significaba tan rimbombante apelativo), acto seguido alentó a M sobre las características sociales de la nueva pensión, asegurándole que muy a menudo se hacían unas jodas terribles, donde se invitaban a chicas de medicina, kinesio y odonto, la música estaba asegurada, porque un tal Gradeneker - avanzado estudiante de medicina y profesor de tenis- tenía un tocadiscos fantástico, con un sonido único. Lentamente Juan Carlos, comenzó a envidiar a M.

Con la ayuda de Condorito, y mientras ya hacían planes para futuras festicholas, terminaron de bajar todos los petates. Ocupando un espacio de unos dos metros al costado de la pared, M amontonó sus pertenencias; el colchón quedó en principio sin desenrollarse y erecto, a fin de no entorpecer el tránsito por esa zona de la galería.

Al cabo de unos minutos ya se sumaron al trío, otros integrantes de la pensión. Varios resultaron ser de la misma carrera, y de estos, unos cuantos del mismo curso. Pronto hizo su aparición un pintoresco personaje, estudiante de (larga data) Veterinaria; cara de chinchudo, vos gruesa y se notaba muy canchero en temas de pensionado, respondía al mote de, Petiso Coronel. Se acercó, miró a M con cara de pocos amigos, y señalando el lugar donde estaban amontonadas las cosas, preguntó:

-Che, pendejo ¿vos vas a dormir acá?

-Si... -respondió este con un poco de intriga y temor.

-Mirá, en esta zona da el sol toda la tarde, y el piso y las paredes quedan muy calientes, así que antes de acostarte, pegá una baldeada al piso y mojá bien las paredes, así se refresca un poco, sino te vas a cagar de calor -aconsejó.

-Bueno, gracias.

Esa primera noche, y después de ingerir algunas cervecitas con dos o tres pensionistas, M se dispuso a pernoctar. Se sentía feliz de haber conseguido un lugar donde continuar con su existencia, por sobre todo, estaba maravillado con la nueva pensión y sus nuevos amigos pensionistas. Inmerso en estas reflexiones y bastante cansado del trajín y de las emociones del día, desenrolló su colchón y extrajo las sábanas de una bolsa, armó su camastro y se frotó el cuerpo (evitando las partes pudendas) con un repelente que le prestó el Petiso Coronel. Ya acostado y mirando lontananza a través del enramado de una parra, podía divisar el cielo estrellado. Así se durmió.

Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados

Del libro de relatos universitarios "Natamá. Tribulaciones de un estudiante"

04/09/2007 10:01 Autor: hugomitoire. #. Tema: Cuentos y Relatos No hay comentarios. Comentar.

El lamento del carau

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No existe registro alguno en todos los estudios consultados del psicoanálisis freudiano, de alguien tan culposo, alguien tan autodestructivo y penoso, como el noble, inocente y solitario carau. Este pobre pajarraco no ha podido superar esa terrible angustia culposa, por aquella desdichada circunstancia que todos conocemos.

¿Como podía haber imaginado este pobre animalito de Dios, toda esta pesada carga que tendría como castigo por haberse desviado del camino? Pero veamos y analicemos los hechos de la forma más racional posible,

Según diversas versiones, la madre del carau enferma repentinamente, algunos hablan de una angina de pecho, los más fatalistas dicen que fue un fulminante infarto; sin embargo el debate –al principio circunscrito a vecinos y amigos-  se amplio luego y como no podía ser de otra manera, comenzaron a opinar e introducir sus bocadillos los carau galenos y aquí el asunto ya pasó de ser un chusmerío de barrio a un fino debate científico, porque las discusiones giraban acerca de la cronología de síntomas y signos, se barajaban diferentes hipótesis diagnósticas y diagnósticos diferenciales que no hacían otra cosa que multiplicar las posibilidades de las más diversas patologías. Se habló de un tromboembolismo pulmonar, de un ictus apoplético, de un mal mayor epiléptico y por supuesto no faltaron los que aseguraban que se trató simplemente de un ataque de histeria, tan común en el género femenino de la especie. Lo cierto es que, la madre cae de la rama del árbol donde se encontraba aposentada y queda tullida y postrada en una horqueta de la vegetación, el noble hijo acude presuroso en su ayuda y aquella le ordena con estridentes graznidos que vaya inmediatamente a la farmacia a traerle remedios, pero ¿qué remedios debía buscar el hijo?. Eso no lo sabemos y a ciencia cierta nunca lo sabremos. Los vecinos más chismosos y malpensados afirman que la carau se cayó de su rama, porque se había pasado con la ginebra, hecho habitual en ella porque al parecer era una alcohólica empedernida, y que lo que en realidad le pidió al hijo cuando quedó allí horquetada, fue que le trajera más ginebra y unos cigarros.

Otro hecho concreto es que el carau parte raudamente en busca de lo solicitado a eso de las nueve o diez de la noche. Volando con esa hermosa luna llena, a los pocos kilómetros y cuando surcaba los cielos a unos cincuenta metros de altura, divisa un gran mogote de algarrobos en cuyas copas había un gran revuelo y saltos de rama en rama de carau machos cabríos, graznidos y chillidos de sensuales y hermosas carau hembras, música de fondo y corría la bebida de pico en pico.

-Se armó la joda! –graznó el carau.

Sin dudarlo y sin pensar, atraído quizá por sus más bajos instintos el pajarraco puso proa al mogote y en veloz picada se lanzó al lugar de la festichola. Ni bien se posó en el follaje, fue saludado con aleteos y gorjeos por algunos conocidos y de reojo ya advirtió las lascivas miradas de algunas carau con picos de atorrantitas. A la media hora y ya casi completamente borracho bailaba en medio de tres seductoras aves, con provocativos meneos y graznidos soeces, lo que no sería otra cosa que el prometedor inicio de una partusa. Otras versiones afirman que el carau era un muchacho serio y que si bien estuvo en la fiesta, allí solo se limitó a cortejar a una excelente y formal joven carau, que se enamoró de la misma y que todo eso lo entretuvo. También se sabe que a eso de las dos de la madrugada se le acercó un carauncito amigo y le susurró al oído,

-Che carau... tu mamá murió hace media hora, tenés que volver rápido.

Y aquí nace la respuesta que inmortalizó al carau,

-Y si murió... ya murió, ya no hay nada que hacer –y dando media vuelta se entregó nuevamente al desenfreno de la fiesta.

A eso de las siete de la mañana, los intensos rayos del sol despertaron al carau que se encontraba despatarrado entre unos espartillos a orillas de una cañada, miró a su alrededor y vio algunas plumas y ropas íntimas femeninas, se frotó la cabeza con un ala y sin recordar que había hecho en ese lugar, enseguida se hizo consciente de su madre y de lo que le habían dicho.

Como puede vislumbrarse, lo único cierto que sonsacamos es que el tipo estuvo realmente en la fiesta, no puede asegurarse con quien, ni tampoco que fue lo que hizo.

Cuando levantó vuelo, la tristeza y la congoja comenzaron a invadirlo y unos lagrimones empezaron a caer desde el espacio sideral, la angustia se hizo canto con una letanía de afligidos y desolados sollozos que brotaron de su irritada laringe. En este punto los más devotos afirman que ese canto-lamento es la maldición a que el cielo lo condenó por su desvío y abandono de persona, condena que también incluye el volar solitario y la emisión regular y constante del remanido lamento.

La versión racionalista afirma sin más vueltas, que ese graznido entre falsete y balar de oveja atragantada, no es otra cosa que su canto natural, propio de quien viene de una prolongada jarana.

Así las cosas debemos preguntarnos, ¿estamos en presencia de alguien culposo y condenado a penar para toda la eternidad o simplemente escuchamos el alterado sonido que emite una laringe estropeada de tantas libaciones?

Categóricamente podemos afirmar que... no lo sabemos.

 Autor: Hugo Mitoire - Todos los derechos reservados (Del Libro "Observación animal")
12/09/2007 09:49 Autor: hugomitoire. #. Tema: Observaciones Hay 1 comentario.

El mito del gato y el gorrión

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Un viejo mito pagano afirma que, ningún gato podrá atrapar al gorrión, cuando aquel es observado por el hombre.  Nada más cuesta para comprobarlo, que tomar el mantel con las miguitas -miguitas que han quedado del almuerzo- y sacudirlo en el patio. Estas se desperdigan de manera bastante uniforme, dando al piso un paisaje de blancos salpicones.

Todo lo que uno debe hacer después, es buscar una silla, sentarse en la galería y esperar. Al cabo de algunos segundos, o más raramente minutos, harán un silencioso aterrizaje los gorrioncillos. Es habitual que sean dos, ya que sin saberse si por amor animal o por simple casualidad, son dos los que siempre aterrizan. Con sus patitas ya sobre la superficie terrestre, pueden verse sus breves y rapidísimos movimientos, en especial de sus cabecitas, mirando aquí y allá, y en medio de estos movimientos un picotazo veloz y certero, se hace de la primera miguita. Cortos pasitos saltarines los llevan de una miguita a otra, y cada tanto, algunos aleteos que más bien parecieran una especie de estremecimientos, alternan con los demás movimientos. Así, en este inesperado y delicioso banquete están estos inocentes pajarillos, confiados y contentos. Confiados porque han visto al hombre que los observa, y al parecer ellos también están de acuerdo con el mito; y contentos porque ya han logrado el sustento diario.

El gato no tarda en aparecer. Y en contraposición con las creencias de los gorrioncillos, este gato, no cree ni al parecer le interesa un corno, aquel asunto del mito. Esto se evidencia simplemente por su actitud. Sin importarle la presencia del hombre y mucho menos que lo este mirando, el gato con su andar armónico y sigiloso (gateando), viene estirando el cuerpo, con su panza y la cola casi al ras del suelo, erizados los pelos del lomo, su mirada amarilla está clavada en la parejita voladora. 

Un breve instante de inquietud se apodera de los pajarillos, ya que sus cabeceos se han intensificados, y ya no dan picotazos a las miguitas. Esta aparente señal de alarma, al parecer no tiene la suficiente fuerza para impulsarlos a dejar el lugar, o en su defecto, es demasiado tardía. Un silencioso y fatal remolino de polvareda, plumas y miguitas, alteran la tranquilidad del patio.

Un gorrioncillo levanta raudo vuelo, al otro, se lo ha comido el gato.

 (Autor: Hugo Mitoire – Todos los derechos reservados - Del libro: OBSERVACIÓN ANIMAL)

28/09/2007 10:22 Autor: hugomitoire. #. Tema: Observaciones No hay comentarios. Comentar.


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